Capitulo 1 : El Rostro de un ángel

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Alguna vez te has enamorado de alguien que sabes perfectamente que te hace daño? ¿De alguien que sabes que te consume, que te destruye y que, si dejara llevar por su ira, podría arrebatarte la vida en cualquier momento? La respuesta lógica siempre sería huir. Pero cuando vives atrapada en un infierno donde te hacen sentir que no vales nada, la razón se apaga. Sabes que estás jugando con fuego, pero prefieres quemarte antes que seguir muriéndote de frío en tu propia casa.

​Esa era yo. Aunque en aquel entonces, justo cuando todo empezó, aún no lo comprendía del todo.

​El choque del tenedor contra el plato sonaba como una condena en la cocina. El aire olía a café amargo y a esa tensión sofocante que mi padre dejaba caer sobre la casa como una losa de concreto. Sentado al frente, leía el periódico con el ceño fruncido, manteniendo esa postura rígida de cuando aún vestía el uniforme de la policía.

​-Esa manera de masticar... Das pena, Iris. Parece que ni para comer sirves -soltó mi padre sin levantar la mirada del papel, con esa voz seca y cortante con la que llevaba años reduciéndome a la nada.

​Mi madre no dijo nada; prefirió limpiar la barra con agresividad contenida, agachando la cabeza. Yo tampoco respondí. Estaba acostumbrada. Pasé una mano por mi cabello negro y me acomodé las mangas de la sudadera holgada, intentando ocultar mi figura pálida y las ojeras profundas que delataban mis noches sin dormir. No tenía amigos, no tenía a nadie a quien acudir, y en esa mesa me sentía como un fantasma.

​De pronto, el murmullo de la televisión colgada en la pared fue interrumpido por la ráfaga de una alerta de última hora.

​-...transmitiendo en directo desde las afueras del tribunal central -anunció el reportero con gravedad-. Hace tan solo unos minutos se ha dictado la sentencia para el joven Lucien Vance, un caso que ha conmocionado a la opinión pública no solo por la brutalidad de los hechos, sino por la naturaleza de su agresor.

​Mi padre soltó un chasquido de asco y dirigió su mirada de expolicía hacia la pantalla.

​-Vance ha sido condenado a 30 años de prisión tras ser hallado culpable del homicidio de varias personas, entre ellas hombres y mujeres -continuó la voz en la televisión-. Los informes psicológicos revelan que los ataques no fueron planeados, sino explosiones de ira ciega e incontrolable. La prensa lo ha bautizado ya como "El Asesino con Cara de Ángel", preguntándose cómo un muchacho tan joven y de apariencia tan frágil pudo desatar semejante violencia...

​En la pantalla apareció la fotografía de su arresto.

​Al verlo, me quedé helada con el tenedor a mitad de camino.

​Lucien Vance no parecía el monstruo del que todos hablaban. Era un chico extremadamente delgado, enclenque, de hombros estrechos y piel muy pálida. Tenía un rostro fino, de facciones hermosas y delicadas, enmarcado por un cabello rubio cenizo un poco despeinado. Tenía, literalmente, la cara de un ángel. Pero lo impactante eran sus ojos claros: en ellos no había la frialdad de un criminal calculador, sino el rastro de una ira sofocada, el eco de un dolor profundo que había estallado sin control.

​El reportaje empezó a mostrar recortes de su historia: criado por una madre amorosa que había muerto en un trágico accidente, dejando al muchacho a merced de un padre alcohólico y violento que lo golpeaba e insultaba a diario. Eso, sumado al constante acoso y bullying que sufría en la escuela por su aspecto débil, había convertido a Lucien en una bomba de tiempo. No mataba por estrategia; mataba por coraje, por la rabia acumulada de años de humillaciones, escuchando en su cabeza las palabras de su padre cada vez que estallaba contra sus víctimas.

​-¡Qué asco de sujeto! -gritó mi padre, golpeando la mesa con el puño-. Un infeliz enclenque que se desquita con cualquiera porque no tuvo pantalones para defenderse antes. Ojalá se pudra en la cárcel y no vuelva a ver la luz del sol. Gentuza así no merece ni respirar.

​Escuché los insultos de mi padre, pero en mi mente todo se volvió borroso. Miré la pantalla una vez más. ¿Cómo alguien tan delgado, tan frágil a la vista, había podido desatar una agresividad tan salvaje contra hombres y mujeres por igual?

​Ahí, viendo a ese chico de cara angelical ser llevado por los guardias, sentí algo extraño. Un escalofrío me recorrió la espalda. No sentí asco como mi padre. Sentí una comprensión retorcida. Yo conocía de cerca el peso de los insultos diarios, el veneno de las palabras que te destruyen por dentro y las ganas desesperadas de gritar o romper algo para dejar de sentirte una nada.

​Justo antes de que lo metieran a la patrulla, la cámara enfócó el rostro de Lucien de cerca. Sus ojos se fijaron en el lente. No pedía perdón. No tenía miedo. Solo había ira encendida y una soledad absoluta.

​Mi padre cambió de canal despotricando contra el sistema judicial. Yo dejé el plato intacto, me levanté sin hacer ruido y me encerré en mi habitación. Puse el seguro, me dejé caer sobre la cama y saqué el teléfono. Con los dedos temblando por una mezcla de adrenalina y fascinación, abrí el buscador e introduje su nombre por primera vez:

Lucien Vance.

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