Segunda Hora

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Después de escuchar mi nombre varias veces, y sentir como el frio ya era penetrante, caí en una especie de letargo. Todo mi alrededor se había vuelto negro, había una sensación de vacío y soledad a mi alrededor. No sentía nada. Me dediqué a recordar cómo había llegado hasta ahí.

Recordé que antes de todo eso, estaba en el techo, mirando al cielo y con el celular en la galería de fotos. Ahí la recordé: mi primer amor, mi primera relación, esa persona que bombeó amor en este cuerpo delgado y lleno de conocimiento.

Se llama Anna Mackenzie, era una chica encantadora; cambió mi forma de ver la vida, me enseñó a ser libre y me hizo sentir por primera vez amado por otra persona.

Recuerdo esos mensajes tontos que nos dejábamos en los cuadernos, las conversaciones incómodas y "mi primera vez" con ella.

Yo estaba en el noveno grado, sólo tenía catorce años y ya me enfrentaba al maravilloso mundo de la preparatoria. Ella ingresó como la chica nueva, venía de otra ciudad, se notaba que su rostro no era de estos lugares. Aún recuerdo su apariencia el primer día que caminó por los pasillos de la escuela: alta, cabello castaño y su cara tenía pecas que adornaban su tierno rostro.

En mi mente pensaba que iba a acercarme y decirle como: "hola, señorita, veo que usted no es de por aquí, le doy la bienvenida a esta humilde preparatoria, bla bla"

—Bienvenida, señorita —le dijo mi mejor amigo James Duncan, el cual siempre intenta conquistar a las chicas nuevas.

—Hola, que pena por mi amigo que pare un lobo hambriento —entré en la conversación.

—Oye viejo, no tenías que decir eso —reclamó James un poco apenado.

—No te preocupes, es mejor que me reciban así a que me miren como el bicho raro del lugar —dijo entre risas Anna.

Supe de inmediato que seríamos amigos, pues estar con ella me generó cierta simpatía y su ternura. Decidí mostrarle la escuela ese mismo día y presentarle a mi grupo de amigos: Marceline Reyes, la conocí con James el primer día de kínder y hemos sido inseparables, quiere ser una gran artista algún día; luego está Danielle Lawrence la cual fue nuestra amiga desde secundaria y compite por ser la mejor en deportes... Por último está James Duncan... es un buen amigo y un poco ¿perro?, algo así.

Los días pasaban y a menudo me encontraba con Anna mostrándole cada día una parte especial de mí. Ella era esa persona especial que te genera una alegría inmensa todos los días, jugábamos a hacernos cosquillas y peleábamos de vez en cuando porque no sabía manejar sus estados de humor

—Mujeres, siempre son así —James le decía eso para molestarla y ella se enojaba; Anna era de mis mejores amigas en ese entonces y se me hacía difícil las veces que no tenía tiempo para verla. Mis mensajes durante los fines de semanas consistían en frases tontas como «Tienes una hermosa sonrisa que me enloquece», y cosas similares que le generaban una tierna perspectiva de mí.

De las cosas especiales que hice por ella, la más especial fue invitarla al baile de los de último año de una forma especial. Le escribí en su cuaderno:

Estos elementos químicos deletrean PROM ¿quieres ir conmigo al baile? —le dije enfrente de nuestros amigos.

Entre risas y gestos tiernos como tomar mi mano y acariciar mi mejilla me respondió:

­—Adam Mitchell, sabes que es un definitivo sí —y me guiña el ojo después de eso.

—Pasa por mí a las ocho de la noche, te esperaré ahí, guapo —responde a mi propuesta en tono picaresco.

A las ocho llegue a su puerta, su padre me miró de forma intimidante esa noche, era la primera vez que veía al señor Mackenzie.

—Quiero que llegues con ella puntualmente a las once —me dijo en un tono muy serio.

Sí señor, no se preocupe —respondí titubeante.

—¿Adam, ya llegaste? Bajo de inmediato —dijo Anna desde el segundo piso.

Bajó y vi a la chica más hermosa con un vestido verde pastel, estaba literalmente asombrado y mis mejillas se enrojecieron. Nos despedimos de su familia y subimos a un taxi.

Ya en el baile, nos encontramos con mis amigos, habíamos quedado de ir en grupo a pesar de tener pareja. El gimnasio estaba hermoso, no podía creer que era mi primer año de preparatoria y estaba acá en los tan famosos bailes de preparatoria, junto a mis amigos y una chica especial que me llegó al corazón. Esa noche me dije a mí mismo que la iba a pasar genial. Todos los éxitos del verano pasado comenzaron a sonar, estaba un poco nervioso pero me arriesgué y salí a bailar.

—Chicos, vamos, la pista nos espera —me movía un poco mientras los invitaba a salir a bailar.

—Lo siento, viejo. Quiero ver si me hablan las chicas del último año —dijo James y desapareció entre la multitud.

—Pues yo te acompaño, pero primero a tomarnos la foto —dijo Anna mientras tomaba mi mano y me llevaba al lugar donde estaban tomando fotos.

Esa foto es la que quedó en mi galería de fotos, y otras con la pandilla completa. Disfruté toda la noche bailando con ella, hasta que vino el momento del baile lento para finalizar la noche. Me sudaban las manos y sentía pena por tocar las delicadas manos de ella, me dio confianza, mis mejillas se ponían rojas cada vez que me acercaba a ella, sentía que nuestros cuerpos se abrazaban, mientras me perdía en el encanto de sus ojos azules.

—Te ves hermosa esta noche —le dije susurrando.

—Gracias, pensé que me había excedido —me respondió de forma tierna.

Le dije que no pasaba nada mientras mi mano se acercaba a su mejilla, ella me abrazó y compartimos el rato más agradable de todos. Mi mirada se fusionó con la de ella y me iba acercando a sus lindos labios rojos, tentados por un beso

—Si quieres hazlo, yo también tengo deseo de hacerlo —me dijo con su mirada fija en mis labios.

Y entonces, sucedió, la besé; fue un cálido beso, romántico y tierno. Fue una noche perfecta, no recuerdo la canción que sonaba en ese momento especial, éramos nosotros dos enamorados.

Después de eso empecé a salir con ella, formalmente en citas y eventos como fiestas; hasta que un día en una cena que me invitó ella, me pidió que fuéramos novios, su sonrisa al hacer la pregunta solo me hacía sentir más enamorado. Mi respuesta fue casi inmediata al oír la propuesta.

Después de cinco meses de amor, amistad y a veces peleas, su padre fue transferido a la parte norte del país, alejada por completo. Ese día en la despedida, llene de mensajes su celular, debíamos de romper porque no sentíamos que la relación a distancia funcionaría, un día antes de decirle todo esto y que se fuera al aeropuerto le di un último beso, en el lugar donde fue nuestro primer beso. Y así pase mi segunda hora, recordando a Anna y mi amor por ella.

6 horas de fríos recuerdosOnde histórias criam vida. Descubra agora