Finalmente, hoy es el gran día.
Después de un año de preparativos meticulosos, pruebas, prácticas y largas noches de desvelo, el día de mi boda ha llegado.
»¡Por fin llegó!«, pensé, mientras una oleada de nerviosismo y expectativas se apoderaba de mí. Mis amigas revoloteaban a mi alrededor en la habitación, terminando de arreglarse. Lucían etéreas con sus vestidos color rosa pastel. Trataba de inhalar profundamente para anclarme a la realidad y evitar un desmayo o cualquier otro percance. Los padres de Dereck nos habían visitado unas horas antes, irradiando calidez y haciéndome sentir genuinamente parte de su familia. Recordé las palabras dulces de mi suegra: "Hoy te convertirás oficialmente en mi hija, querida."
Mi prometido... Dereck. Un hombre que siempre se había mostrado respetuoso. Nuestra relación no había estado exenta de altibajos, pero juntos habíamos sorteado cada obstáculo. A su lado, una felicidad embriagadora me envolvía, y su éxito en la empresa familiar nos permitía disfrutar de ciertos lujos a los que mi humilde pasado no me había preparado.
Fue con Dereck que descubrí la sofisticación de restaurantes de alta cocina, la sorpresa de obsequios costosos. Desde el inicio de nuestro noviazgo, su detallismo había sido una constante. Pero más allá de los regalos, lo que realmente me había cautivado era su manera de tratarme: con una delicadeza exquisita, como si yo fuera su tesoro más preciado. Un hombre que podría tener a cualquier mujer, pero que había elegido entregarme su corazón. Su amor y el respeto que me profesaba eran, sencillamente, magníficos.
En el ambiente flotaba una palpable alegría. Todos sonreían, celebrando este día. Para mí, Dereck era el hombre más perfecto que existía, de eso no cabía duda. Aún revivía en mi memoria el instante mágico en que me pidió que fuera su esposa. Un momento tan perfecto como inesperado, justo cuando cumplíamos nuestro primer aniversario.
Yo había imaginado un detalle convencional: una delicada cadena, un ramo de flores, quizás un peluche... gestos típicos de un primer año. Aunque el tiempo compartido era breve, mi amor por él era ciego e incondicional.
Pero mis expectativas se quedaron cortas. Dereck había planeado algo sublime: una propuesta de matrimonio bajo las aguas cristalinas de la Isla de Margarita, en Venezuela. Un lugar mágico, de una belleza sobrecogedora y habitado por gente cálida y amable.
Sin duda, ese había sido el día más emocionante de mi vida hasta entonces. Para mi boda, me había inspirado en la atmósfera romántica de la saga Crepúsculo. Nos casaríamos en un hermoso jardín, adornado con luces parpadeantes y una profusión de flores fragantes.
Mi vestido era una réplica del de Isabella Swan. Incluso mi maquillaje y peinado evocaban su estilo. Pensándolo bien, no éramos tan diferentes: ambas de cabello castaño, delgadas, y yo también me casaría con mi primer amor, a mis dieciocho años.
Llegó el momento de salir. Tomé el brazo de Roberto, mi amigo entrañable, quien me acompañaría al altar. La ausencia de mis padres, fallecidos hace diez años, se sentía punzante, y él era lo más cercano a un hermano que tenía.
Además de ser el mejor amigo de Dereck y mío, mientras avanzábamos lentamente por el pasillo alfombrado de pétalos, una mezcla de nerviosismo y felicidad danzaba en mi interior.
Al divisar a Dereck de pie frente al abogado que oficiaría la ceremonia, mis piernas se sintieron como gelatina. Se veía imponente y elegante en su traje negro hecho a medida. Su cabello negro azabache caía ligeramente despeinado sobre su frente, y la tensión marcaba ligeramente sus músculos, añadiendo un atractivo magnético.
Mientras caminaba hacia él, las miradas de nuestros seres queridos se posaron sobre mí. Escuché susurros de admiración y vítores alegres de mis amigas. Pero entre toda esa multitud, la única mirada que realmente importaba era la que me esperaba al final del camino.
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Todas las Lunas no son de Miel
General FictionLa noche de bodas siempre es la más esperada por los recién casados. Pero ninguna luna de miel es igual. No todas son dulces. Y en esta historia en definitiva. La noche de bodas fue todo menos miel.
