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Engancho mi brazo con el de Nahir, haciendo pequeños círculos con las puntas de mis dedos en su piel para tranquilizarlo un poco, al recibir la mirada de muchos de los que pasaban. Sin embargo, siento como su cuerpo se tensa, emanando su común aversión hacia la gente.

Una copia exacta —pero no exacta-exacta— de él se pone a su lado, pasa un brazo por sus hombros y ambos se miran a los ojos. Al principio me molestaba, el hecho de que tuvieran momentos exclusivamente de ellos dos, pero después me di cuenta que eran así y que no lo hacían en mal plan, habían pasado por las mismas cosas toda su vida y habían estado uno a lado del otro desde que eran fetos, literalmente.

A la derecha hay una pequeña tienda de café. La gente detiene todo por un pequeño momento y nos regalan una indiscreta mirada, pasando sus ojos por nuestros rostros y luego por nuestros cuerpos, para, después, seguir con su vida.

Había tratado de acostumbrarme a la mirada de todos, pero a decir verdad, nunca pude hacerlo. Era bella de una manera extraña; no tenía el cabello rubio, ni los más grandes pechos, tampoco era como si mi complexión fuese parecida a la de una modelo, y definitivamente no fui sacada de una revista francesa; pero, a, pesar de eso, era llamativa al ojo humano. Mi padre suele decir que parezco una muñeca de porcelana, con mis grandes negros ojos "terroríficos", mis labios rellenos y mis mejillas sonrojadas.

También recibíamos muchas miradas gracias a mis gemelos calabaza que eran tan atractivos como un chopo de nieve en verano. Los tipos parecían Dioses Griegos.

Maldición, soné como papá.

Apresuramos nuestro paso (más que nada por Nahir) y en unos minutos estábamos en frente de la mansión de los Winston.

Un portón de hierro pintado de negro se extendía por todo el extenso terreno que ocupaba, dándole un estilo gótico al lugar. Un jardín de diferentes tipos de flores blancas rodeaba la gigantesca casa de ladrillo rojo, no sería el tipo de piedra que pediría para una casa mía, sin embargo, la mansión era bellísima, además reflejaba las personalidades de los gemelos y sus padres, y creo que eso es lo más importante de un hogar.

El guardia, un hombre con troncos en vez de brazos cerca de sus cuarenta años al que yo llamo Rodolfo porque siempre tiene la nariz roja, abre el portón al momento de vernos. Nos introducimos a la pequeña jungla de flores silvestres blancas y entramos por la puerta trasera (no nos gusta entrar por la principal ya que hay sirvientes atendiendo por todas partes y los gemelos tienen algo a lo que denominábamos claustrofobia de personas, también conocido como STAYTM, Síndrome del Te Acercas Y Te Mato).

La puerta trasera daba a una cocina que parecía sacada de un restaurant francés, después nos encontrábamos con un estrecho pasillo que te guiaba a las escaleras y de ahí podías ir a muchos cuartos. Cuando éramos pequeños nos encantaba jugar a las escondidas, aunque algunas veces realmente nos perdíamos y teníamos que pedirles a las chicas que ayudaban que nos llevaran devuelta a la sala principal.

Entramos a su habitación. Creo que era del tamaño de la habitación de mi papá y la mía juntas, las paredes eran de un color azul pálido y casi todos muebles estaban hechos de cristal, incluyendo la gigantesca araña que colgaba del techo, a excepción de unos sillones grandes de cuero blanco. Había una cama matrimonial en la esquina derecha, recordándome, cada vez que la veía, que dormían juntos (en lo más bíblico de la palabra). Demonios, hacían todo juntos.

Me acerqué al espejo que adornada la mitad de la pared lateral izquierda y miré nuestros reflejos en él.

Mi negro cabello está un poco muy alborotado y parezco un león recién salido de la jungla, mi nariz está roja gracias al piercing que me había hecho hace un par de días, levanto la mirada y mis ojos grandes redondos y negros me devuelven la mirada. Creo que eso es lo que más me gusta de mi rostro, a decir verdad, aunque mucha gente los considera extraños y escalofriantes.

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⏰ Última atualização: Jan 26, 2016 ⏰

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