Un joven humano. Dos recién nacidas de naturaleza mística y salvaje. Y una última promesa de muerte que cumplir en los bosques de México.
Durante cinco años, Demian Alejandro crió solo a las mellizas Jade y Maya, ocultando su herencia licántropa en...
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Nota de autor / Disclaimer:
Esta historia es un trabajo de ficción de fans (fanfiction) realizado estrictamente sin fines de lucro. El universo de Teen Wolf, la cronología base y la mayoría de los personajes (como Peter, Derek, Scott, Stiles, Lydia, etc.) son propiedad intelectual de su creador, Jeff Davis, y de la cadena MTV. Los personajes originales (Demian, Diana, Jade, Maya y Severo Calavera en su nueva faceta), así como los cambios sustanciales en el desarrollo del lore y la trama romántica, son de mi completa autoría.
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—¡Quiero entrar con ella! —alzó la voz un joven de dieciocho años, de cabello castaño, piel clara y ojos verdes, dando un paso al frente—. Por favor, quiero entrar con mi hermana —suplicó, quebrando su firmeza en un susurro desesperado.
—Jovencito, no es un asunto simple. Será un horror de ver —advirtió la anciana. Vestía un huipil blanco y, sobre este, una manta del mismo color que la envolvía completamente.
—Déjalo entrar... —pidió una voz agónica desde la penumbra, temblando por el cansancio—. Es mi hermano. Lo quiero conmigo.
La anciana cedió con un leve asentimiento y permitió que el muchacho cruzara el umbral. De inmediato, Demian se desplomó en el borde de la cama. Tomó la mano de su hermana, apretándola en un silencioso pacto de apoyo. Ella intentó sonreír, logrando apenas un leve espasmo en los labios, pero el agotamiento la venció y terminó por reclinar su cabeza contra el hombro de su hermano menor.
Él la miraba con el pecho oprimido por el pánico; la mujer postrada ahí era su hermana, o los restos devastados de lo que alguna vez fue. Su hermoso cabello castaño ahora lucía seco, enredado y descolorido por el sudor febril; sus ojos esmeralda estaban hundidos, ensombrecidos por ojeras violáceas, y su piel, antes clara y sonrosada, mostraba una palidez cadavérica. El resto de su cuerpo se había demacrado tanto que las costillas y las clavículas amenazaban con romper la piel. Lo único prominente en su silueta era el enorme vientre, tenso como un tambor, que se asomaba por la abertura de la sábana que la anciana había dispuesto para trabajar.
La partera acomodó una serie de utensilios de metal sobre un lienzo limpio en la mesa lateral. Pasó una compresa húmeda sobre la piel estirada del vientre y, tras dejarla a un lado, empuñó el bisturí. El acero frío destelló bajo la tenue luz. Aguardó un instante, clavando una mirada severa en los hermanos.
—Comenzaré —anunció con frialdad profesional.
Hundió la hoja. El corte cruzó el vientre de lado a lado, abriendo la carne en un tajo limpio que brotó en un río de sangre espesa y ardiente. La joven desató un alarido descarnado, un grito de puro horror que arañó las paredes de la habitación. Se aferró con desesperación a las sábanas y apretó la mano de Demian con una fuerza inhumana. Él sintió que el mundo se desmoronaba; verla retorcerse de agonía, escuchar sus tendones tensarse y presenciar cómo la vida de su hermana se derramaba en el colchón le revolvió el estómago.
—¡No, no, no! ¡Por favor, haga algo, la está matando! —suplicó Demian, al borde del vómito y las lágrimas, incapaz de apartar los ojos del espanto.
Sin perder la compostura, la anciana continuó su labor cruenta. Hundió sus manos desnudas pero limpias en la herida viva, separando las capas de músculo con un desgarro sordo. El olor a hierro y dolor inundó el aire. Tras apartar los tejidos congestionados, introdujo los brazos hasta los codos en la cavidad y, tras un forcejeo brutal, extrajo a la primera criatura. Casi al instante, un llanto agudo, estridente y empapado de fluido rompió el aire. Con destreza, la anciana cortó el cordón umbilical, envolvió al primer recién nacido en una manta y lo depositó en una canasta cerca de la puerta. Sin dar un respiro al dolor, regresó al vientre abierto que seguía desangrándose. Volvió a sumergir las manos en la carne abierta y sacó al segundo bebé. Un segundo llanto, idéntico y desesperado, se unió al primero, creando un coro desgarrador que llenaba la habitación con un contraste macabro de vida y muerte.
Mientras el llanto de los gemelos resonaba al fondo, la anciana se lavó las manos a prisa y comenzó a pasar la aguja con hilo quirúrgico para cerrar la tremenda incisión. La joven ya no gritaba. El dolor absoluto dio paso a un vacío gélido; la vista se le nubló y sintió que la consciencia se le escapaba entre los dedos. Con un último y agónico esfuerzo, giró el rostro hacia su hermano, cuyos ojos estaban desorbitados por el espanto.
—Demian... —susurró en un hilo de voz que apenas compitió con el llanto de sus hijos.
—Aquí estoy, aquí estoy, hermana. Ya pasó, todo está bien. Los bebés ya nacieron, están sanos, escúchalos... —decía él, con la voz rota, intentando limpiar con sus manos temblorosas la sangre y el sudor que cubrían el rostro de ella.
—Escúchame... —le interrumpió ella, arrastrando las palabras con el dolor quebrado en la garganta—. Prométeme... que los cuidarás y los amarás... como si fueran tuyos.
—Hermana, no me dejes, por favor. No hables así, vas a estar bien, te vas a recuperar —lloró Demian, pegando su frente a la de ella, suplicando al vacío—. No me puedes dejar solo con esto... No me dejes solo.
—¡Promételo! —exigió ella, y por un segundo, sus ojos esmeralda recuperaron el brillo feroz que tenían antes de que el embarazo le consumiera la existencia—. Ellos no tienen la culpa... son inocentes. Prométeme que los amarás.
Demian, ahogado en sus propias lágrimas y con el pecho destrozado, asintió.
—Lo prometo, te lo juro por mi vida. Serán mis hijos. Los amaré, Diana, lo prometo.
Al escuchar el juramento, la joven desvió los ojos vidriosos hacia la mesa junto a la puerta, donde las canastas vibraban con el llanto incesante de los recién nacidos.
—Los amo... —susurró por última vez.
Exhaló un suspiro largo y pesado, y cerró los ojos para siempre. La tensión abandonó su cuerpo, dejándolo extrañamente liviano. La anciana interrumpió la costura y presionó dos dedos contra el cuello de la joven. Solo fue para confirmar lo inevitable.
—Se ha ido —dijo la partera en voz baja, retomando el hilo para terminar de cerrar el cadáver por puro respeto.
Demian se quedó estático un segundo, asimilando el peso del silencio en el cuerpo de su hermana, mientras el llanto de los bebés parecía burlarse de su desgracia.
Entonces, el dolor le reventó en el pecho. Se arrojó sobre el torso inerte de Diana, la abrazó con fuerza ciega y desató un grito desgarrador, un aullido de animal herido que ahogó por completo el llanto de los niños. Era el sonido de un hombre al que acaban de arrancarle el alma, consumido por la piedad y la absoluta soledad de haber perdido a su única familia.