PRÓLOGO

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La quietud de la noche se quebró con un rugido sordo, un temblor que recorrió los cimientos del distrito como una ola subterránea.

Las paredes vibraron, los cuadros se desplomaron con estrépito y los adornos de arcilla se estallaron contra el suelo en mil pedazos. Un zumbido metálico se filtró por las ventanas, que tintineaban como si fueran a reventar. El aire olía a polvo ya ozono, como si la ciudad respirara por última vez. Varios alaridos empezaron a plagar los exteriores mientras el pequeño Tony Ginger se aferraba a la idea de que todo aquello era solo un mal sueño.

De pronto, la puerta de su habitación se abrió de golpe, su padre, un hombre de tez oscura y cabello blanquecino se abalanzó sobre su cama, lo tomó en brazos y salió corriendo sin darle tiempo a reaccionar.

—¡Vamos, hijo! —dijo con una voz firme que se esforzaba en ocultar su estrés. Corría mientras lo envolvía con la bufanda que traía en el cuello.

La madre los alcanzó en el pasillo, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada. Se esforzaba por no tropezar con los juguetes que el niño había dejado regados.
—Cariño... dime que no son ellos, por favor...

—No pasa nada, estoy seguro que es el gobierno que por fin vino a pacificar la zona—sonrió el padre intentando disfrazar la calamidad que se alzaba frente a sus ojos.

Tony alcanzó a hacer contacto visual con su progenitor, el pequeño telépata viajó a lo profundo de su mente y solo pudo llegar a una conclusión.

—Papá, ¿Por qué estás mintiendo? — musitó con inocencia sacando el rostro de en medio de la bufanda. El hombre no respondió. Solo presionó más fuerte a su hijo y siguió corriendo.

Las calles estaban inundadas de luces de neón y hologramas que parpadeaban como una feria interminable. Al alzar la vista, no se veía el cielo, solo frías placas metálicas con tuberías colosales que los separaban del distrito de la superficie. En los muros, entre anuncios rotos y propaganda vieja, el símbolo del ojo y la llama de fuego, se repetía una y otra vez, pintado con aerosol negro.

Decenas de vecinos huían en caravana al punto de evacuación, algunos descalzos, otros con niños a cuestas. Lo peor no eran los gritos, eran las voces que Tony lograba oír en sus cabezas, un coro desesperado que suplicaba por no morir en ese lugar.

Con esfuerzo y varios minutos de caminata, la familia alcanzó una zona segura, una plaza oscura donde se reunían otros habitantes, yacían reunidos con la cabeza gacha, como un rebaño confundido rumbo al matadero. Tony logró divisar a varias siluetas extrañas a los alrededores, hombres bien plantados cuyos corazones negros se combinaban con espadas láser en sus manos e implantes biónicos en las piernas.

—¡Homo Sapiens del distrito subterráneo! —el ser metálico vociferó con una estridente voz sintética, como si fuera la de un humano y una máquina a la vez —. Como emisario del gobierno de Topía, extiendo mis disculpas por despertarlos esta noche, sin embargo, era necesario dinamitar el último bastión de resistencia enemiga en el área, es un gusto para mí informarles que las tropas de Nébula han abandonado el lugar y no los molestarán más a partir de hoy.

Una bandera estampada con el símbolo de la llama era quemada a lo lejos, cuchicheos surgieron entre los presentes, Tony no terminó de entender lo que sucedió. La expectativa flotaba en el aire, el cual se tornaba cada vez más turbulento.

—Sin embargo, también necesitamos su apoyo, ciudadanos. ¡Aquellos con sede de libertad y ganas de terminar esta guerra civil, que vengan con nosotros y sean testigos de un nuevo comienzo! —prosiguió el droide con el puño apuntando hacia el cielo.

—¡Cual comienzo!? ¡Ustedes los del gobierno nos abandonan por años! ¡Solo vienen porque Nébula les arrebatará este nivel subterráneo! ¡Nébula nos liberará! —vociferó a alguien.

—Ustedes, ciudadanos valientes, tienen la oportunidad de redimirse. Únanse y dejen atrás la miseria del subsuelo. Una casa en la superficie, un salario vitalicio, seguridad para sus hijos. Todo eso por servir a su ciudad. ¿¡No es un precio justo!?

—¡Yo voy! — alzó la mano un hombre a los lejos casi sin esperar a que el ser metálico terminara de hablar. La incertidumbre comenzó a cernirse en el ambiente, primero uno, luego otro, y después varios hombres y mujeres dieron un paso al frente. Derivando en una algarabía confusa en la que la muchadumbre se dividía en dos.

El calor de las llamas de los alrededores pareció aumentar, los suspiros de caos reinaron en el aire, Tony sintió como su pecho se inflaba por el retorno de su corazón, hasta que de repente, le tocó ver como su propio padre se puso en pie.

—Cariño... ¿Qué haces? — masculló su esposa jalándolo de su chaqueta intuyendo lo que cruzaba por la cabeza de su cónyuge.

—Conseguir la vida que nos merecemos— contestó el padre mientras le daba un beso en la frente—. Este es el milagro por el que tanto andábamos rezando, saldremos de este lugar... te lo prometo— sacudió los blancos cabellos de Tony y enroscó su meñique en su mano en señal de juramento—. Estaré bien, lo prometo... y una promesa Ginger...

—Nunca se rompe.

—Nunca se rompe...—repitió el padre cubriéndolo con su bufanda para protegerlo del frío.

Aquel gesto alegre apenas logró convencer a la madre quien se esforzó por creerle. Resignada, accedió a soltar a su marido y lo vio alejarse con gallardía, en el fondo, él no quería voltear a verla, sabía que se arrepentiría si lo hacía.

—¡Los voluntarios forman una fila y síganme para comenzar el registro! — se dirigió a un soldado del gobierno a lo lejos. El grupo fue conducido por soldados hasta una calle lateral. Las luces de neón parpadeaban, pintando las paredes en tonos púrpura y azul, mientras los pasos metálicos de las botas retumbaban en el suelo.

Tony seguía a su progenitor con la mirada hasta que este por fin se esfumó entre la muchedumbre. Un lamento mudo lo inundó mientras seguía observando a sus alrededores, muchos celebraban, otros se despedían de sus familias con un "hasta luego", nadar en la mente de la gente le abrió la vista a un mar nuevo de emociones... llanto, resignación e incluso esperanza.

Pero algo no andaba bien con sus salvadores, era como si al ver sus ojos su estómago solo sintiera una punzada que lo obliga a salir de aquellas mentes perversas. Un pensamiento extraño se filtró en su cabeza al cruzar miradas con un soldado: odio, burla, sed de sangre. Nada de justicia, nada de redención.

Sus manos habían comenzado a sudar sin que lo notara. Su sonrisa fue desapareciendo con lentitud hasta tornarse en una mueca de horror. Su respiración se entrecortó, los bronquios no se abrían, su tráquea se hizo un nudo.

Con más ansias continuó buscando a su padre, intentando zafarse del fuerte agarre de su confundida madre.

—Mamá... hombres esos... no son del gobierno—balbuceó

Y en ese instante, como si el cielo mismo confirmara su sentencia, estallaron los disparos.
Ráfagas de luz roja iluminaron la oscuridad. Los gritos de los voluntarios se mezclaron con el chirrido metálico de las armas y el olor a carne quemada. Una columna de humo negro ascendió, teñida de un rojo visceral. Tony buscó a su padre con los ojos. Solo alcanzó a ver una silueta caer de rodillas, engullida por el fuego.

Una certeza helada le recorrió el cuerpo: papá no volvería. Nunca.

— ¡Así mueren los traidores a Nébula! —exclamó el droide alzando su fanatismo por encima de la masacre mientras veía con satisfacción como la multitud sobreviviente huía despavorida en una estampida ciega—. Informen que la zona está libre de simpatizantes del gobierno y... quizás uno que otro inocente— finalizó el droide antes de agitar su capa y desaparecer en el caos.

Entre el humo y los cuerpos, Tony alcanzó el símbolo de la llama pintado en la espalda del gigantesco robot, ese símbolo fatídico que ahora opacaba cualquier esperanza.

Los dos miembros restantes de la familia Ginger huyeron a toda velocidad. Su lo arrastró entre la marea humana hasta un rincón oscuro, donde lo apretó contra su pecho.
Él no lloró. No podía. El llanto se le había atorado en la garganta, sustituido por una certeza helada: su padre no volvería jamás.

Su madre se derrumbó, sus brazos perdieron la fuerza para sostenerlo y su voz rota apenas pudo exhalar:

—Maldita Nébula...

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