Mi primer asesinato fue cuando solo tenia 12 e iba caminando por el monte que quedaba cerca a mi casa. Un hogar alejado de la urbanidad. El lugar perfecto para encubrir cualquier crimen, nadie investigaba, nadie se preocupaba, nadie sabia nunca nada. Además, el cielo oscuro y parcial, animaba y proclamaba un poco de sangre. El césped seco y maltratado quería regarse con la vida de una de mis víctimas... Sin embargo, yo pedía alguna señal, para saber que debía hacer en realidad. Miraba los buitres volar, hambrientos y sedientos, tanto como yo lo estaba. Mi alma señalaba a gritos tan solo un trozo de ese alimento que tanto anhelaba, pero que no había probado. De repente, un miserable desechable se me acerco a mendigarme. Era un hombre que se dejaba llevar por su vejez, su barba era larga y blanca, sus atuendos rotos y sus pies entre cortados por andar descalzo. Al verlo, sentí lastima por el y quería liberarlo de ese dolor que vivía cada día. Así que lo maté. En ese momento creí que le estaba haciendo un favor, pero en realidad lo que pasaba, era que me estaba descubriendo a mi mismo.
Su muerte fue rápida, no muy dolorosa. Quería separarlo del calvario diario, liberarlo de ese sufrimiento que se veía en su ropa desgastada y remendada. En su cara arrugada y sucia, en sus manos heridas y su flácida piel escurrida.
Saqué mi puñal y supe por instinto donde clavárselo, fueron solo dos golpes en el pecho y cayo a mis pies. Su mirada de nostalgia, me mostraba a un hombre que había sufrido y luchado hasta el momento por sobrevivir. Vi como intentaba sostenerse a su ultimo suspiro y como deseaba luchar por seguir vivo, pero no lo hizo. Me sonrió y se dejo ir.
No sentí temor al hacerlo, ni remordimiento alguno, mucho menos lo dudé, para mi fue claro que debía hacerlo. Sabia que era lo correcto en ese momento. Al tomar su vida, no podía dejar de reproducir el incidente una y otra vez en mi mente. Me había gustado. Sentir sus calurosos latidos parar, sentir su sangre sobre mi mano, ver su rostro de plenitud volverse pálido. Ver sus manos perder fuerza y dejarse llevar por la bendita muerte. La bendita liberación a su dolor.
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Mind
Short StoryLa muerte, una gran trama, ¿puedes leer mis historias y no temerme?
