Capitulo 1

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Era curioso cómo cuatro años de mi vida cabían en solo cinco maletas. Aún recordaba el día que, con esas mismas maletas, había llegado a esta casa: el inicio de la vida de ensueño que me habían prometido, llena de amor y de la ilusión de formar una familia. Sin embargo, aquel amor que había llegado tan rápido se esfumó con esa misma prisa.

El divorcio llegó cuando ambos nos dimos cuenta, con dolor, de que ya no nos amábamos. La ilusión de casados se desgastó con cada prueba que salía negativa; el sueño de formar una familia se fue apagando año tras año. Prueba tras prueba, yo seguía sin poder embarazarme. «No fue culpa de ninguno», habíamos dicho en el juzgado mientras firmábamos los papeles, pero en el fondo ambos nos culpábamos.

-Sabes que no tienes que irte, esta es tu casa -dijo Javier desde el marco de la puerta.

Negué suavemente mientras cerraba el último cierre.

-Será más difícil para mí si sigo aquí.

Miré la habitación una última vez antes de tomar un par de maletas y salir. Él se limitó a cargar las restantes. En un silencio absoluto nos dirigimos hacia la camioneta; mi camioneta. Acomodé el equipaje junto al resto de mis cosas y me giré para verlo una última vez, sintiendo cómo el nudo en la garganta y las lágrimas amenazaban con salir.

-Me voy -dije bajito.

Él asintió.

-Te vas.

Se acercó y me dio un abrazo, posiblemente el último.

-Perdóname por no ser suficiente.

Correspondí al abrazo, permitiéndome llorar en sus brazos una última vez.

-No fue tu culpa -le dije, soltándome suavemente para tomar su cara entre mis manos, como lo había hecho tantas veces antes. Le limpié las lágrimas con delicadeza-. Fuiste más que suficiente.

Le dediqué una última sonrisa antes de cerrar la cajuela y subir a la camioneta. Encendí el motor y miré por el retrovisor cómo me alejaba del que había sido mi hogar, dejando atrás al que fue el amor de mi vida.

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Guanajuato, cuatro meses después

Cuatro meses después de aquella despedida, había regresado a casa de mis padres. El vacío que sentí al volver solo me recordaba a todas esas tardes en las que me quedaba viendo a los niños jugar. Mis padres no habían hecho muchas preguntas; ellos sabían de sobra lo que había roto mi matrimonio.

«Un omega infértil». Eso fue lo que escuché por años. A pesar de que Javier no lo creía, ambas familias comenzaban a darlo por hecho. El divorcio fue el último acto de amor de ambos antes de que cayéramos al fondo del precipicio.

-Armando, tienes que salir. Has estado encerrado aquí desde que llegaste.

Negué suavemente mientras seguía concentrado en la computadora.

-Estoy trabajando.

Había utilizado cualquier medio que me permitiera olvidar lo ocurrido, por lo menos durante unos minutos, y el trabajo era la mejor opción.

-Esa es una excusa, Armando. Yo sé que duele, pero tienes que seguir adelante -sentenció Mateo desde la puerta.

-Mateo, basta -dije casi en una súplica.

Lo sabía. Lo tenía en mente cada maldito segundo: tenía que salir adelante. ¿Pero cómo, si lo había dejado todo en esa casa? Todo lo que era.

-¡Basta nada! Estás aquí sin hacer nada para salir del hoyo en el que te metiste. Por Dios, Armando, no puedes seguir así.

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