La noche estaba perfecta; la brisa, suave; las olas, golpeando las rocas; la sal del mar en el aire, respirable, fresca, impregnándose sobre la desnudez de mi piel, y la Luna descolgándose por un rincón azulado en el horizonte. El cielo infinito perdiéndose en las profundidades del océano, como si Urano quisiera desposar a Anfitrite eternamente, en un coito universal. Y yo aquí parada, detrás del barandal del búngalo, desnuda viendo y contemplando aquel mural natural, extasiada. Era Eva en su propio paraíso; solo faltaba Adán. De pronto, aparece él, mi Adán, el Urano de mis sueños. Me abraza por la espalda, recoge mi cabello para el otro lado de ésta, y asienta su cara sobre mi hombro.
- ¿Qué haces aquí tan solita, amor? – me susurra.
- Contemplando el mar – respondo
- Vamos. Ven a la cama; quiero dormir a tu lado
Sonríe. Él me da un beso en la mejilla; suavemente sus labios caminan y se empozan en los míos; me hace girar, nos besamos, nos hacemos una sombra, como postal de verano. Suavemente sus manos se deslizan por mi piel, y las mías por su espalda, jugando con nuestros cuerpos. A paso torpe avanzamos; él me guía hasta llegar a la cama. Ambos nos caemos sobre las sábanas revueltas. En eso, medio se incorpora, sonríe y desliza su mano por entre mi pelo.
- Sabes Ignacia – me dice – eres lo mejor que me ha pasado.
- Ja, ja, ja. ¡Ay Leonardo!, seguro que le dices eso a todas las chicas con las que estás.
- ¿Por qué todas las mujeres piensan que todos los hombres somos iguales?
- Porque ocurre así. Porque son así.
- Tú eres la única.
- Al menos esta noche.
- Tonta – me dice tiernamente y me besa. – No pienses así, yo te amo.
- ¡Y yo a ti!.
Sus labios se deslizan entre los míos, volviéndonos a amar. Sin dar tregua a nada, la pasión nos empieza a embriagar, sus manos recorren mi cuerpo, mientras sus labios han empezado a descender, a desnudar mi pasión, a inundar mi piel con su excitación, con su respiración, con su calor, con su olor a hombre, a macho; sin previo aviso me posee, me hace suya, y yo lo abrazo, lo retengo, lo hago mío. ¡Un grito! Una sola expresión, clásica de toda unión; la supernova explotando entre los dos. El clímax, él sonríe, lo miro. ¡Te amo!, me susurra. Lo beso. Cae a mi lado extasiado. Lo abrazo, y sobre su pecho me recuesto y el sueño silencioso celestino se apodera de ambos. Hoy la noche fue bella; él la hizo inolvidable.
Continuará....
YOU ARE READING
IGNACIA
Teen Fiction¿Un amor puede tener final feliz cuando el corazón está enfermo? Cuando el romance se mezcla con el prejuicio, el silencio, la obsesión y el trauma irresueltos, el único camino posible es la destrucción de quienes luchan por encontrar plenitud al la...
