Principios del siglo XX.
En algún lugar de Argentina.
La orden terminante de doña Eloísa: ¡Dígale que se baje YA!", y el golpe de su bastón contra el piso bastaron para que un joven peón saliera corriendo. El cielo negro de una tormenta se acercaba y, en su carrera, el mozuelo atropelló un remolino de tierra que el frío viento del Sur comenzaba a formar; no se detuvo aunque su preciado sombrero voló tras el telón gris de la polvareda. Ya estaba cerca del molino, donde Euclides Gamboa, montado en lo alto sobre el aparato, intentaba retirar algo del mecanismo roto.
—Dize 'Oña Eloiza... –seseó a toda voz el jovencito, pero fue sorprendido por el latigazo enceguecedor y el gran latido del corazón gigantesco de un rayo. Nunca olvidaría este gringuito la sensación de esa fuerza sobrecogedora ni la luz tan intensa. Recordó, bañado en el resplandor, el repentino golpe del agua cuando se zambullía en el río arrojándose desde los árboles de la costa. Pero eso fue todo. Ya tenía algo para contar.
Euclides se había lanzado de espaldas al vacío al sentir que los bellos de sus brazos se erizaban. Estaba en el aire cuando el rayo mordió la punta del molino. Vio con claridad el instante en que apareció la blanca cuerda ondulante. Parecía haber estado allí desde antes de ese día, atada a un destino por cumplirse. Ahora, sólo se había encendido, magnífica y delicada, terrible y furiosa.
Aunque su rápida reacción lo había ayudado a evitar la descarga, Euclides sabía que lo peor sería el golpe contra el suelo. Por fortuna, se había arrojado hacia el lado en que estaba el galpón del algodón. Las chapas oxidadas del techo cedieron a su peso como si fueran una cáscara vegetal y lo aguardaban un centenar de bolsones acumulados en forma de montaña. Caía en silencio hacia la flor más blanca del monte.
La peonada que acudió en su ayuda removió las bolsas y lo llevaron con urgencia hasta la casona, donde esperaba doña Eloísa. Lo acostaron sobre el piso de madera.
Euclides no daba señales de vida. La anciana tenía el semblante tan serio que hasta parecía enojada con el accidentado. Apoyada en su bastón con las dos manos, se inclinó para observar el rostro enrojecido del joven: No impresionaba más que el blanquecino humo que salía de entre sus cabellos. Sin embargo, el pausado sube y baja de su pecho decía que lo peor había pasado. Aliviada, no dio aún ninguna orden a sus ansiosos empleados. Buscaba, en su larga memoria, algún hecho similar a lo que estaba ocurriendo esa tarde en su estancia. Algo que pudiera hacerle creer que aquello no era la primera vez que ocurría en el mundo: Euclides no estaba ni medio muerto ni desmayado, estaba dormido.
En aquel trance, Euclides tuvo un sueño:
Soñó que estaba de pie sobre un carruaje pequeño, sostenido en el aire por arneses de cuero y con las piernas atadas a correas que movían las ruedas.
La maquinaria lo llevaba hacia el pueblo bajo un cielo blanco como una loza. En su sueño, él sabía que estaba soñando y observó que los árboles de la calle principal no eran los mismos. Trató de adivinar qué parte del día era o cuál estación del año pero no había a quién preguntar: Las calles estaban desiertas. También las casas parecían vacías.
Luego de un rato, llegó a la plaza. La que recordaba era polvorienta y aburrida, ésta lucía una alfombra de brotes verdes y algunas manchas multicolores delataban la presencia de valerosas flores enfrentándose al calor del sol.
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El rayo
Novela JuvenilEuclides es un joven inventor que vive en un pueblo imaginario del interior de Argentina a principios del siglo XX. En un sueño fugaz, durante la experiencia con la caída de un rayo, es testigo de la destrucción de su ciudad por una tormenta que ocu...
