Andabahacia su casa. La música atronaba en sus oídos sin que ella laescuchase. Según algunos, pensaba demasiado y seguramente teníanrazón, pero no podía evitarlo. Se paró, se quitó los cascos yvolvió a la realidad, aunque le pareció igual de deprimente que suspensamientos. Sacudió la cabeza intentando quitarse esa sensación yentró en casa.
Despuésde comer, se fue a su cuarto, cogió el ordenador y los cascos y sepuso a escribir mientras escuchaba canciones que iban acorde con suestado de ánimo. Desde hacía un tiempo sentía que ese otoño iba aser el peor por todo eso de que había cortado con su novio y sehabía peleado con su mejor amiga. Además, esa estación sacaba laparte más melancólica de su ser. Era difícil no llorar siempreporque, aunque fría por fuera, ella era fácil de dañar, tan fácilque su ahora ex novio la había hundido con sus gritos, insultos yagresiones. Pero él nunca consiguió lo que quería, ya que nuestrachica llevaba y lucía los cardenales como una medalla al honor. Eravaliente, pero por dentro su alma temblaba de miedo cada vez que leveía avanzar hacia ella, tuviera o no una sonrisa pintada en elrostro.
Ahora loúnico que le quedaba era escribir y escribir, como si solo lasletras tuviesen, escondida entre sus trazos, la solución mágica atodos sus problemas y por eso lo único que hacía era teclear cadaletra como si intentase pintar un pequeño rincón de su interior.Pero nunca se le dio bien eso de pintar y lo único que conseguíaera un conjunto confuso y triste de palabras prácticamenteinconexas.
Apagóel ordenador y se quitó los cascos con un suspiro. Nunca conseguiríasalir de eso sin que nadie la ayudase pero nadie la quería ayudar,nunca nadie le había preguntado de qué eran los cardenales, despuésde que cortase con él no había recibido ni un solo abrazo. ¿Y porqué iban a quererla de todas formas? Ella pensaba que era unainútil, que era idiota, que nunca hacía las cosas como tenía quehacerlas.
Con estose levantaba cada mañana, caminaba al instituto y fingía ser feliz,pero cuando creía que nadie la miraba, podías ver sus ojos tristes,casi llorosos, y la mirada fija en el suelo o cuando escribía hojasy hojas en clase y ni siquiera utilizaba espacios. Eso era ella,muchísimas palabras juntas contra ella, incluso las que ella mismaescribía. Y no podía respirar, se asfixiaba entre esa marea furiosade palabras que intentaban por todos los medios matarla, ahogarla.
Cuandoterminó de pensar en esto encogida en la cama, las lágrimassurcaban su rostro con cansada familiaridad. Miró el reloj entreellas, las nueve menos cuarto. Se levantó, se duchó, cenó y se fuea dormir muy temprano sabiendo que no conciliaría el sueño hastahoras más tarde, y cuando al fin se durmió, soñó con lo quesiempre había querido: un beso sin miedo a cardenales, un abrazo sinuna promesa de posteriores gritos escondida entre sus brazos y unasonrisa sincera que no escondiese un futuro anegado en lágrimas.Pero al despertar se dio cuenta de que solo había sido eso, unsueño. Una ilusión, una simple y vana esperanza de que todo fuesebien en su vida a partir de ese momento, un engaño de susubconsciente para esconder sin resultado la certeza de otro díaigual que el anterior, un gris y frío día de octubre que laesperaba lleno de sonrisas fingidas y frases que nada tenían que vercon cómo se sentía. Otro día en el que tocaba fingir. Otro díadedicado a sufrir en soledad. Otro día triste y viejo, como lashojas en otoño.
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Historia de un otoño
Short StoryEs, simplemente, lo que se me pasó por la cabeza durante una de las horas libres en clase. Lo escribí allí y luego pensé que podría gustaros. Disfrutad.
