Es víspera de Navidad y yo estoy acá, tratando de comprender todavía como es que puedes cerrar tus ojos, y al abrirlos de nuevo darte cuenta de cómo todo lo que una vez fue ya no es más; como las cosas se han tornado distintas; como seres que amabas se han ido de tu vida, y algunos para siempre; como ya no sientes lo mismo que una vez sentiste cuando fuiste pequeña, ilusión.
A lo desconocido, a lo mágico, a Santa tal vez, a crecer y finalmente hacer todo lo que sueñas cuando eres solo una pequeña niña de cinco ó siete años. Cuando todavía tienes esa pequeña chispita en el corazón y ese brillo en los ojos.
Quizá nos equivocamos al pensar que crecer era lo que queríamos.
Ser inocente y creer que todo es perfecto, que la vida te va de maravilla; que tienes a todos los que amas a tu lado, sin fallarte nunca; que nada te decepciona porque simplemente no esperas nada.
Porque te arriesgas y anhelas impacientemente lo inesperado, porque te permites a ti mismo sorprenderte, todos y cada uno de los días de tu infancia. Porque eres terco y no temes a actuar para conseguir lo que quieres, para decir lo que quieres. Porque estás libre de razón y prejuicios y sigues tu camino sin importarte que puedan pensar los demás de ti.
Y amas, con locura y sin rencores. Porque tienes la increíble capacidad de amar sin miedos ni medida. Porque en tu corazón habitan los más puros sentimientos que puedan existir y eres feliz, y sin tener que forjarte a nada, sonríes.
Y es justo ahí cuando da vuelta el universo, y cada pequeño instante significó el todo para ti.
Y entonces despiertas, y te das cuenta de que todo eso se ha ido. Y de que ya no volverá jamás.
Que por más que te rompas, por más que te arrepientas, ya no eres esa pequeña niña.
Y te duele el alma, y sientes entristecer deseando tenerla de vuelta, deseando que las cosas para ella marcharan igual que solían hacerlo, o tal vez mejor, deseando que dejara de dolerle el corazón en momentos inesperados por haber perdido lo que una vez fue tan suyo, por ver cómo las personas que más quiere en el mundo se apartan de su lado, por no ser capaz de apreciar y vivir cada momento y a cada ser en su vida como realmente se lo merecen, por ya no ser más esa niña a la que una vez le hizo tanta ilusión crecer, aún cuando no era lo que estaba esperando.
Ojalá se pudiera congelar el tiempo, eligiendo los más bonitos y significativos recuerdos de nuestras vidas para quedarnos allí a vivir por siempre.
Pero no es así, y no queda más que aferrarnos a ellos, permitiéndonos sonreír sin forjarnos una vez más, aunque ya conozcamos la realidad; aprendiendo que vendrán situaciones que querrán hundirnos y que con valor saldremos de ello, apreciando cada instante compartido con tus personas, diciéndoles sin miedo a nada lo mucho que las amas y lo agradecida que estás por tenerlos en tu vida. Siendo conscientes de que vendrán tiempos mejores y que cada bajada será una de tantas lecciones aprendidas. Sabiendo que aún no luciendo más como niños, (y sabiendo que la esperanza y la magia en la vida existen) todavía podemos sentirnos como uno,
y volver a creer...
