Él creyó que aquellas noches significaban amor. El otro sabía que sólo significaban deseo.
Durante meses, el mayor entregó cariño, confianza y un corazón que nunca imaginó tener que recoger del suelo. El menor, en cambio, lo buscó por calor, compañí...
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Para quienes alguna vez tuvieron que dejar ir aquello que más querían para poder volver a encontrarse a sí mismos.
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La pulsera cayó al suelo y supo entonces que no había ya más nada que hacer.
El metal se desplomó sobre la acera, alzando a su peso gotas que la constante lluvia se encargaba de encharcar.
Sus respiraciones agitadas se convertían en pequeñas nubes de vaho frígido. Vapores que terminaban por colisionar y mezclarse en el aire.
Tan cerca y tan lejos, como la primavera y el verano, estaban de pie, uno frente al otro. En medio de la penumbra de la madrugada, alumbrados únicamente por la luz artificial de un faro parpadeante a la lejanía, las distantes estrellas y el nulo resplandor lunar.
Apretadas en puños hasta sentir las uñas marcadas en las palmas, las manos del más alto se encontraban ocultas del frío dentro de las bolsas de la sudadera. El otro, mantenía solo la diestra expuesta frente a él. Con los falanges tensos y extendidos al gélido viento. La otra, metida en el bolsillo de su pantalón aterciopelado, se resguardaba en una posición irregular. Flácida y sucumbiendo al helado entorno que les rodeaba.
Lo había jodido. Lo entendía muy bien. Sin embargo, por más que le quemara admitirlo, no tenía remordimiento de nada. No se sentía lo suficientemente culpable. Tal vez un poco, sí, pero sabía que debía haber algo estrujando su pecho más fuerte.