La primera vez que Balanz murió, tenía nueve años.
No lo supo.
No hubo sangre. No hubo dolor. No hubo un último pensamiento antes de que todo se apagara.
Solo un sonido.
Un clic.
Después, silencio.
Durante unos segundos, una habitación blanca permaneció suspendida en la oscuridad.
Tres sillas.
Una mesa.
Una luz demasiado brillante.
Y tres niños que todavía no sabían sus nombres.
-¿Están listos? -preguntó una voz.
Ninguno respondió.
El niño del centro miró a los otros dos.
La niña pelirroja sostenía algo entre las manos. Un pequeño fragmento de metal.
El tercer niño llevaba gafas demasiado grandes para su rostro.
Entonces apareció un número en la pared.
4,1%
El número parpadeó.
4,2%
La voz guardó silencio.
Por primera vez, pareció confundida.
-Repitan la prueba.
Los tres niños se miraron.
Y, sin que nadie se los pidiera, se tomaron de las manos.
La pantalla se llenó de símbolos.
ERROR.
ERROR.
ERROR.
Después apareció una última línea.
NO REINICIAR.
OBSERVAR.
Muchos años después, Balanz recordaría aquella habitación.
Aunque nunca hubiera estado allí.
O al menos eso era lo que le habían dicho.
Y esa sería la primera mentira.
ESTÁS LEYENDO
O-11
Science FictionO-11 Balanz Oloffsson aprendió desde niño que hay nombres que es mejor no pronunciar. Después de la desaparición de sus padres, descubre una serie de pistas que parecen no tener relación entre sí: una libreta escondida, un extraño símbolo, una frecu...
