El segundero del reloj de pared parecía golpear contra los tímpanos de Valeria con la fuerza de un martillo. Doce de la noche. Dieciocho de agosto. Oficialmente, diecinueve años.
En ese preciso instante, el mundo cambió para ella.
No fue una realización mental; fue una sacudida física que le recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica. Sentada al borde de su cama individual, en la pequeña y austera habitación que sus padres adoptivos le habían asignado, Valeria se llevó las manos al pecho. El corazón le latía a un ritmo frenético, desbocado, no por miedo, sino por una repentina y asfixiante oleada de calor.
-Ven... -no fue un susurro real, sino un eco antiguo que resonó directamente en los huesos de su cráneo.
La ventana de su habitación daba directamente a la espesura del bosque que colindaba con la propiedad de su familia. Un bosque que siempre le habían prohibido pisar, bajo la advertencia de que la oscuridad pertenecía al demonio y a las tentaciones de la carne. Sus criadores, una pareja de fervientes religiosos que medían el amor con castigos y oraciones, le habían enseñado a temerle a todo lo salvaje. Pero esa noche, el miedo desapareció, devorado por una necesidad primitiva e incontrolable.
El aire dentro de la casa se volvió irrespirable. Olía a incienso viejo, a madera seca y a la rigidez de una vida que ya no le pertenecía. En cambio, desde el exterior, filtrándose por las rendijas de la ventana, le llegaba un aroma a tierra mojada, a pino fresco y a una libertad que le encendía la sangre.
Su cuerpo empezó a temblar. Debajo de su piel, sentía un cosquilleo insoportable, como si sus propios músculos buscaran expandirse, romper el molde humano en el que se había visto obligada a encajar.
-Tengo que irme -susurró, con una voz que ya no sonaba del todo suya, sino más ronca, más profunda.
Se puso en pie con torpeza, sintiendo sus sentidos agudizarse al límite. Podía escuchar el crujido de las vigas de la casa, la respiración pesada y monótona de sus padres durmiendo en la habitación de al lado, e incluso el aleteo de una polilla contra la lámpara del pasillo. Pero el sonido que la dominaba era el latido del propio bosque, un tambor distante que reclamaba su presencia.
Sin molestarse en calzarse, vestida únicamente con un camisón blanco y desgastado que sus padres consideraban "decente", Valeria abrió el pestillo de la ventana. El viento frío de la medianoche la golpeó de frente, pero en lugar de hacerla temblar, la reconfortó.
Saltó hacia el suelo de tierra con una agilidad que nunca antes había tenido. Sus pies descalzos apenas hicieron ruido al tocar la hierba. No miró atrás. La silueta de la iglesia del pueblo y las cruces de madera del jardín quedaron en el olvido mientras corría en dirección a los árboles.
A cada paso que daba hacia la espesura, el llamado se hacía más fuerte, más violento. Su cuerpo exigía una metamorfosis que ya no podía detener. El bosque la reclamaba, y Valeria corrió hacia la oscuridad, lista para descubrir qué criatura se ocultaba bajo su piel humana.
KAMU SEDANG MEMBACA
La loba perdida de la cabaña
Romansa"A los 19 años, el bosque reclamó mi transformación y el destino me entregó a mi mate en una noche de pasión salvaje. Pero el amanecer trajo la desilusión. Rechazada por mi familia humana y capturada por una manada desconocida, descubrí que mi alma...
