— ¡Espere, espere!
Una joven y elegante señora corría a toda prisa hacia el ascensor, me llamó la atención la destreza sobre esos finísimos tacones. Saqué un brazo por la puerta e impedí que se cerrara.
—Gracias, caballero.
— ¿A qué planta va señora? O... ¡Bah! ¡Déjalo!
— ¿Si puedes llamarme señorita? —Sonrió y me hizo sonrojar— Claro que sí. —Respondió— voy al séptimo... ¿Y usted?
—Qué casualidad... señorita —respondí mientras apretaba todos los botones y adentraba sin querer mi vista en tan protuberante escote—. Yo también voy a esa planta.
La señora se levantó su escote, noté que se había dado cuenta, el ascensor se abrió con un chasquido en la primera planta y la señora miró el pulsador. Dirigió su mirada de rímel hacia mí.
— ¿Has pulsado todos los botones?
—Creo que puede ser un paseo formidable con tan preciosa compañía.
—Me alaga caballero, pero creo que subiré por las escaleras.
—Tantas plantas afearían con varices esas preciosas piernas.
— ¿Me estás tirando los tejos? —Dijo frunciendo el ceño mientras la puerta del ascensor se volvía a cerrar.
—Más bien diría que me he quedado sin ellos, no me falta ni uno por lanzarte, es usted muy observadora.
La mujer se volvió a subir el escote y sonrió de nuevo alargando sus carnosos labios brillantes.
— ¿Y usted qué es?
—Psicoanalista.
— ¿Qué?
—Puede usted mirarlo en un diccionario. —Contesté haciéndome el gracioso, aunque la verdad... creo que no cogió el chiste.
El ascensor paró, sonó una campanita y la puerta volvió a abrirse mientras el luminoso se posaba sobre el número dos. La señora permaneció callada. Volvió a abrirse en el número tres, noté que miraba de reojos el espejo y se volvió lanzándome una bofetada que sonó a aplauso.
— ¿Me estás mirando el culo sinvergüenza?
Me lleve una mano a la cara que me latía al compás del corazón y la notaba calentita.
—Yo diría que estaba mirando la cremallera de su falda señorita. La lleva usted abierta.
La mujer se llevó las finas manos hacia su trasero, encogió barriga sacando pecho (cosa que me hizo babear) y se subió la cremallera.
La campanita del ascensor volvió a sonar en la cuarta planta y la mujer volvió a mirar de reojos por el espejo.
— ¡Ya está bien, deja de mirarme el culo!
Cambié de postura y me puse de espaldas a ella, pensé que era una malaje, después que me preocupaba que no se le volviese a bajar la cremallera. Esta vez miré yo de reojos cuando el ascensor paró en la quinta planta y nuestras miradas se cruzaron y nos sonreímos los dos, ahora era ella quien buscaba mi escurrido trasero. Se llevó una mano a la boca para ocultar su divina sonrisa. Parecía ir a traición conmigo pero se dignó a preguntarme.
— ¿Cómo te llamas?
—Soy Andrés y tú.
—Verónica —se acercó y me fue a dar un beso en la mejilla, yo, con la destreza de un ninja veterano giré la cabeza en el momento exacto que sus labios chocaron con los míos en un pequeño pico— ¿Qué haces? —Dijo cuándo la campana del sexto piso sonó, salvándome de un caos absoluto y ella bajó.
Solo llegué hasta la séptima planta y allí estaba ella, llamando al timbre de mi consulta. Comencé a reírme mientras que de mi carpeta de cuero sacaba las llaves de la puerta.
—Hola Verónica ¿Vienes a mi consulta?
— ¿Es usted el Psicólogo?
—Digamos que en cierta medida... sí. —Asentí con la cabeza y giré la cerradura. Abrí la puerta y pulsé el interruptor.
—¡Pase!
Verónica pasó a mi consulta, mucho más tímida de lo que me pareció en el paseo del ascensor, le ofrecí un sillón para que se sentara. Solté mi carpeta sobre una silla y tomé del perchero mi bata, rebusqué una libreta y me senté al lado de Verónica a tomar apuntes. Verónica me contó que... cuando era niña se llamaba Víctor, había sufrido de bullying en el colegio y durante su adolescencia sus padres no lo aceptaron, fue una lucha difícil, una batalla contra sí misma y contra toda su familia y que eso le había pasado factura, buscaba un apoyo grande y que sus amigas transexuales le habían aconsejado que me visitase a mí, porque hace mucho tiempo yo me llamaba Andrea. Al final aquél inolvidable paseo en ascensor surtió efecto y llevamos 3 años casados, el niño convertido en mujer y la niña en todo un hombre, la vida sigue y cada día más felices.
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El ascensor
RomanceUn hombre, una mujer con prisa, dos secretos y un ascensor, ¿Qué más puede ocurrir? Adentraté en esta pequeña historia y te sorprenderá. Si te gusta... ¡Dale a la estrella! o deja un comentario.
