El internado.

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La mañana se refleja a través de la ventana encandilándome.
La brisa otoñal que corre por la habitación me recuerda a mi  fresco y acogedor hogar... Oh bueno, recordaba ya que no volveré allí por unos largos cuatros años.
Ahí estaba yo, en la habitación que me tuvo prisionera por estos catastróficos y aburridos siete meses.
Corro la cortina a un lado y observo el hermoso ventanal con vista al mar. Oh claro, puede ser que en momentos pasados fuese hermoso, pero la reja negra y de hierro que la cubre arruina eso último.
La habitación cuenta con un baño individual de tan solo una ducha, un retrete y un espejo de bordes gastados frente a la ducha, causa claustrofobia.

Me doy una ducha, y busco ropa en el armario. Un pequeño y deteriorado armario pegado a la puerta lleno de la misma ropa, vaqueros grises, y camisas varios talles más grandes, también grises. La ropa ideal para las ratas de laboratorio que somos, ó al menos así es como nos denominamos.

Me siento en mi cama mientras ato los cordones de mis botas, también grises, y me dirijo a la puerta.
Como siempre, no abre.

La hora marcada por el reloj de muñeca que tenemos todos los estudiantes, indica que ya es la hora.

Se oye a lo lejos un "crack", y todas las puertas ceden al unísono.

Abro la puerta y salgo al pasillo. Un ancho corredor de cien puertas exactamente todas iguales y sin numeración.
Cada uno de nosotros le puso una marca especial en la parte lateral de su puerta para identificarlas. En total, existen otros ochenta y siete estudiantes a parte de mí, solo en ese pasillo.

Nunca he ido a los pisos superiores o inferiores, ya que estamos divididos por categorías. Mi categoría es la de arco y flecha.
Existen otras veintinueve categorías más, que se encargan de diversas funciones, y luego, están las cinco categorías líder: Honor, Fuerza, Valentía, Solidaridad y Arte.
Mi categoría entra en la categoría líder de Fuerza.

Caminamos los ochenta y ocho experimentos divididos en dos filas. Al principio del corredor se encuentra parado el Jefe de la categoría de arco y flecha, Argus Tomr. Es un hombre bajito y amargado, de quién se dice que nunca nadie lo ha visto sonreír, ¿tendrá dientes acaso?

Nos saluda como de costumbre, y lo seguimos hasta el comedor.
En total, hay cinco edificios principales. Cada uno de esos edificios tiene el nombre de una categoría líder. Mi edificio, el de Fuerza, consta de seis pisos, un comedor y siete aulas por cada piso, y una hectárea donde se practican las diversas facciones.
Yo estoy en la tercera planta, pero, nunca nos han dejado investigar el resto de los pisos, se debe ser un estudiante "avanzado".

Llegamos al comedor que consta de exactamente de cien sillas y tres mesas, dos largas y una pequeña. El líder de la categoría, Argus, se sienta como de costumbre en la pequeña mesa de profesores.

Pero claro está que esto no es tan solo un internado, es una escuela.
Cada adolecente que cumple los diecisiete años debe asistir a esta "escuela" en la categoría que corresponda según un test que se hace anualmente.
Los test se basan en tres pruebas: coraje, lógica, y cultura.
Según los resultados te dividen entre las categorías líder para luego sacar un papel al azar de un inmenso jarrón lleno de papeles con los nombres de las seis categorías inferiores por cada edificio. Lamentablemente lo mío no es la puntería, así que podríamos decir que no entro en la lista de los diez mejores alumnos de arco y flecha.

Hoy martes toca entrenamiento de caza por la mañana, y clases de herbología, ó reconocimiento de diversas especies de plantas curativas y comestibles, como desees llamarlo, por la tarde.

Argus se levanta de la mesa seguido por cada unos de los siete profesores de la categoría; en herbología tenemos a Amanda, pero claro que nunca faltan los molestos chistes sobre tener el mismo nombre que la profesora; en historia a Laura, un mujer que pasa los cuarenta y es muy alta, muy; en entrenamiento de caza a Jonh, quién no pasa de los treinta y no está nada mal; en puntería a Gus, un chico de aproximadamente veintisiete; en matemáticas a Walter, un hombre pesadísimo con el deber de cumplir las  reglas de convivencia que nos dan a cada estudiante y profesor;  en Lenguas a Tru, la única profesora que me cae lo bastante bien como para no dormirme en sus clases;  y en lucha cuerpo acuerpo tenemos a Héctor, un hombre que no ha de pasar los treinta.
El resto de las materias, según los líderes, no nos servirán en esta categoría.

En siete meses, no he hecho amigos. Todos mis amigos de la escuela se dividieron en diversas categorías, y el hecho de que no soy muy sociable tampoco ayuda, así que sigo a Argus distanciada del resto de los estudiantes.
Las largas escaleras que nos llevan a la planta baja del edificio parecen interminables.

Al salir del complejo un aire fresco recorre todo mi cuerpo, es un sensación de libertad, bueno, ignorando el de hecho que hay vayas electrificadas que dividen las partes del campo, una para cada edificio.
Se dice que muchos estudiantes huyeron del internado hace años, y por eso han asegurado cada milímetro del internado.

Si esto no es una cárcel, no sé lo que es.






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