Las lejanas y desérticas tierras de Egipto, siguiendo el serpenteo del legendario Nilo, no solo son el hogar de las enigmáticas esfinges , sino el comienzo de una historia de amor que, según cuenta la leyenda, fue tan inmenso que los dioses lo envidiaron al ver su poder, capaz de vencer la muerte y el olvido.
La luna entraba en las habitaciones de un majestuoso palacio, donde estaba una inquieta una joven de tez pálida, ojos tan negros como la noche y cabellos ensortijados. En su mirada se distingue el brillo del amor tras la sombra del dolor.
Con apenas diecinueve años, Hypatia ya sufre las desventuras de un amor imposible. Hacía ya casi un año que su padre la había obligado a consagrar su vida a Ator, diosa del amor, intentando así que no continuara sus amoríos con Hem, un obrero, que a su parecer no era digno del corazón de su única hija.
― ¡Jamás permitiré esta deshonra! ― dijo su padre cuando Hem había pedido la mano de Hypatia en matrimonio, y ordeno que lo echasen fuera sin ningún tipo de consideración.
Aquella misma noche, en un ritual presidido por el mismo, Hypatia fue desposada por Uneg, un hombre de cincuenta años que gozaba de una economía rebosante ya que era dueño de una prospera red de ventas de alfombras en todo Egipto y había estado deslumbrado por la belleza de Hypatia desde que esta era prácticamente una niña. Fue un matrimonio corto, ya que a los pocos meses Uneg cayo gravemente enfermo y murió.
Hypatia y Hem creyeron haber sido escuchados por los dioses, pero su ilusión fue fugaz, ya que Hypatia fue obligada nuevamente a renunciar a ese amor bajo la amenaza de que si no lo hacía vería morir al hombre que amaba.
En el otro extremo de la ciudad, en una choza oscura y solitaria un joven miraba la luna. Al ver su porte imponente, sus cabellos negros, su piel tostada y esos ojos de mirada profunda y enigmática nadie sospecharía que era solo un simple obrero en la construcción del mausoleo del Faraón Kefren.
Hem era el menor de seis hermanos. Su madre había muerto hacía ya veinte años en una noche sin luna mientras lo traía al mundo. Su padre también había sido obrero pero ahora a su avanzada edad era Hem quien velaba por él.
El joven miro caer una estrella fugaz y respiro hondo al escuchar cómo se acercaban unos pasos, la puerta chirrió al abrirse, pero el no miro, sabía muy bien quien era Ator Dios egipcio del amor.
Un hombre de aspecto cansado entro lentamente ayudado por un bastón, en silencio se sentó en la cama y lo contemplo largo rato. Bajo el rostro un momento y al levantarlo nuevamente pareció que se acentuaban aún más sus arrugas que había dejado el paso del tiempo, pero a la vez había un brillo en su mirada, que si se observaba atentamente se lo podía ver en aquellos años cuando caminaba erguido y deprisa, seguir de sí mismo y capaz de conquistar al mundo. Esos labios, que a tantas doncellas le habían robado suspiros, ahora ya apenas se movían para dejar escapar un leve sonido, casi inaudible, que era su voz, y dijo:
― ¡Búscala y llévatela lejos! ¡se hombre y arriésgate a vivir!
― No es tan fácil, padre ― dijo Hem mirando a su alrededor― ¿Qué clase de vida le puede dar alguien como yo?
― ¡Una que ni siquiera la misma Faraona tendría ― dijo el viejo sonriendo ― una llena de amor! ―. Se acercó temblorosamente, le puso la mano en el hombro y le dijo―Hem , no le tengas miedo al amor. Para ser feliz, a veces, hay que renunciar a...
― ¡A ti, nunca!― replico el joven con voz firme y varonil.
― Tu madre volvería a morir por ti ― dijo el viejo en tono suave y lleno de melancolía ― lo menos que puedes hacer por ella es vivir. ― Hem lo miro ― Tus ojos me la recuerdan tanto. Buenas noches hijo.
― Que descanses, padre ― dijo Hem mientras lo miraba detenerse bajo el dintel de la puerta.
― Esta noche le implorare a Osiris no volver a despertar...
― ¡Padre!
―... para darte ― dijo el anciano con una amplia sonrisa ― la libertad que tanto sueño para ti
* * *
Los rayos del sol se levantaban imponentes sobre el horizonte cuando los habitantes de Gizeh volvían a darle vida a la prominente ciudad. El sonido de los martillos marcaba el ritmo con el cual la historia se iría forjando.
