Visten de negro y a medio peinar. Hablan lo mínimo. Frecuentan bares en donde no puedes escuchar ni tu propia respiración. Atraen a chicos sin ni si quiera intentarlo y su seguridad rebosa a través de las tachuelas metálicas de sus chupas de cuero.
Sin embargo cuando no puedes verlas, lloran en sus cuartos al ritmo de guitarras acústicas a punta de canciones que te hacen traspasar, dibujan corazones rotos en las ventanas de los coches en invierno y escriben poemas y relatos donde ellas son protagonistas de una historia de amor.
