BLANCO

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Villa Libertad era un lugar como muchos otros, con su Iglesia, su ayuntamiento, su plaza y sus casas de adobe. Sólo existía una cosa que lo hacía diferente del resto de pueblos: su cielo blanco, un color tan inexplicable que sus habitantes llevaban siglos ignorando otra respuesta a su porqué que no fuera la magia. Sin embargo, cuando las gentes de la zona, años después, hubieron dejado de creer en la magia, ya no buscaban respuestas; simplemente, ni Villa Libertad ni su cielo eran ya especiales.

-Yo sí soy especial.

-¿Quién eres tú?

-Soy Justo Gallardo.


Corrían los albores del siglo XVIII, las máquinas empezaban a servir a la muerte más que a la vida, las sociedades apenas cuestionaban a su sociedad, y del Nuevo Mundo... nada nuevo al mundo le llegaba.

Aunque pasó su adolescencia aprendiendo a golpes de martillo el oficio de su padre y su abuelo, Justo Gallardo se había tenido siempre a sí mismo por un magnífico estratega y un visionario negociante. Comprendió que la carpintería se le hacía pequeña y, siguiendo a su corazón, acabó desobedeciendo las tradiciones y dedicado a un extravagante y desconocido oficio que, aparte de llenar su estómago, lo había convertido paradójicamente en alguien.

Justo Gallardo, valiente de treinta y dos años, se presentaba puerta a puerta y comerciaba con el humo.

-Y, ¿qué tiene usted de especial?

-Tengo algo en lo que creer...


Concretamente, el humo que Justo Gallardo compraba y vendía era blanquecino, casi inerte, sin cuerpo, como aquel que nace en las respiraciones vocales de los días fríos. «Un empleo que deja buen sabor de boca».

Lo compraba aquí y allá, de gentes diversas, de pueblos cercanos de la comarca. De cada casa y persona obtenía un humo aparentemente similar, pero muy distinto. Agradable para unos, desagradable para otros. En invierno era más escaso, pero más denso y de mejor calidad. En verano era mucho más abundante, pero también menos fiable, más inapreciable y más difícil de tratar. Con los años, Justo había advertido una relación inversamente proporcional entre el humo y el clima.

Y lo vendía aquí y allá, a gentes diversas, en pueblos cercanos de la comarca. A cada casa y persona le entregaba un humo aparentemente similar, pero muy distinto. Agradable para unos, desagradable para otros. En invierno las ventas eran más escasas, pero los clientes se mostraban más contentos y agradecidos. En verano, sin embargo, las ventas eran mucho más abundantes, pero los clientes se mostraban menos satisfechos y retribuidos. Con los años, Justo había advertido una relación inversamente proporcional entre el humo, el clima y el carácter.

El negocio era una buena manera de ganarse la vida. Lucrativo.


Justo Gallardo residía en un pequeño pueblo de cielo blanco llamado Villa Libertad, y Fe, que por aquel entonces estaba embarazada, era su mujer. Él no podía disimular sus nervios; iba a ser su primer hijo.

-¿Qué tiene usted que le hace creer?

-Tengo Fe...


Para sortear el estancamiento de su producto, Justo Gallardo comenzó a buscar humo más allá del que conseguía de sus vecinos. Caminaba kilómetros de tierras abruptas y aguas heladas aventurándose, entre las hojarascas y las arboledas, hasta las comarcas próximas a la suya. Inclusive más lejos, hasta lugares de los que nadie en Villa Libertad había oído hablar. En esos viajes casi nunca vendía de su género. Iba, escogía el mejor de los humos, negociaba y compraba. Se había convertido en un experto. Luego, regresaba, caminando kilómetros de tierras abruptas y aguas heladas aventurándose, entre las hojarascas y las arboledas, hasta Villa Libertad.

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