Capítulo único.

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Le di una efímera mirada. Aún así, pude tener en claro todas sus facciones, grabándolas en lo profundo de mi nebulosa, convirtiéndose en lo primero que recuerdo al despertar y veo cada vez que cierro mis párpados para luego abrirlos y volver a la realidad, y dejar que se esfume. Su recuerdo sería sempiterno en mi memoria.

Su acendrada piel, sus ojos avellanas, redondos y a veces bien atentos, a veces muy cansados, hartos, abstraídos de la realidad, solo deseando poder quedarse en su mundo, viajando a su otra dimensión y ser etéreo entre las galaxias de la quietud.

Sus perfilados labios, naturalmente color durazno, bien definidos y carnosos, siempre presa de sus dientes, ya esté nervioso, ansioso, reteniendo risas o lágrimas, palabras o acciones, pensamientos o distracciones.

Sus cejas arqueadas, adornando sus orbes brillantes, dándole un toque burlón y simpático.

Qué nefelibata, dirán mis espectadores mentales.

Me enfermaba la idea de olvidarlo. A su rostro, a toda su persona.

Su voz era el más melifluo tono, la mejor música, el mantra que quería escuchar día y noche, dormido o muerto, despierto y sin miedo. Sin miedo, porque sostengo un gramo de esperanza, esperanza de volver a verlo. Lo último que pierdo.

Él era inefable.

Él era la serendipia de mi vida.

Él era la iridiscencia en mi burbuja y el oxígeno ocupándola.

Él era un inmarchitable recuerdo.

Me regaló una epifanía, un dejá vù, un recuerdo de alguna vida pasada, el más puro sentimiento, cada uno de mis suspiros, la sensación templada pero inalterable en mi pecho, el acelerado bombeo en mi corazón, el sudor en mis ojos. Mi alma gemela, a mi parecer.

Hizo de su corazón una perenne muralla, había formado una barrera en su alma, un candado en su mente.

Y yo estaba más que dispuesto a traspasarla.

Con paciencia y persistencia, amor y delicadeza.

Una rosa con sus espinas, ese era su corazón.

Una rosa, elevándose y sobreviviendo por entre medio de una inconmensurable cantidad de escombros.

Y ahí estaba yo, con mi monólogo interno y mi mirada fija en la suya, aunque él no captara la mía.

Y la verdad es que así preferí que fuera, de esa forma no podía extrañarla más de lo que lo hacía, una y otra vez.

Aunque en realidad no estábamos ahí, era sólo mi imaginación.

Abrí mis ojos, o creo que ya lo estaban, pero empecé a asimilar lo que pasaba a mi alrededor.

Cierto, yo estaba encaminándome a mi cafetería preferida.

Ahora más que nunca necesitaba mi dosis diaria de café, mi droga, mi medicina, mi adicción, mi energía renovada, lo que me mantenía en pie como zombie.

Aunque debo admitir, luego de ese día, le debo mucho a esa cafetería.

Ahí fue donde lo ví de nuevo, luego de recordar que habíamos compartido la secundaria y ahora la Universidad.

Todo ese tiempo, enamorándome en silencio.

Claro, habíamos hablado algunas veces, mas sólo para pedir prestado un lápiz o la respuesta de un examen.

ClandestinamenteWhere stories live. Discover now