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14 de septiembre del 2000.

9:00 de la mañana.

El Hospital Nacional estaba más tranquilo de lo habitual aquella mañana, hasta que desde una de las habitaciones de maternidad se escuchó el llanto de un recién nacido.

No fue un llanto tímido.

Fue fuerte.

Escandaloso.

Como si aquel pequeño hubiera llegado al mundo con la intención de anunciar personalmente que ya estaba allí.

—¡Ya nació! —exclamó una de las enfermeras.

El padre, que había estado esperando con nerviosismo, levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Está bien?

—Perfectamente.

La enfermera sonrió mientras terminaba de revisar al bebé.

—Es un niño.

Un niño.

Aquellas dos palabras hicieron que el rostro del hombre cambiara por completo.

Había esperado aquel momento durante meses, pero nada lo había preparado para escuchar que finalmente tenía a su segundo hijo entre los brazos.

Cuando pudo verlo, se quedó unos segundos en silencio.

Era pequeño.

Muy pequeño.

Tenía las mejillas regordetas, una carita redonda y una expresión ligeramente arrugada por el esfuerzo de haber llegado al mundo.

Y seguía llorando.

Con fuerza.

—Vaya pulmones... —murmuró su padre, soltando una pequeña risa.

La madre, agotada pero feliz, extendió los brazos.

Cuando finalmente colocaron al bebé sobre ella, el llanto comenzó a disminuir.

Solo un poco.

El pequeño abrió y cerró sus diminutos puños antes de acomodarse contra el pecho de su madre.

Ella lo observó con los ojos llenos de lágrimas.

—Hola...

El bebé hizo un pequeño sonido.

—¿Ya estás protestando?

Su padre se acercó y acarició suavemente una de aquellas mejillas redondas.

—Es precioso.

Y lo era.

Aquel pequeño había llegado sin complicaciones, sano y fuerte.

Pero todavía faltaba alguien por conocerlo.

En el pasillo del hospital, un niño de seis años esperaba con una mezcla de emoción e impaciencia.

Han Jaebeom.

Su hermano mayor.

Desde que sus padres le habían explicado que tendría un hermanito, Jaebeom había estado contando los días.

Había preguntado cómo sería.

Si tendría el cabello como él.

Si podría cargarlo.

Si podría enseñarle sus juguetes.

Incluso había escogido algunas cosas que, según él, su hermano necesitaría.

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