Microrrelato

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        Ay Janet, mi querida Janet, la mujer que me acogió cuando yo solo era una niñita, la que me crio como si fuera su propia hija, tal vez no me había dado la vida, pero se había convertido en una de las personas más importantes de ella, y ahora está aquí, yéndose de mi lado para siempre, de la misma manera en la que se había ido su marido.

Todo empezó una fría tarde de invierno, yo tendría unos diez años, mi madre había muerto a causa de un ataque cardiaco y mi padre... bueno, a ese desgraciado nunca lo llegué a conocer. Dejó embarazada a mi madre, y cuando se enteró de la noticia se dio a la fuga, eso es todo lo que sé de él. El día de la muerte de mi madre había sido uno de los mejores, no porque ella falleciera, sino porque entre las dos habíamos recogido mucha más comida de la que habríamos conseguido cualquier día normal, ya que al hacer tanto frío casi nadie había ido a comer a los bares ni restaurantes y los dueños se habían visto obligados a tirar las sobras, y ahí estábamos nosotras, a la caza de todo lo que podía ser comestible. Mientras nos estábamos dando nuestro gran banquete, saboreando cada bocado, ella se cayó para atrás, cerrando a su vez los ojos, y en ese momento, la vi, vi a la muerte, detrás suya, a la misma vez que me miraba, y de repente, ya no estaba, me acerqué llorando a mi madre, le grité, le supliqué que no se fuera, que se quedara conmigo, porque la necesitaba, le lloré de una manera inimaginable, pero ya no podía hacer nada, se había ido, para siempre, y yo no me había podido despedir de ella, decirle todo lo que la quería, que había sido muy valiente y fuerte, cuidándome, en la calle, haciendo todo lo posible para poder vivir. Después de estar llorando toda la noche me dormí junto a ella, hasta que una señora, totalmente desconocida para mí, me arropó, y no sé qué vi en sus ojos que hizo que confiara en ella. Cuando me desperté estaba en una cama, no me lo podía creer, era el lecho más cómodo que había tenido en mi vida. Me levanté y tenía una bata un montón de calentita y unas zapatillas la mar de agradables esperando a que mis fríos pies se introdujeran en ellas. La casa era de dos plantas, enorme y tenía un suave olor a menta, cosa que me agradaba. Mientras bajaba las escaleras me llegaron unos agradables aromas de la cocina. Cuando llegué a la planta baja había una mesa llena de manjares, solamente había visto tantos mientras estaba paseando con mi madre por delante de uno de los restaurantes más caros de nuestra ciudad. ¿Y mi madre? ¿Qué había sido de ella? ¿Qué habrían hecho con su cuerpo? Comencé a llorar de nuevo. Un suave toque sobre el hombro izquierdo hizo que me asustara, pero al ver la sonrisa de aquella mujer me calmé, y sin darme cuenta me estaba abrazando, y por miedo a ofenderla, no le rechacé el abrazo, ya que ella había sido muy amable conmigo. Le pregunté qué había pasado con mi madre, y ella me respondió que una vez me había recogido para que no me llevaran con los servicios sociales, había llamado a la ambulancia para que vinieran a buscarla. Me dijo que me sentara en la mesa, que toda la comida que había allí era para mí, que se me notaba en la cara que tenía hambre. Comí como nunca antes lo había hecho, me harté a galletas, a fruta, en fin, no dejé nada en la mesa, es más, creo que no hacía falta que la mujer lavara los platos, yo los había dejado límpidos.

Una vez acabada la tarea de alimentarme, la señora me hizo una seña para que me sentara con ella en el sofá. Decidí preguntarle cómo se llamaba, cuando me respondió me dejó sin habla, sus palabras exactas habían sido "me llamo Janet Jefferson, pero a partir de ahora, si quieres, puedes llamarme mamá". No acababa de perder a la mía y esta mujer ya estaba intentando sustituirla. Eso me molestó, y mucho. Le pregunté por qué me había recogido de la calle, si ella era una persona de la clase alta y yo una de la clase más baja. Ella me contó que en una juventud muy lejana había sido gran amiga de mi madre, y que cuando eran pequeñas, juraron estar juntas siempre, en lo bueno y en lo malo, y que si cuando fueran mayores formaban una familia, cada una sería madrina de uno de los niños, si tenían más de uno, claro. Ahora lo entendía todo, ya me acordaba de esa señora, la había visto varias veces de lejos hablando con mi madre, y siempre solía estar sentada en un banco bajo un árbol en el parque en el que estábamos acostumbradas a quedarnos a dormir. Hacía unos días, mi difunta madre le había dicho que se encontraba enferma, pero que no me quería decir nada para que yo no me preocupara; a partir de ahí, Janet nos había estado acechando más de cerca, porque temía que su hora se acercara y yo me tuviera que ir con una familia de acogida. Si mi madre le había confiado mi vida, por así decirlo, a aquella señora, yo no tendría que desconfiar de ella, y para demostrarme que era de fiar me mostró un álbum de fotos repleto de imágenes mías de bebé, suyas y de mi madre. Así que decidí quedarme con ella, a fin de cuentas, es mejor una casa que tener que apañármelas yo sola en la calle.

