Ella se sentó derrotada. Se llevó las manos a la cara y dejó que sus ojos, los cuales no sabian disimular las lágrimas, empaparan sus heladas manos mientras se llevaba las rodillas al pecho. Cogió un trozo del espejo que estaba hecho añicos y contempló su propio rostro examinando cada centímetro de su piel blanquecina. En sus mejillas se dibujaban pequeñas ondas a causa de las lágrimas que caían fluidamente de sus ojos. Quería dejar de llorar aunque no podía evitarlo. Se sentía tan frágil, tan sumamente rota, que sabía que con tan solo una ráfaga de aire volverían a volar todos los fragmentos de ella, fragmentos que tanto le costó mantener en pie durante todo este tiempo. Ella sabía que su fachada sería difícil de reconstruir.
Observaba con detenimiento a su alrededor, ya no quedaba nadie. Todos aquellos que durante años decian estar a su lado la dejaron sola en su peor momento, cuando quizás más los necesitaba.
Su cabeza tiene millones de pensamientos que colisionan y producen continuas explosiones ahi arriba, de ahi vienen sus confusiones.
Su miedo y su odio por ese ser que habita en ella es una sensación escalofriante y dura al saber que al observar ese frío y roto espejo que hay enfrente suya, no existe ni un segundo en el que no tenga un pensamiento de odio hacia su propia existencia.
