5Segundos

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Rodeada

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Rodeada. Esa era la palabra que me describía en ese preciso instante. ¿Y rodeada por quién?, se preguntarán. Rodeada por nada menos que 3 monstruos de piel azul, cabello rojo, siete ojos, un pico, cuatro patas, y cinco brazos. Yo los llamo Googles, ya que alrededor de los ojos tienen unos anteojos muy raros como los que usaban los pilotos antiguos.

Ahí estaba yo, en la terraza del edificio D'angelo, el edificio más alto de la ciudad, sola, sin armas, y rezado para que no me mataran. Así que, en un rápido movimiento, agarré una soga junto a mí que colgaba de un poste, y sujetándome fuerte me tiré hacia abajo. Caí ocho pisos hacia abajo hasta tocar el suelo. Cuando toqué el suelo no pensé, solo corrí lo más rápido que pude hasta la estación de bomberos, que quedaba a tres cuadras de distancia.

Una vez allí agarré un arma y una linterna. Y salí.

Fue una casualidad el hecho de que justo cuando salí de la estación de bomberos me topé con Luciana y Miriam, las dos acorraladas en un callejón por siete Googles. Apunté con el arma, y les disparé a siete de ellos en la cabeza; los otros dos desaparecieron.

"¡Gracias!", exclamó Luciana, con el corazón en la mano.

"Buen trabajo, soldado.", fue lo único que dijo Miriam en agradecimiento.

"Vamos, hay que salir de acá.", dije yo.

Las tres corrimos en dirección a la estación central, en donde se encontraban el capitán VillaBuena y Giovan, el cadete.

"¿Qué les pasó?", preguntó Gio, asustado.

Miré en dirección a Luciana y Miriam. Fue entonces cuando me di cuenta de que parecía que nos había pasado un tornado por encima.

"Nada", dije yo, un tanto apurada "¿Ya encontraron la fórmula?"

"Sí, el doctor ya la encontró; y en cuanto a eso, es urgente que la apliquemos de inmediato.", me informó el capitán VillaBuena.

"¿Cómo?", inquirió Luciana.

"¿Tenemos que salir otra vez?", terció Miriam, nerviosa.

"Sí", afirmó el capitán "Hay que encontrar la nave madre y poner en la ranura roja el contenido de esta botella", alzó la mano. En una pequeña botella de plástico, se escondía un líquido amarillento repleto de puntitos violeta.

"¡Sí, señor!", afirmamos los cuatro juntos.

Minutos después salimos. La calle estaba desierta. Nos dirigimos a la nave madre.

Tres cuadras antes de llegar, vimos 10 Googles y nos escondimos para que no nos vean. En la siguiente cuadra, vimos veinte Googles y antes de llegar vimos cuarenta; parecían multiplicarse.

Seguimos.

Una vez adentro de la nave, nos vieron diez Googles y Luciana y Geovan se quedaron luchando con ellos. Miriam y yo seguimos. Más adelante, casi en la habitación de la ranura, nos topamos con veinte Googles.

Miriam me dijo:

"No importa lo que pase, vos agarrá el líquido y salí corriendo a ponerlo en la ranura."

"Pero...", dudé yo, segura de que la iban a matar.

"Hacé lo que te dije, y todo va a estar bien. Confío en vos."

Luego se dio la vuelta, y empezó a correr en dirección a los Googles.

En ese mismo minuto, tomé el arma y la botella y salí corriendo a ponerla en la ranura. Justo en ese momento, me tope con tres Googles, cinco veces más grandes de lo normal. Intenté dispararles; no les hizo efecto alguno. Opté por pasar entre ellos, razón por la cual me dispararon en la pierna.

Solté la botella. El líquido calló en la ranura, y los Googles se hicieron polvo.

Recuerdo que morí a los cinco segundos.

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