obrigado a creer

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Capítulo 1: Marcado desde el vientre

Dicen los hermanos de la congregación que yo no lloré al nacer; dicen que tragué aire y solté un suspiro. Mi mamá, la hermana Carmen, prefiere contar que el Espíritu Santo me selló la boca desde el vientre para que no hablara profanidades. La verdad, según la comadrona del barrio que ayudó en el parto entre el calor sofocante de las tres de la tarde y el ruido de un motorizado pasando sin escape, es que casi me ahogo con el cordón umbilical.

Pero en la casa de los Rodríguez, la lógica nunca ha tenido lugar en la mesa. Si el arroz alcanza para un día más, es un milagro de multiplicación; si se va la luz en medio del calor maracucho o caraqueño, es la "sombra del enemigo" queriendo apagar la alabanza.

Crecí con el olor a café recién pasado mezclado con el aceite de unción que mi mamá le echaba a los marcos de las puertas. Un frasquito de vidrio con una cruz dibujada con marcador permanente que, según ella, mantenía a raya a los "espíritus terrenales".
Para mí, el mundo exterior no existía. Existía la casa, el templo "Príncipes de Paz" y la carretera de tierra que los unía.

La pedagogía del miedo
Mis primeros recuerdos no son de juguetes, sino de voces. La voz del pastor Silas retumbando en el altavoz de la iglesia, una bocina oxidada que distorsionaba los agudos hasta hacerlos sonar como un lamento metálico.

-¡El que no le sirve al Señor es leña para el fuego! -gritaba el pastor, sudando a mares sobre su traje barato de poliéster mientras la congregación respondía con un estruendoso «¡Amen, gloria a Dios!».

Yo tenía cuatro años. Miraba las llamas del anafe donde mi mamá freía las tajadas y sentía un calor insoportable en las piernas. Pensaba que si decía una grosería, o si me daba pereza levantarme para la escuela dominical, la estufa se agrandaría y me tragaría entero. Eso no era una metáfora para mí; era una certeza física.

Mi papá, el hermano Héctor, era un hombre de pocos dichos pero de un discernimiento implacable. No necesitaba pegarme para corregirme. Solo tenía que mirarme a los ojos, entornar las cejas y decir en un susurro grave:

-El Señor me está mostrando que tienes algo guardado en el corazón, hijo. La rebelión es como el pecado de hechicería.

Y yo, con cuatro o cinco años, me inspeccionaba por dentro con un pánico voraz. ¿Qué tenía guardado? ¿Había pensado mal de la hermana que cantaba desafinado el especial? ¿Había deseado el carrito de plástico del vecino? La sola duda ya me hacía culpable. Mi mente se convirtió en un campo de minas donde caminar era peligroso.

La obediencia como espectáculo
La infancia en una familia pentecostal es un teatro donde todos son actores y Dios es el público más exigente del universo.

A los siete años, aprendí el lenguaje del culto antes de dominar las tablas de multiplicar. Sabía cuándo había que poner cara de compungido, cuándo gritar «¡Aleluya!» para que mi mamá me sonriera con orgullo desde su asiento, y cómo mover las manos hacia el cielo para que los ancianos dijeran: «Miren a ese niño, tiene el llamamiento desde chiquito».
Era cómodo. Si obedecías, la familia era una fiesta de abrazos, arepas calientes y besos en el cachete. Eras el "siervo sabio".
Pero el terror estaba en los detalles invisibles.

En la noche, el ventilador de la sala giraba con un chirrido constante: tiki-taka, tiki-taka. Yo me arropaba hasta la cabeza, aguantando el sudor pegajoso de la noche tropical, porque mi mamá me había dicho que el Diablo andaba "como león rugiente buscando a quién devorar".

Si me destapaba los pies, sentía que una garra invisible me arrastraría. Mi propia imaginación infantil, moldeada por prédicas de guerra espiritual, demonios de lujuria, de chisme y de incredulidad, convirtió la oscuridad de mi cuarto en una sala de espera del infierno.

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