Ella me acogió, me crio como si yo fuera su hija, me enseñó todo lo que debía saber, desde cómo sentarme adecuadamente, a leer, a escribir... me habían mostrado todo lo necesario para ser una buena persona en el futuro, teniendo educación y cultura, que, según ella, eran unos requisitos muy importantes para ser una buena mujer.

Pasaba el tiempo, ya eran doce años a su lado, pero yo no me iba a separar de ella, porque le debía la vida a Janet, y lo que no podía hacer era dejarla sola, después de todo lo que había sufrido. A medida que íbamos cogiendo confianza, me iba contando cosas de su vida, por ejemplo: había tenido una hija, habría sido de mi misma edad, si los médicos de aquella época hubieran tenido los estudios necesarios para saber desenredarle a un niño el cordón umbilical del cuello. Y que su marido había muerto de leucemia. Cuando me contaba estas cosas, a mí se me partía el corazón y más cuando no conseguía aguantar las lágrimas y rompía a llorar, diciéndome lo mucho que lo quería y lo buena persona que había sido a lo largo de su vida, siempre dando, sin esperar nada a cambio, solamente luchaba por la felicidad, justicia y libertad de las personas. Sinceramente, me habría gustado mucho haberlo conocido. A pesar de todo lo que Janet había vivido, era una cuento de risa, cuando menos te lo esperabas, te soltaba uno de sus chistes malos, que había contado un millón de veces, pero que te ríes igual por miedo a herir sus sentimientos, ya que padecía un poco de alzhéimer.

Después de mucho tiempo juntas, al final había querido tanto a esa mujer como a mi propia madre, porque ella me había dado una vida que mi verdadera madre nunca hubiera podido darme, llena de lujos, sin preocupaciones, una casa donde poder vivir tranquilamente. No necesitaba amigos ni amigas, ya tenía a Janet, ella ocupaba la mayor parte de mi corazón, y si hubiera salido a la calle con los demás niños no habría pasado tanto tiempo con ella o leyendo los libros de la gran biblioteca que teníamos en casa.

Un día, al despertarme, me di cuenta de que no la escuchaba cantando en la cocina mientras preparaba el desayuno, cosa que era lo más normal del mundo, pero me imaginé que se habría quedado hasta tarde leyendo y que estaría más cansada y tardaría un poco más en despertarse, además todavía era temprano. Bajé a la cocina y preparé los desayunos. Al ver que Janet no se levantaba, subí a su habitación, y al acercarme a ella, vi que estaba sudando, le puse la mano en la frente y estaba ardiendo, bajé corriendo a buscar el termómetro. Cuando se lo puse tenía cuarenta grados centígrados. Llamé al médico lo más rápido que pude. Cuando este vino me dijo que ya con noventa y tres años le estaba llegando su hora, que la alimentara a base de caldos y sopas, porque eso le ayudaría a mejorarse. No quería que se fuera, ya había perdido a mi verdadera madre, no iba a dejar que esta también se fuera sin poder decirle todo lo que la quería, pero como no podía decírselo porque las palabras no me salían, decidí hacerlo mediante una carta. Ahí le escribí lo importante que había sido para mí, que gracias a ella había aprendido a vivir, lo maravilloso que puede llegar a ser el mundo a través de los libros, que no todas las personas en el mundo eran malas, pero que ella era la mejor de todas, y que le daba las gracias por todo lo que había hecho por mí y por mi madre.

Estoy muy segura de que cuando Janet se encontró con la muerte, esta se preguntó cómo sería vivir, cómo era la vida. Y otra vez la volví a ver, esta vez estaba a su lado, no detrás como había hecho con mi madre, y por lo que vi, me da que intentó ser lo menos dolorosa posible, y que a mí me dejaría disfrutar de la vida que ella no podía conocer durante mucho más tiempo.



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⏰ Last updated: Dec 28, 2015 ⏰

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