Hypatia camino entre el gentío, presurosa, doblando una esquina y bajando luego por la siguiente calle, mientras su corazón se aceleraba al grado de descubrirse a sí misma corriendo para llegar a su destino, al igual que un sediento del medio del Sahara cuando divisa un oasis a lo lejos.
En pocos minutos estuvo parada frente a la puerta de una vieja choza abandonada. Miro a si a todos lados y como si estuviera ante la puerta de la eternidad, cruzo por ella. La puerta se cerró e inmediatamente sintió como su frágil cintura era rodeada por unos brazos masculinos que la hacían girar. Levanto el rostro y le pareció que el mundo se detuvo, cualquier angustia, dolor, o desesperación desapareció, ya que lentamente sus labios se unieron en un beso dulce con una mezcla de deseo donde se distinguía algo de inocencia.
De repente Hem se detuvo e instintivamente Hypatia corrió detrás de él, mientras un grito ahogado se le escapaba de la garganta. Frente a ellos había un grupo de seis hombres de aspecto rudo y armados con largas lanzas. El grupo estaba encabezado por un hombre bajo y regordete, de piel pálida, ojos negros pero de mirada tan glacial que llegaba a paralizar los latidos del corazón. Uno de los matones forcejeo con alguien que lloriqueaba en las sombras. A Hem literalmente se le detuvo la respiración, cuando la persona que sollozaba entre las sombras fue obligada a dar un paso hacia adelante:
― ¿Por qué? ― susurro el joven sorprendido al ver como su padre bajaba el rostro mientras cerraba los ojos ― Papá...
― Llévenla a casa ― ordeno el padre de Hypatia con frivolidad ― y a estos dos, mátenlo.
― ¡Me dio su palabra! ― grito el padre de Hem. El otro hombre sonrió con malicia e iba a salir cuando escucho un golpe, al girar vio como Hem forcejeaba con dos guardias, de repente Hem cayó al suelo boca abajo de bruces.
― ¡Hem! ― gritaron al unísono el padre de este e Hypatia.
Ella corrió a su lado y se arrodillo mientras lo abrazaba.
― ¡Hem! ―sollozaba la joven ― ¡esta... muerto!
― ¡No!― grito el anciano mientras la empujaba para hacerse a un lado y así abrazar el cuerpo de su hijo.
― Saquen a mi hija de aquí― exigió el padre de Hypatia.
Los guardias arrastraron a la joven fuera de la habitación, mientras el padre dirigía una mirada desdeñosa al anciano que lloraba la muerte de su benjamín antes de salir también.
* * *
La habitación de Hypatia estaba en un silencio tan profundo que llegaba a enloquecer mientras la brisa del atardecer movía suavemente las cortinas del balcón.
Su padre caminaba por el pasillo, entro en la habitación y en cuestión de segundos la recorrió con la vista, corriendo al balcón del cual caían varias sábanas anudadas.
Grito una blasfemia y se echó a correr sobre sus pasos hasta llegar a la escalera, bajo a toda prisa algunos escalones y de pronto se detuvo como si hubiese chocado contra una pared invisible, miro hacia la última puerta que acababa de pasar y sin ser consciente de sus actos camino hacia ella, la entreabrió sigilosamente y al entrar vio a Hypatia parada junto a un trípode sobre el cual había una vasija de la cual salía un humo verdoso y en la que ella vertió unas gotas de su sangre que caían de una herida en la palma de su mano mientras pronunciaba un antiguo hechizo:
― Dioses, esta plegaria escuchen, un amor que en esta vida no pudo ser, implora encontrarse en el más allá sin que nadie lo pueda evitar.
― ¡Nunca! ― grito el padre y la joven lo miro sorprendido ― ¡Desde este momento tu amor será maldito y mientras ― arrojando un polvo sobre la vasija fracciones de segundo antes de que Hypatia alzara la pasión ― Ea no salga del fondo del mar, este hechizo no se romperá ― grito mientras Hypatia bebía, y al tocar sus labios la última gota se desplomo sin vida, mientras el jarrón rodaba de su mano.
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La Maldición Dormida
RandomUn amor que no conoce la distancia. Dos alma que se buscan a travez del tiempo. Una maldicion que intenta romperse
