– Vaya te tomaste tu tiempo para venir...
Abrió la boca para respirar y fue ahí donde se dio cuenta de que en realidad ahí no existía el aire. Aun así sus pulmones funcionaban con normalidad, como si extrajeran el aire de cualquier otra parte. Abrió los ojos, y cerró la boca, dándose cuenta al fin del sitio donde estaba.
Nunca había visto nada así. No tenía ningún color y aun así sabía que era impresionante. En apariencia parecía estar bajo el agua pero sus manos no sentían nada. Y delante de ella, una figura le sonreía.
– ¿Puedes entenderme? –preguntó esa figura de nuevo. Aunque aniñada, su voz denotaba una alta seguridad, como alguien quien está acostumbrado a ver a las personas por encima.
Se permitió observarla con atención antes de responder. Cubriendo su cuerpo un vestido ligero pero elegante ondeaba en el vacío. Su sonrisa era confiada. Cayendo tras su espalda largos cabellos dorados se escurrían en cascada.
– Si, entiendo –por fin se animó a decir. La sonrisa de su escucha se ensanchó aun más.
– Bien, en ese caso, date prisa. –le dijo extendiendo su mano.
– ¿Prisa?
– Por supuesto, te están esperando. –respondió esa figura.
– ¿Quiénes? –contrario a lo que pudiera pensarse, no quería marcharse, como si alguien le dijera que no hiciera caso a la mujer frente a ella.
– Aquellos que ansían tu llegada, que ansían una llave. –con un movimiento de la mano, la figura la hizo dar vuelta. –Vamos, apresúrate, esto es apenas la mitad.
– Pero... ¿A dónde voy? –fue lo último que consiguió decir antes de empezar a andar y perder de vista a aquella mujer.
– ¡Avanza por el pasillo! Y al final, abre la puerta que está cerrada con llave. –le gritó ya a lo lejos.
Y no preguntó ni otra cosa. Confió en su palabra y continuó avanzando. Y qué bueno que lo hizo, por que la sonrisa que mostró esa mujer tras su marcha le hubiera helado la sangre.
– Eso. Llega pronto al final del pasillo, Jean Hall.
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– Señorita, señorita, despierte.
Luego de una suave sacudida Jean por fin se dignó a abrir los ojos, delante de ella un hombre de mirada amable y cabello que empezaba a picarse de canas la miraba con atención. Jean separó su espalda de la pared del tren y se estiró, en un intento de espabilarse. El hombre, que pronto notó era el conductor, dio un paso atrás, esperando su respuesta.
– ¿Qué... sucede? –preguntó ella ahogando un bostezo; con una mano restregó uno de sus ojos, con la otra sacudió la el cabello en su nuca. Encrespado.
– Esta es la última estación, debe bajar –le informó señalando la ventanilla.
– ¿Qué? ¿Esto es Fumerville? –exclamó poniéndose de pie de un salto, lamentándolo después gracias a las piernas entumidas.
– ¿Fumerville? Eso queda a 2000 kilómetros. –dijo él con una expresión confundida. Ella lo miró con los ojos desorbitados.
– ¿¡Qué!? No me diga... ¡¿Me quedé dormida y perdí mi estación?! –Jean comenzaba a sentir ganas de llorar y mareos. Una y otra vez la palabra imbécil resonaba en su cabeza.
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El pasillo
Mystery / Thriller> Jean solo buscaba escapar de las pesadillas y para eso tomó el tren. Al tomar el tren equivocado y verse obligada a pasar la noche en un hotel desierto las pesadillas no desaparecieron, fueron cambiadas por otras.
