Dicen que Arcadia nació ya dividida, cinco tierras, cinco sangres, un solo continente que nunca terminó de convertirse en uno solo. Los hombres construyeron sus murallas sobre colinas fértiles. Los elfos plantaron su memoria entre raíces que no olvidan nada. Los enanos excavaron templos en la piedra que los sostiene desde antes de que existiera un nombre para llamarla montaña. Los hombres bestia corrieron libres bajo cielos que nadie más quiso reclamar. Y los demonios, a quienes nadie quiso llamar vecinos, aunque terminaron siéndolo, algunos juraron sobre su propia sangre no volver a romper una palabra dada.
En el centro de todo, donde las cinco tierras casi se tocan sin llegar a hacerlo del todo, se alza Ardenspire: una aguja de piedra clara, construida como recordatorio de que la paz, aunque frágil, se sostiene todavía.
Pero esta historia no empieza en Ardenspire. Empieza mucho antes, en un tiempo que los libros de historia prefirieron olvidar.
Hubo una época en que el mundo estuvo a un aliento de desaparecer, no de la mano de un rey ni de un ejército, sino de algo que ni los dioses supieron nombrar del todo. La llamaron La Voz Vacía.
Contra ella se alzó un solo hombre, elegido a la vez por dioses que jamás se habían puesto de acuerdo en nada: el más noble de los mortales, y el más implacable. Siendo una misma persona la que poseía aquellas cualidades. Le dieron un nombre nuevo, Renwick Aurdothal, era pesado de cargar y con él, tres compañeros se alzaron y juraron pelear a su lado hasta el final.
Casi lo lograron. La Voz Vacía cayó, vencida pero no destruida, y en el último instante que le quedó de fuerza eligió no simplemente morir. Eligió vengarse. Los dos compañeros del caballero murieron en un parpadeo, un solo gesto de su voluntad quebrada. Y a él, al que casi la había destruido, le reservó algo peor que la muerte: le arrebató el apellido entero, cada raíz, cada eco de la casa que había sido, y lo condenó a vagar por el mundo viviendo con la culpa de no haber protegido lo que era importante para él, deseando morir sin que la muerte llegara jamás, no hasta que, contra toda razón, volviera a desear vivir.
Nadie recuerda hoy su nombre. Las casas que sobrevivieron a esa guerra se encargaron de eso.
Solo queda un hombre sin apellido, caminando durante siglos por un mundo que ya no lo recuerda, esperando algo que ni él mismo sabría nombrar si lo tuviera enfrente.
Nadie sabe con certeza dónde nació el niño que un día llegaría a llamarse Caelis. Lo que sí se sabe es que, antes de cumplir un año, ya lo habían dejado dos veces en el recibidor de puertas ajenas, envuelto en mantas que no eran suyas, con notas que nadie se molestó en escribir. Lo acogieron, lo devolvieron, lo volvieron a acoger, y así se repitió el ciclo.
Había algo en sus ojos que las velas de las casas no sabían iluminar: un gris frío, casi sin fondo, del tipo que no invita a quedarse mirando mucho tiempo. Quienes lo sostenían en brazos decían que mirar al niño fijamente era como asomarse a un pozo helado en el que algo, desde el fondo, te devolvía la mirada.
Para cuando cumplió cuatro años, había aprendido a no llorar cuando una nueva familia lo recibía, porque llorar de alegría dolía casi tanto como llorar de pérdida cuando, inevitablemente, el pánico vencía a la compasión y volvían a dejarlo ir. Para cuando cumplió seis, había dejado de aprender los nombres de quienes lo cuidaban, porque los nombres, descubrió, eran la primera cosa que perdía cada vez que alguien se cansaba de esa mirada suya que no sabía explicar por qué incomodaba tanto.
Nadie le enseñó su nombre, el mundo en cambio, le enseñó a no esperar ninguno.
A los siete años, la séptima familia o la octava, ya había perdido la cuenta, lo llevó de vuelta al orfanato con la misma disculpa de siempre, pronunciada en voz baja, con los ojos fijos en el suelo para no cruzarse con los suyos: "Hay demasiada oscuridad bajo sus ojos".
Esa noche, no lloró.
Esa noche, caminó.
Salió por una ventana que nadie había pensado en asegurar, cruzó los campos helados hasta donde las luces de la ciudad dejaban de alcanzar, y no se detuvo hasta que el bosque lo tragó entero. No fue una decisión desesperada. Fue, por primera vez en su vida, una decisión suya. Si el mundo insistía en no quedarse con él, entonces él tampoco se quedaría con el mundo.
Tenía siete años, ningún nombre propio y por primera vez, nadie que pudiera abandonarlo otra vez. No sabía, todavía, que eso estaba a punto de cambiar.
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Un Eco Resonante -Libro 1
FantasyAntes de tener un nombre, no tuvo nada. Nadie quiso quedárselo. A los siete años, el mundo le enseñó la única lección que nunca olvidaría: que nadie se queda si te quedas demasiado tiempo mirando. Entonces el bosque lo tragó y en él encontró a un ho...
