Ella traía risas por cada paso que daba, tan torpe pero a su vez adorable. Amalia, esa niñita que generaba paz con su presencia. Sus lágrimas eran pequeñas punzadas que provocaban un agudo dolor a todo aquel que la miraba.
Indudablemente, era una especie de ángel aunque a la vez era una especie de arma de doble filo. No era extraño que ella se mostrara ignorante ante aquellos hechos realmente especiales.
Sin embargo, los tiempos cambian, y todas esas virtudes que parecía mostrar acabaron convirtiéndose en nada, en una realidad podrida, que absolutamente nadie podía negar.
—¡Ama!— exclamó una voz, no muy lejos de ella.
Se encontraba en una especie de bosque, rodeado de basura, suciedad y restos de animales muertos. Por su increíble pereza, estaba tumbada en el único espacio libre de desechos, con los auriculares, el reproductor de música y sus pensamientos, mientras mantenía los ojos cerrados. La voz era lo suficientemente chillona como para que a cabo de dos o tres gritos, se quitara los auriculares de mala gana, abriendo sus ojos azulados, mostrando así molestia.
—¿Qué quieres..? —preguntó, buscando contacto visual con la dueña de la voz en cuestión.
Efectivamente, no se encontraba muy lejos de ella, a apenas seis metros de distancia, separada por desechos obviamente. Ella, era Ana, una niñita de siete años, con ojos marrones y tez blanca, teñida por una capa de pecas alrededor de su rostro.
—¿Aquí estás de nuevo? Ya sabes que papá no quiere que vengas aquí. —respondió, observando a su "hermanita", con una pequeña sonrisa burlona entre sus labios.
—No me interesa su opinión, ya deberías de saberlo. —contestó, levantándose y enderezando su posición, sacudiendo su camiseta y sus pantalones, avanzando hacia la posición de su hermanastra. Probablemente, la única persona de su familia que llegaría a apreciar sin tener la misma sangre.
—¿Algo más?
— Sí. ¡Mamá trajo helado! —exclamó, con una sonrisa en sus labios.
— De acuerdo, ya lo pillo. — respondió, dándose por vencida con su hermanita y acompañándola, mientras ambas se ponían a caminar de camino a casa.
Ciertamente, Amalia no le apetecía volver, ya que se repetiría la rutina de gritos y broncas, pero así acabaría antes con algo esencial de su día a día, por lo que le resultaba indiferente.
Así, una vez más.
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El susurro de la destrucción
Mystery / ThrillerLos minutos cedían ante el canto del viento, en aquel bosquecillo mágico. Allí, Amalia, contemplaba como las hojas caían muertas y todo se desmoronaba en polvo, dejando a la vista una obra de arte efímera. ¿Fue su culpa? Se preguntaba, mientras sus...
