Fuego. Envolviéndolo por completo, siendo la línea en el suelo que le impide llegar aquel campo de guerra.
Sangre, la de sus amigos, derramada, brotando de cuellos y apuñaladas, corriendo libre por el suelo, manchando la ropa y garras de un demonio, responsable de aquella masacre. Le da asco con solo verlo.
Alza su cabeza a los cielos, apartando la mirada de aquella escena, no la quiere ver. Pero lo que se encuentra es mucho peor. Frente suyo está el, luciendo una sonrisa de oreja a oreja, divirtiéndose al ver el sufrimiento de aquel joven protector.
Un grito sale de su garganta pero sin voz, una de sus manos pintadas de carmín se estira tratando de detenerlo, pero no lo conseguí. El contrario se retira, seguido por sus soldados, dejándolo solo; con los restos de una caverna destruida y los cuerpos de los antiguos miembros de la banda de Shane.
La historia se repite en su cabeza, volviendo como un sueño. No, pesadilla, que lo hace saltar en su propia cama. Pasa su brazo por su frente limpiando el sudor, sus ojos giran por su habitación –Destruida –Tratándose de acostumbrar a la luz que entra por el ventanal, donde el cristal yace roto.
Estira con pereza sus extremidades, haciendo tronar sus huesos para luego proseguir su rutina. Sin mostrar animo alguno al comienzo de su día, no siente nada al ver que los rayos se reflejan en su piel, ni calor, ni comodidad, solo frió.
Baja las escaleras sin decir una sola palabra, ni un ''buenos días'' ¿para qué? Si ya sabe que nunca se la responderá, ni estarán sus amigos para devolverle el saludo con una sonrisa. Y menos vera a cierto topoide sirviendo sus exquisitos platos de su caverna natal.
El joven de los Shane solo suspira, no tiene muchos ánimos de comer así que guarda los restos en el refrigerador. Podrá aguantar otro día mas sin alimentarse, después de todo su cuerpo aun resistía los maltratos y las heridas que llevaba marcadas en su piel.
Esto es lo que queda; un refugio destrozado, el techo es lo que falta y las paredes se derrumban a medida que pasa el tiempo. Los cuartos vacíos de dichos lanzadores, que ahora yacen bajo tierra, pudriéndose mientras los gusanos devoran su carne. Una banda deshecha, sin integrantes, sin líder, sin ninguna razón por la cual luchar.
Y un Shane, el último se podría decir, roto y corrupto. Despojado de su título de protector, vive la vida que le había tocado, en la miseria, durmiendo entre los restos de su viejo hogar.
Va hacia la entrada, pasando por encima de aquella puerta derribada, para luego dirigirse a lugar apartado de aquel refugio, cerca de un roble que todavía mantiene sus hojas a pesar de lo viejo.
Los pasos de aquel joven son aún más débiles, se acortan cada vez más al andar hasta que por fin se detiene, su cabeza se agacha, bajando su vista al suelo donde yacen cuatro estatuas que se levanta por la cabeza de las tumbas, que no tienen cuerpo bajo ellas. Después de aquella masacre, no le habían quedado energía suficiente como para enterrar a sus amigos, solo para huir, con el rabo entre las patas.
A simple vista se puede notar que cada estatua era única, ninguna se parecía a la anterior. Llevaban un significado, un recuerdo, de aquel Shane que arrodillado las ves, con sus ojos inundado en lágrimas, que trazan un camino por sus mejillas.
La primera, posicionado en frente, era la corona de un rey, encima de una especie de colina, haciendo tributo a cierto topoide caprichoso.
La segunda, una llave inglesa, representado al Trol mecánico, que lo había acompañado en sus aventuras desde el principio.
La tercera. Un dragón oriental, era una de las que más le había costado hacer, no podía ser más que la tumba del otro protector. Eli rió ante el recuerdo, de verdad extrañaba los regaños y los susto que le provocada al asiático con cada entrenamiento.
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Lo que Queda.
Short StoryGoon gano, la babosa cumplió con su propósito. Ahora, Eli Shane, derrocado de su titulo de protector. Se ve obligado a vivir entre los restos de su viejo hogar, siendo atormentado con sus recuerdos. Slugterra/Bajoterra.
