Cal y Arena

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                Son las once y media de la mañana. Hoy no me duele la cabeza demasiado. Miro a mi alrededor y no veo nada fuera de lo habitual. Estoy durmiendo vestido. Mis ropas están manchadas de sangre, como de costumbre. También tengo las manos ensangrentadas. Parece que en la cama haya celebrado una carnicería. Pero no, esta vez debió ser fuera, en otro lugar. Aquí no hay restos, solo sangre. No quiero ni imaginar el porqué de este mal sabor de boca que me está matando. Me lavo los dientes. Mientras me enjuago me doy cuenta que en la bañera hay un cadáver. Falsa alarma, es el mismo de hace dos días. Es raro que no lo haya quitado de ahí, no suele dejar víctimas mucho tiempo en el mismo sitio. Escupo el enjuague bucal. El olor en el baño es insoportable, casi como el del resto de la casa. Yo no pienso quitar ese muerto de ahí. Ya me ducharé pasado mañana. 

            Voy a la cocina. El desorden es importante si lo comparamos con ocasiones anteriores. Ayer debí montar una buena. Abro la nevera. Mierda, sigue ahí ese brazo. Pero por lo menos hoy hay leche, y parece buena. Desayuno leche, y mojo galletas que ya no saben a nada, pero por lo menos desayuno. Termino de desayunar, recojo la mesa y lavo mi taza y mis cubiertos. Siempre me ha gustado ser un tipo ordenado y limpio. Creo que esa sangre del techo será difícil de quitarla, si es que la quito. A ver si mañana hay suerte y limpio un poco. 

            Me cambio de ropa. Da gusto ponerse ropa limpia y seca. Cambio las sábanas y me vuelvo a acostar con un buen libro. Hoy leeré “La metamorfosis” de Kafka otra vez, me ayuda a no sentirme tan raro. La lectura me ayuda mucho a evadirme y no pensar en mis problemas, pero se me están acabando los libros, y no sé qué hacer para conseguir más. En fin, ya nos arreglaremos. 

            Vaya, este libro cada vez se me hace más corto. Son las dos del mediodía. Me está entrando hambre, pero no sé si habrá algo de comer. Hace tiempo que no como, ojalá encuentre algo rico y grande, sería un gran día para mí. 

            Entro en la cocina. Sigo pensando que esa sangre del techo va a ser jodido quitarla. Abro el congelador. Soy un tipo afortunado, hay un par de platos precocinados: arroz con champiñones y salteado de verduras. Hay veces en las que dudo si compro la comida para mí o si por el contrario mañana me cabrearé porque me ha desaparecido. Creo que eso nunca lo sabré. Pongo una sartén al fuego. El aceite está negro, que asco. Creo que vi algo de manteca en la nevera. Sí, esto servirá. Vierto el contenido de la bolsa y la cocina se llena al instante de un humo y un ruido angustiosos. Remuevo el salteado como puedo, a duras penas. Me salta el frito a los brazos, a la cara. Da igual, así se hace antes. Esto ya está casi. Apago el fuego. Echo el contenido de la sartén en un plato. Queda vino, eso está bien. Me muero por una cerveza, hace meses que no pruebo una cerveza bien fría. Me siento a la mesa. Comienzo a comer. Esto está rico. 

            Termino de comer y reposo un rato, mirando la pared sin llegar a enfocarla, sin pensar en nada. Hace tiempo que procuro no pensar en nada, porque si me pongo a reflexionar me vuelvo loco seguro. Esto que acabo de decir es una contradicción, ya estoy loco, o por lo menos, un día sí, otro no. 

            Una vez recogida la mesa me voy al cuarto de nuevo. Rebusco entre la ropa ensangrentada mientras rezo por encontrar un paquete de cigarros. No me lo puedo creer, aquí hay uno. Me lo enciendo con rapidez, como si me lo fueran a quitar, pero en cuanto doy la primera calada todo cambia. Se me tornan los ojos vidriosos, aguanto la respiración unos segundos y expulso el humo con lentitud. Ahora me siento mucho mejor. Me termino el cigarro. Han sido unos minutos gloriosos, lástima que no haya más cigarros, podría esconderlos y si mañana no los encuentro, tendría algo agradable cuando me despierte al día siguiente. 

