Me desperté aturdida y confusa. Veía borroso. Pensé en levantarme para lavarme la cara en el baño, pero no pude, estaba atada. Me di cuenta de que no estaba en mi casa en cuanto miré la luz cegadora que venía de la lámpara que colgaba del techo blanco y agrietado de la sala. Gire mi cabeza hacia la derecha y vi una pared verde, bastante alejada de donde yo estaba. En ese momento comencé a oír un ruido continuo que venía de una especie de pantalla negra con rayas verdes que subían y bajaban. Nada tenía sentido. Gire mi cabeza hacia el otro lado esperando que hubiese algo que aclarase mi mente. Vi una camilla, como las que hay en los hospitales, y había una persona tumbada en ella. Me extrañé, porque a lo lejos no había pared, como en el otro lado, parecía que no había nada. Me esforcé por aclarar la vista y descubrir lo que me esperaba en ese lado de la sala. Tras cinco minutos de espera, la vista se me aclaró definitivamente. Intenté incorporarme para ver mejor, pero olvidaba que estaba atada. A pesar de ello, conseguí ponerme en una posición cómoda para mí y vi que había un cristal, detrás del cual había dos personas. Una de ellas llevaba una bata blanca, corbata roja y camisa lisa azul claro. Era un hombre de pelo negro azabache con un tono de piel blanco enfermizo. La otra era una mujer, llevaba una camiseta y pantalón como de plástico azul verdoso y una especie de redecilla en el pelo del mismo color que el pantalón y la camiseta. Los dos estaban hablando. De repente la mujer me miró de reojo y le dio unas palmaditas en el hombro al hombre para que le hiciese caso. Tras este movimiento la señora me señaló con preocupación. El señor giró su cabeza para mirar lo que señalaba su compañera. Se puso nervioso al verme y entró rápidamente en la sala en la que me encontraba. Me tumbé mirándole con rencor, no sé porque razón. Desde que entró en la habitación no dejó de mirarme, como si fuese un milagro verme despierta. Cogió una silla blanca de cuero con las patas negras, la colocó a los pies de mi camilla y se sentó. Llevaba una carpeta color verde militar que abrió nada mas sentarse. Se aclaró la voz para comenzar a hablar, pero antes de que lo hiciese le pregunté:
-¿Dónde estoy?
Él me miró de reojo.
-Bueno, ¿sabes porqué estás aquí?¿Qué es lo que recuerdas?
Estaba preparado con un boli para escribir todo lo que le dijese, pero ignoré su pregunta, al igual que hizo él con la mía. Al ver que no obtenía respuesta, decidió levantarse e irse por donde había venido.
A pesar de que no contesté ninguna de sus dos preguntas, se me quedaron en la cabeza. Intenté plantearme la respuesta en mi mente. Pero descubrí que no había para ninguna de las dos. No sabía dónde estaba, quién era, quiénes eran mi familia, mis amigos, no sabía cómo podía haber llegado a aquel sitio. Solo recordaba mi casa, mi acogedora casa. Recordaba cada centímetro de ella, pero el resto era historia. Comencé a ponerme nerviosa y a hiperventilar. Solo quería levantarme y echar a correr, de hecho lo intenté, pero de nuevo olvidaba que estaba atada. Grité pidiendo ayuda. De pronto unas cinco personas aparecieron por la puerta junto con el señor con el que había mantenido esa conversación tan activa hace rato. Me sujetaron aún más, repitiéndome constantemente e intentado poner voz dulce que me calmase y que les dijese que me pasaba.
- Mi vida,¿qué habéis hecho con mi vida? Me la habéis quitado, no recuerdo nada.
Unos minutos después una señora de mediana edad se acercó a mí. No sé muy bien porque razón, pero la presencia de aquella señora consolaba mis penas. Miró al señor de la bata blanca esperando una respuesta no sé a qué pregunta. El médico movió la cabeza de lado a lado dándole a entender a la anciana un "no". La señora giró de nuevo la cabeza hacia mí, me miró a los ojos y comenzó a hablarme con voz dulce y pausada.
- Tranquila, no te preocupes. Solo necesitas descansar. Venga, túmbate, relájate y respira hondo.
Hice lo que la señora me dijo. Ella se giró hacia el señor de la bata blanca y le susurró:
- Déjala descansar, no vas a conseguir nada si la fuerzas.
El señor le dio la razón y, tras esto, se fueron los dos de la sala. Las otras cinco personas antes de irse juntaron mi camilla con la de al lado y se fueron. No entendí muy bien eso. En ningún sitio te juntan con la camilla de un desconocido. Eran demasiadas incógnitas en mi cabeza. Decidí no pensar más sobre ellas e intentar descansar. Así es, lo intenté, pero me sentía insegura y tenía frío. Se me ocurrió que para mantener el calor podría acercarme a mi compañero, y así lo hice. Me incorporé y, antes de colocarme junto al individuo desconocido, le observé por unos momentos. No había mucha luz, pero pude observar su pelo rizado y alborotado, negro y corto, su piel blanca y manchada por pecas, sus labios secos y agrietados, con un color rosado. El ver su rostro me distrajo de pensar en todas esas preguntas que rondaban mi cabeza. Me coloqué lo más cerca que pude de él. Cuando me acerqué lo suficiente pude observar que estaba atado a la camilla, al igual que yo. Estaba medio dormida cuando toqué su mano. En ese momento, un montón de imágenes pasaron por mi mente. La mayoría estaban borrosas, pero me di cuenta de que no eran imágenes, sino mi vida. En ella estaba yo y... el chico que estaba a mi lado. Todo estaba ahí, solo hacía falta un estímulo para sacarlo. Me encontraba mal, me puse nerviosa, tenía miedo. La pantalla que estaba al lado de mi camilla comenzó a pitar fuertemente y poco después lo hizo la pantalla que estaba al lado de la camilla del chico. Nuevamente, la vista se me nubló. Eso me puso aún más nerviosa. Solo tenía ganas de cerrar los ojos y que todo pasase. El médico vino y comenzó a gritarme desesperadamente, pero no le oía con claridad. Tan solo oía el doble pitido de las dos pantallas pitando juntas, la mía y la del chico. No sabía quién era él, pero sabía que era importante para mí. Estire la mano para intentar volver a coger su mano, pero, cuando la fui a coger, separaron nuestras camillas. Me quedé mirándole mientras el señor de la bata blanca seguía gritándome. Mis ojos se iban cerrando cada vez más y más. Tenía sueño, estaba cansada, me dolía todo el cuerpo. No sabía porque, pero sabía que no debía dormirme. Una señora se pusó unas planchas de metal en las manos y me las puso en el pecho. Sentí electricidad, pero no me importó. Yo seguía mirando a aquel chico, deseando que estuviese otra vez a mi lado, rozando mi mano. Ya no aguantaba más. Respire profundamente, esperando que fuese un sueño, y cerré mis ojos poco a poco.
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El amor no es una fantasía
Teen FictionCharlotte Brown nunca pensó que el amor fuese a llamar a su puerta, pero, tras conocer a Carlos Davison, lo hizo de la forma más extraña y maravillosa del mundo.
