Capítulo 1: Piel, Pelaje y la Forma

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El viento helado de la tarde mecía las copas de los árboles gigantes de la Ciudad de la Calma. Era la víspera de la Fiesta de la Caza Emblemática, la festividad más esperada por todas las especies de la ciudad. En las calles, zorros de pelaje brillante, ciervos de astas decoradas y felinos de mantos manchados paseaban vistiendo túnicas de seda, compartiendo frutos secos y tazas de té caliente. En esta sociedad civilizada, la antigua división entre especies carnívoras y herbívoras había sido borrada hacía siglos; la paz era la única norma.

En el número 407 de la Calle de la Armonía, Liora, una joven cierva de pelaje avellana y grandes ojos expresivos, acomodaba unas flores en el marco de la ventana del segundo piso.

Al mirar hacia el jardín delantero, sus orejas se erizaron con curiosidad. Al borde de la acera, bajo la luz dorada del farol de gas, había una figura inmóvil.

No tenía pelaje, ni plumas, ni escamas. No poseía hocico alargado ni orejas sobre la cabeza. Era la silueta de un humano, vistiendo un mameluco de trabajo azul oscuro, grueso y húmedo por la llovizna. Cubriendo su cabeza no había un rostro animal, sino una máscara de látex pálida, lisa e inexpresiva, con dos profundos huecos negros por donde no se distinguía mirada alguna.

Liora inclinó la cabeza, haciendo sonar las pequeñas campanillas de sus astas.

—Qué extraño disfraz para la fiesta... —murmuró con ternura—. Debe de ser el humano rescatado del que hablaban los periódicos. Pobrecito, no tiene ni un solo mechón de pelo para protegerse del frío.

En ese mundo habitado exclusivamente por animales antropomórficos, los escasos humanos descubiertos en las ruinas de su civilización extinta eran tratados como criaturas frágiles, trágicamente calvas y desprovistas de instintos naturales. La sociedad los veía con una mezcla de piedad condescendiente y devoción de refugio: se asumía que su violencia ancestral era solo una respuesta al estrés de no tener garras ni colmillos.

Liora bajó las escaleras apresuradamente y abrió la puerta de madera.

—¡Hola! —llamó agitando la cola con amabilidad—. ¿Te has perdido? Mi familia y yo tenemos mantas de lana y té de canela adentro. ¡No tienes por qué tener pánico!

La figura bajo el farol no emitió un solo sonido. Michael Myers no olfateó el aire, no erizó pelaje alguno porque no lo tenía, ni mostró las orejas. Se limitó a inclinar levemente la cabeza de látex pálido, manteniendo esos dos agujeros oscuros fijos en la cierva.

—Bueno... dejaré la puerta sin seguro por si decides entrar —añadió Liora con una risilla afable antes de volver al interior.

No sabía que a tres distritos de allí, el camión de contención biológica yacía volcado en la cuneta, con las barreras de acero destrozadas a golpes y tres guardias oso con los cuellos fracturados en el asfalto.

EL INICIO DEL MAL ENCARNADONhững tác phẩm khiến độc giả say mê. Hãy khám phá bây giờ