Parte única

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         Lara bajó las escaleras de casa, cargada con su mochila llena de libros. Nerviosa por ser su primer día de instituto, su mente deambulaba perdida en posibles imágenes de como sería su situación, llegado el instante.

         Caminaba a grandes zancadas tratando de apresurarse por llegar a tiempo al instituto. No conocía a nadie allí, así que se sentiría muy sola en un mar de gente desconocida.

         El alboroto ya se escuchaba mucho antes de llegar hasta el lugar. Aquel enorme edificio colmado de ventanales grandes, estructura de un blanco inmaculado y unas puertas de entradas de un tamaño colosal, en láminas gruesas de cristal y hierro forjado, dominaban la entrada del mismo.

         Se veían unas puertas pesadas y costosas de abrir. Gracias a que ambas estaban abiertas y preparadas para la llegada del momento en que los alumnos iban a acceder dentro del edificio.

        Lara accedió a él con la mirada perdida. Parecía un hormiguero en horas de máxima aglomeración.

        Se acercó hasta la taquilla con el número que su madre le había indicado, el cual le dieron en la reunión del día anterior, antes del comienzo de las clases.

         Mientras dejaba en ella los libros que no iba a necesitar, observa que al fondo hay un chico de su misma edad que estaba haciendo la misma acción que ella. De cabellos castaños graciosamente alborotado y de porte delgaducho.

         Se giró para mirarla durante unos instantes, al darse cuenta de que estaba siendo observado y ella desvió la vista hacia otro lado; avergonzada y ruborizada, depositándola finalmente en el interior de su misma taquilla donde estaba tratando de dejar sus libros. Le venía perfecto que la puertecilla de hierro se abriera justamente hacia el lado donde podía verlo y ello le ayudaba a poder ocultase de su campo de visión.

         Se sentía abochornada. Nunca había atisbado a un chico de tal manera. Su timidez siempre se lo había impedido. Y se sentía totalmente extraña al estar haciéndolo hoy, con aquél que no tenía demasiado lejos de ella.

         —¡Hola! —dice aquel rostro que aparece de repente detrás de la portezuela de hierro de la taquilla de Lara, mostrando una sonrisa irresistible que, según Lara pensó, era perfecta para su parecer; hacía que cientos de mariposas revolotearan en su estómago.

        —¡Hola... ! —responde titubeando, con lengua de trapo. Se sentía estúpida por como había salido aquel hilo de voz, mientras se atropellaba con una palabra tan fácil de pronunciar.

         —Eres nueva en la ciudad, ¿verdad? —le pregunta, sin dejar de observarla—. Sus claros y bellos ojos cristalinos se clavaban como dagas en los de Lara. Era un chico guapísimo.

         —Sí. Me mudé hace tan solo unos días —le informa ella, esta vez tratando de afianzar su voz y procurando pronunciar mucho mejor; aún cuando se sentía nerviosa al darse cuenta de que él también se había fijado en ella.

         Adrian ladea la cabeza como tratando de analizar la edad de la chica, antes de cometer la imprudencia de preguntársela —sabe que a las chicas, les molesta este tipo de preguntas—. Le daba vergüenza indagar en algo tan personal.

         Lara se arma de valor y trata de preguntarle algo para romper un poco el hielo.

         —¿A qué curso vas? —interroga, con cierta timidez. Pero por dentro, se sentía satisfecha de haber hecho una pregunta clave que podría informarle sobre su edad y quizás de algo más.

RETAZOS DE UN CORAZÓNWhere stories live. Discover now