Hace mucho tiempo, en una lejana tierra cuyo nombre siempre ha permanecido en el más absoluto anonimato, nació una criatura única. Un hada de luz, tan pura y tan bella que, si la mirabas detenidamente, te quedabas prendido de su encanto durante toda tu vida. Cuentan las leyendas que quien consiguiese una sola sonrisa de ella sería bendecido con fortuna y una larga y próspera vida. Dos hechos contradictorios; sin embargo ya se sabe que, a menudo, las leyendas son solo eso: leyendas.
Pero una vez, un caballero fue a buscar la sonrisa de la que hablaban las leyendas. Fue preparado con las mejores armas mágicas de su reino, y entrenado en las artes de lucha más secretas y poderosas pues, si bien la muchacha era pura, bondadosa y buena, vivía rodeada por el bosque más viejo de todos los reinos, habitado por criaturas tan oscuras y aterradoras que la gente no osaba pronunciar sus nombres, ni siquiera de día.
El caballero se internó en el bosque y fue venciendo todos los obstáculos que el bosque le ponía delante.
Pasaron las semanas, los meses, y las gentes olvidaron al príncipe que, como tantos cientos de incautos, había partido en busca de la sonrisa más valiosa del mundo.
Con el paso de los años, el reino olvidó la magia, las criaturas que habitaban en el bosque y las leyendas, y se expandió por el ancho y largo mundo.
Mientras, miles de años antes, el príncipe que se había embarcado en busca de la Dama de Luz encontró hogar en el que habitaba la codiciada criatura.
Preparado para lo peor, entró en la morada del hada. Mirando al suelo para no verle la cara y así no quedarse prendido de ella, fue internándose cada vez más por las nudosas raíces de un árbol más antiguo que el hombre, que formaban pasillos, habitaciones e incluso muebles. Finalmente, el caballero comenzó a escuchar una hermosa melodía que provenía del corazón del árbol. A medida que se adentraba más, la música era más intensa. Al fin, llegó a una habitación enorme que, a diferencia del lugar, estaba hecha de piedra. En el centro de la estancia había una niña, de apenas seis años, que tocaba una flauta de pan. El caballero alabó interiormente la maestría con la que la niña tocaba aquel instrumento. Sin embargo, no se dejó engañar por la aparentemente inocente escena. Aquella niña bien podía ser toda suerte de criatura horrenda, esperando a que su presa se acercase lo suficiente para devorarla. Sin embargo, se fijó el caballero, al fondo de la habitación había una enorme puerta de cristal. Al otro lado se veía una luz blanca y pura. Había llegado a la última prueba. Tras esa puerta se encontraba lo que tanto ansiaba.
Se acordó de su familia y su reino, gentes sencillas y felices, ignorantes de la guerra que les amenazaba. El caballero sabía que se le acababa el tiempo. Aquella sonrisa prometía una vida larga y pacífica para todo su reino. Era su única esperanza de que todo saliese bien.
Rezando a los dioses que conocía, se adentró en la habitación. Como había imaginado, el pasillo por el que había encontrado aquella habitación desapareció a sus espaldas. La niña dejó de tocar y el silencio inundó la estancia. Se levantó y se desperezó, como lo haría una niña normal. Miró por la habitación, que estaba iluminada por una lámpara que desparramaba una luz blanca, y vio al caballero, armado y en guardia. La niña dio un gritito y corrió, asustada, a ocultarse tras un arcón. De vez en cuando, asomaba su morena cabecita, asegurándose de que el caballero seguía allí.
-¿Quién sois? -preguntó la niña, con voz temblorosa. El caballero no se dejó impresionar por el comportamiento de la niña. Aquello podía ser un ardid para convencerle de que aquella era una niña de verdad. Sin embargo, decidió seguirle el juego hasta que mostrase su verdadera forma y luchase contra él. Si algo había aprendido en aquel viaje, era que impacientarse y presionar a aquellos seres para que se mostrasen era casi peor que caer en sus trampas.
