El arte de caminar

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Me llamo Juan, simplemente Juan, aunque a veces me nombren de otras formas despectivas. Me gusta pasear por la plaza y caminar por la ciudad simulando tener algo que hacer. A veces, con algo de suerte, sí tengo algo que hacer. Desde pequeño desarrollé una afición por la caligrafía y de adolescente me dediqué a aprender el oficio de letrista. Mi familia estuvo más que encantada con que haya podido encontrar una profesión a corta edad. El niño será un retardado, le decían las mujeres a mi afligida madre, deberías mandarlo a un lugar más adecuado... para los que son como él, murmuraban pensando que no las escuchaba.

Desde donde estoy, sentado en un banco, me pierdo observando las acciones de los demás. De quienes se creen normales hasta que descubren o les sucede algo que los hace diferentes. Es fácil distinguir a los que ya pasaron por esa revelación de los que todavía no la tuvieron. Demasiado simple, basta con verles el rostro. Por ejemplo, ahora mismo observo a la niña que salta las baldosas flojas para evitar que el agua salpique su vestido. Las evita con tanta concentración que parece que se tratara de un ritual para invocar los favores de los dioses. La veo tararear una canción infantil mientras marca los saltos con una agudización de su voz. Yo sé que se trata de algo más que el vestido rosa, se trata de los zapatitos blancos que va estrenando por la calle 25 de Mayo, como un hada en un día de fiesta. Es normal, está claro.

Por otro lado, veo a un hombre ceñudo caminar cabizbajo. Él no lo es, ya está marcado con el estigma de los distintos. Tampoco hace faltar mentir, voy a ser sincero con ustedes, todo esto que les digo es porque ya los conozco.

Pero hay algo que es todavía más importante: el calzado que llevan. Eso que nos lleva por la vida y que cuida nuestros pies. Eso que los disfraza y los hace parecer más uniformes de lo que en realidad son. Eso que nos homogeneiza en diferentes clases. Eso que nos hace sentir seguros en nuestros pasos y sin lo cual no nos animaríamos a salir de nuestras casas. Sin embargo, cuando llega la noche el encanto se desvanece, como si se tratara de un cuento de hadas, y el pie vuelve a ser carne, callos, uñas, mugre, vellos, juanetes y hongos; mientras que el zapato es lustrado para reposar orgulloso por las distancias recorridas como un viajero del mundo.

El calzado es el jinete que pasea orgulloso de ser llevado de lado a lado como el rey de un desfile. Los pies, al contrario, son el animal de carga que soporta nuestros cuerpos día a día y disfraza su desgaste con los cueros más brillantes.

Ustedes se preguntarán el porqué de mi obsesión con los calzados. Verán, todo comenzó hace un par de semanas cuando me llegó una carta de mi tía.

Pude haberla tirado a la basura, pero no me animé a hacerlo. Ella fue la única de la familia que, de una u otra forma, siempre quiso ver lo mejor de mí. Mientras los demás le dieron la espalda al fracasado de Juan, ella insistía en invitarme de vez en cuando a su enorme casa de gente de bien.

Ya habían pasado dos años desde mi última visita. Me afeité, saqué mi mejor traje de la bolsa en la que lo guardaba colgado y con un poco de gomina peiné mi cabello hacia atrás. Observé con atención la figura que me devolvía el espejo. Me sentí un señor hecho y derecho, pero poco duraría el engaño. Volví una, dos y tres veces a escrutar el reflejo, cada vez con menor encanto. Mis ojos se acostumbraron a mí Yo arreglado, y el príncipe que había creído ver se convirtió en el sapo que era luego de los minutos que les tomó a mis ojos acostumbrarse a mi versión mejorada.

Salí resuelto y observé en mis vecinos la misma reacción que yo acababa de tener. Apuré el paso para mantener el engaño y, casi corriendo, llegué a mi tía transpirando como si hubiera recorrido una maratón. Esperé unos minutos afuera, recuperando el falso porte, y me aventuré a golpear la puerta.

El resto es historia. A nadie le interesará saber lo mucho que ambos fingimos. Yo, pena por la muerte de su marido, mi tío, y ella, pena por toda mi existencia resumida en: la muerte temprana de mis padres, la falta de trabajo y la precariedad de la pensión donde alquilaba una modesta habitación que parecía más grande gracias a mi reducido tamaño. Soy petiso pero no enano. Soy perfectamente consciente de mi situación pero no hago alardes de ello. Me considero normal por dentro, y eso es algo que me permite dormir.

El difunto tío era dueño de una importante zapatería en San Miguel de Tucumán. Ahora que se había ido al más allá no tenían hijo que mantuviera el negocio por lo que su señora optó por venderlo. Admito que guardé una pequeña esperanza de que la carta fuera para pedirme ayuda con la atención del comercio; pensé que me daría trabajo y que juntos continuaríamos con el legado familiar. Pero volví a mi habitación con una caja de zapatos de segunda mano entre mis brazos. Solo una caja, un poco desgastada, con un par de charol de mi número.

—Espero que los cuides mucho y que siempre te recuerden lo mucho que tu familia te dio.

Me limité a sonreír y comer todo lo que me ofreció. Cuando se daba vuelta, aprovechaba para guardar comida para la noche. Llené mi bolsa de manjares y regresé pensando en que no era, después de todo, un mal regalo; aunque es cierto que no se trataba de lo que esperaba. Esa misma noche los lustré, con mucha paciencia y cuidado, y los dejé sobre la única mesa que tenía. La magia se hizo de día, cuando lavé mis regordetes pies y los calcé de manera perfecta. El sol que entraba por la ventana los hacía brillar como si fueran nuevos.

Una vez que estuve afuera, me dispuse a hacer mi recorrido habitual buscando carteles que pintar. Al principio me costó caminar, como si estuviera montando un caballo salvaje dispuesto a no ser domado. Luego, gradualmente, fue cediendo y se rindió ante mí junto a la mirada de los curiosos.

—¡Miralo al enano pitucón!—me gritó un antiguo cliente agitando los brazos en el aire. Lo saludé con aires de señor, como si hubiera ascendido en la escala social y seguí con mi camino.

¿Quién hubiera dicho que la clase era de color negro y debía ser lustrada para resaltar? De la noche a la mañana dejé de ser invisible. Ahora, la gente que antes me esquivaba la mirada, se animaba a fijarla en mis pies. Incluso, algunos curiosos, iban de mis zapatos a mis ojos con una sonrisa aprobatoria. Sentí que todo lo que me hacía sentir inferior podía ser subsanado con mejores prendas y, con esa idea en mente, conseguí más trabajos que en todo un mes promedio.

El caminante de mis zapatosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora