Capítulo 1: La Proclama del Rey y los Herederos del Sombras

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El Reino de Auradon amaneció bajo un cielo azul sin una sola nube, perfecto como cada día desde la unificación de los reinos. Desde los balcones del Castillo Real, los estandartes dorados ondeaban con la brisa. Todo en Auradon respiraba orden, belleza y prosperidad.


Sin embargo, dentro de la sala del trono, el ambiente era considerablemente más tenso.
El joven Príncipe Jongho, único heredero de la Bella y la Bestia, permanecía de pie frente a los grandes ventanales que daban hacia el mar. Llevaba el traje ceremonial azul y dorado ajustado a la medida, pero sus ojos oscuros, llenos de una determinación seria y firme que recordaba a la fuerza indomable de su padre, estaban fijos en la silueta sombría de la Isla de los Perdidos, visible a lo lejos tras la barrera mágica.


A sus espaldas, los sastres reales intentaban tomar las medidas de sus hombros mientras sus padres lo observaban con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Es una locura, Jongho —dijo su madre, acomodándose el vestido con gracia pero con un dejo de inquietud en la voz—. La Isla de los Perdidos alberga a los criminales más peligrosos que jamás hayan amenazado nuestros reinos. Dejar salir a sus descendientes...

—No son criminales, madre —interrumpió Jongho con voz firme y serena, girándose para mirar a sus padres—. Sus padres lo son. Pero ellos no eligieron nacer bajo esa barrera, rodeados de miseria, miseria y maldad. Merecen una oportunidad de elegir su propio camino. Si Auradon promete ser un reino de justicia, no podemos condenar a los hijos por los crímenes de sus padres.

—¿Y a quiénes tienes en mente para este... "experimento"? —preguntó su padre, cruzando los brazos sobre el pecho con la autoridad de un rey.

Jongho sacó de su casaca un pergamino sellado con la cera real y lo desplegó con absoluta convicción.

—Un grupo seleccionado. Los líderes de la nueva generación de la Isla.-------------Al otro lado de la barrera mágica, en un mundo teñido de gris, vapor de hierro y edificios en ruinas, la Isla de los Perdidos respiraba su propia ley.

En la cúspide del viejo taller de diseño abandonado, Hongjoong, hijo de Cruella de Vil, ajustaba los últimos broches de su chaqueta de cuero reconstruida con parches de tela, cadenas y pintura de grafiti. Con un espíritu creativo, libre pero innegablemente inestable, Hongjoong no solo era el diseñador del caos de la isla, sino el líder indiscutible de la banda de VKs (Villain Kids). Sus ojos brillaban con esa chispa impredecible de quien puede componer una obra de arte o quemar un callejón entero según su estado de ánimo.

—¿Todo listo abajo, Seonghwa? —preguntó Hongjoong, dando vueltas a un pincel entre sus dedos con destreza.

A su lado, Seonghwa, la mano derecha de Hongjoong, sonrió con una elegancia fría y calculadora. Hijo de una linaje de artesanos oscuros y maestro en el arte de la alquimia, Seonghwa era un manipulador experto. En sus bolsillos guardaba pequeños frascos de vidrio cargados con venenos paralizantes y pociones de amor de efecto lento.
—Los muchachos están reunidos —respondió Seonghwa con su voz suave pero dominante, ajustándose los guantes de terciopelo negro—. Tu llamado nunca falla, Hongjoong.

En el patio central del callejón, Mingi, el hijo de Scar, esperaba con los brazos cruzados. Era un depredador nato: alto, imponente, con una fuerza física destructiva y una mirada calculadora que imponía respeto inmediato. Mingi no necesitaba gritar para dominar; su sola presencia y su inteligencia estratégica bastaban para hacer que cualquiera en la Isla terminara arrodillándose ante él.

Cerca de él, haciendo giros sobre la barandilla de una escalera oxidada, estaba Wooyoung, hijo de la Reina de Corazones. Carismático, extasiado en su propia locura e impredecible al extremo, a Wooyoung le fascinaba ser el centro de atención, sembrar el caos y saber que mantenía el control absoluto de todo lo que lo rodeaba. Sin embargo, bajo esa capa de teatralidad y egocentrismo, Wooyoung poseía un instinto ferozmente protector con los suyos.

Apoyada contra la pared de piedra, Sua, la hija de Hades, mantenía los brazos cruzados sobre su chaleco de cuero morado. Criada entre las cenizas y el cinismo del Inframundo, Sua tenía una lengua filosa como una navaja y no dudaba en decir las verdades más crudas directamente a la cara de quien fuera. Pero si algo la definía era su lealtad inquebrantable hacia la banda.

Unas sombras más allá, sentada sobre un baúl de madera, la pequeña Dara, hija del Sombrerero Loco, tarareaba una melodía sin sentido mientras tejía una cinta de colores. Era la más bajita e inocente del grupo, siempre distraída, tímida y tan Creativa que a menudo se perdía por completo en sus propios pensamientos mientras el resto del mundo ardía a su alrededor.

Junto a ella se encontraba Taejin, la hija de Maléfica. Criada bajo la estricta y cruel sombra de la reina del mal, Taejin proyectaba un aura dura, fría y distante que aterrorizaba a los transeúntes de la isla, aunque en su interior guardaba una sensibilidad profundamente oculta que luchaba por no salir a la luz.

Y finalmente, ajustándose la melena frente a un espejo roto, Minnie, la hija de Madre Gothel. Maestra del engaño, la seducción y la manipulación psicológica, Minnie no daba un solo paso sin un objetivo claro. Y mientras escuchaba los rumores sobre la proclama que llegaban desde el otro lado del mar, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios: su objetivo estaba definido. Iba a conquistar al joven Príncipe Jongho y usaría el reino entero como su pedestal.

De pronto, un sonido ensordecedor resonó por toda la Isla de los Perdidos. El sistema de megafonía oxidado de las torres comenzó a chirriar mientras la voz del emisario real de Auradon se extendía sobre los tejados:

«Por decreto especial de Su Alteza Real, el Príncipe Jongho de Auradon... los descendientes seleccionados deberán presentarse de inmediato en las puertas del muelle principal para su traslado a la Preparatoria de Auradon».

Hongjoong bajó del techo de un salto ligero, aterrizando frente al grupo con una sonrisa torcida llena de locura y ambición.

—Bien, banda —dijo Hongjoong, ajustándose la chaqueta mientras sus ojos brillaban con entusiasmo salvaje—. Parece que los príncipes de Auradon quieren jugar con fuego. Vamos a darles el espectáculo de sus vidas.

Descendenteez [ATEEZ OT8]Opowiadania do pokochania. Odkryj je teraz