            Me asomo a la ventana. El sol cae pesado hoy, hace calor. Me pregunto si ahí fuera, en la ciudad, hay más gente como yo, con mi problema. Pero eso es, como de costumbre, algo que no creo que averigüe jamás. Ya tengo demasiadas incógnitas acumuladas, pero me he acostumbrado a vivir en soledad, aislado, escondido. Tenerse que ocultar por las acciones de otro es duro, bueno, no de otro, pero sí de otra persona, o por lo menos otra personalidad. He pensado muchas veces en entregarme, incluso en suicidarme, así no haría más daño a nadie, pero si estoy aquí, soy de esta manera y hago las cosas que hago, será por algún motivo. Todos estamos donde estamos por alguna razón, eso creo yo. O, a lo mejor, es una teoría absurda a la que agarrarme por el simple hecho de que tengo miedo, un miedo infinito y oscuro. Por eso nunca hago nada, por miedo. Bueno, y porque de nada sirve empezar algo si al día siguiente lo vas a destrozar. 

            Son ya las seis de la tarde. Creo que el reloj es de los pocos aparatos que sigue funcionando. Es duro estar encerrado sin televisión, sin música, sin contacto con el exterior. A veces siento que estoy enterrado vivo y que sufro un castigo inmerecido, por lo menos en parte. 

            Tal vez sería buena idea escribirme una nota. Una nota explicando lo que siento, lo que veo que ocurre. Pero eso sería peligroso. Mi otro yo puede que no sepa de mi, y que esa sea precisamente mi ventaja. Yo tardé un tiempo en darme cuenta de lo que ocurría. Igual ya lo sabe, a veces siento que lo sabe, que lo sé. 

            Me levanto de la cama exaltado. Voy corriendo a por un libro, el que sea, porque ya estoy dándole vueltas a la cabeza, y eso no es bueno. No es bueno porque no lleva a ninguna parte y al final me desespero. Cuando desespero me siento mal, mejor dicho, me siento mal siempre, es algo que no se me va de la cabeza. Ya no puedo más. Tengo que hacer algo. Pero, ¿y si me despierto mañana y no pasado mañana? Tal vez se vaya mi enfermedad igual que vino. Tal vez algún día vuelva a disfrutar de todas y cada una de las jornadas de mi vida. 

            Bueno, ya está bien, cogeré otro libro. Uno largo que me entretenga el suficiente tiempo y me produzca más tarde el sueño necesario para dormir hasta enlazar con la noche. Creo que los he leído todos, en fin, así me dará más sueño. Me decido finalmente por un viejo libro de historia, por lo menos así al final seré un entendido en algo. ¿Al final de qué? Muchas de las cosas que digo no tienen sentido, y lo peor de todo es que reflexiono sobre ellas. Sé que no estoy lo suficientemente loco como para que todo me dé igual, y eso me mata. Quisiera que mi locura, mi enfermedad o lo que sea cese para siempre o estalle y me posea por completo. Un loco hace locuras, pero siempre cree que las hace por algún retorcido motivo, aunque nadie le entienda. 

            Finalmente me centro en la lectura. A pesar de que avanzo leyendo mi mente trabaja y piensa en otras cosas. Levanto la mirada. El reloj señala las nueve y media ya. Dejo el libro, cada día me cuesta más evadirme de mis pensamientos. Esto tiene que tener una solución. Pero, aunque la encuentre, todas esas atrocidades que cometo, que comete mi otro yo, las pagaría yo, seguro, y no sé qué es mejor, enfermo en casa o sano en la cárcel. Soy un cobarde, lo sé. 

            Lo mejor es tranquilizarse, no ponerse nervioso, porque sé que al final no voy a hacer nada, no voy a llegar a ninguna conclusión. Me tumbo y miro al techo. Vivo rodeado de suciedad. Pronto hará tres meses que sufro este castigo. Respira hondo, relájate. Me encantaría comerme un helado, o un buen bocadillo mejor. Suelta los brazos, siente el cuerpo apoyado en el blando colchón. Seguro que pronto se pasa, pronto me curaré. Tengo sueño, estoy tan cómodo. Me quedo dormido...estoy bien....pasado mañana será otro día...



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Cal y ArenaWhere stories live. Discover now