Capítulo I: Una noche en la playa

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 La noche estaba perfecta; la brisa, suave; las olas, golpeando las rocas; la sal del mar en el aire, respirable, fresca, impregnándose sobre la desnudez de mi piel, y la Luna descolgándose por un rincón azulado en el horizonte. El cielo infinito perdiéndose en las profundidades del océano, como si Urano quisiera desposar a Anfitrite eternamente, en un coito universal. Y yo aquí parada, detrás del barandal del búngalo, desnuda viendo y contemplando aquel mural natural, extasiada. Era Eva en su propio paraíso; solo faltaba Adán. De pronto, aparece él, mi Adán, el Urano de mis sueños. Me abraza por la espalda, recoge mi cabello para el otro lado de ésta, y asienta su cara sobre mi hombro.

- ¿Qué haces aquí tan solita, amor? – me susurra.

- Contemplando el mar – respondo

- Vamos. Ven a la cama; quiero dormir a tu lado

Sonríe. Él me da un beso en la mejilla; suavemente sus labios caminan y se empozan en los míos; me hace girar, nos besamos, nos hacemos una sombra, como postal de verano. Suavemente sus manos se deslizan por mi piel, y las mías por su espalda, jugando con nuestros cuerpos. A paso torpe avanzamos; él me guía hasta llegar a la cama. Ambos nos caemos sobre las sábanas revueltas. En eso, medio se incorpora, sonríe y desliza su mano por entre mi pelo.

- Sabes Ignacia – me dice – eres lo mejor que me ha pasado.

- Ja, ja, ja. ¡Ay Leonardo!, seguro que le dices eso a todas las chicas con las que estás.

- ¿Por qué todas las mujeres piensan que todos los hombres somos iguales?

- Porque ocurre así. Porque son así.

- Tú eres la única.

- Al menos esta noche.

- Tonta – me dice tiernamente y me besa. – No pienses así, yo te amo.

- ¡Y yo a ti!.

Sus labios se deslizan entre los míos, volviéndonos a amar. Sin dar tregua a nada, la pasión nos empieza a embriagar, sus manos recorren mi cuerpo, mientras sus labios han empezado a descender, a desnudar mi pasión, a inundar mi piel con su excitación, con su respiración, con su calor, con su olor a hombre, a macho; sin previo aviso me posee, me hace suya, y yo lo abrazo, lo retengo, lo hago mío. ¡Un grito! Una sola expresión, clásica de toda unión; la supernova explotando entre los dos. El clímax, él sonríe, lo miro. ¡Te amo!, me susurra. Lo beso. Cae a mi lado extasiado. Lo abrazo, y sobre su pecho me recuesto y el sueño silencioso celestino se apodera de ambos. Hoy la noche fue bella; él la hizo inolvidable.

Continuará....


IGNACIAWhere stories live. Discover now