Capotulo 1: La Extrangera

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El calor pegajoso de la tarde bonaerense se asentaba sobre el pavimento gastado, levantando ese olor a tierra seca y asfalto caliente tan típico del verano en la provincia. Fhernanda caminaba despacio, ajustándose la tira de la maleta sobre el hombro. Todavía se sentía desfasada, con los oídos tapados por el vuelo y la garganta seca por el acento ajeno que la rodeaba desde que había bajado en la estación. Necesitaba agua, o tal vez solo un pretexto para salir del sol.


​A mitad de la cuadra, la puerta de vidrio de un kiosco de barrio crujió al abrirse.​Detrás del mostrador, Emilio se limpiaba el sudor del cuello con el borde de su remera blanca. Tenía el cabello oscuro pegado a la frente y la mirada perdida en el desfile cansado de los autos. El sonido del timbre de la puerta lo hizo levantar la vista.


​Fhernanda entró. La sombra del local fue un alivio inmediato sobre su piel encendida.​—Buenas... —murmuró ella, dejando escapar esa "s" suave y el tono cálido, inconfundiblemente mexicano, que rompió el silencio del lugar.


​Emilio se quedó inmóvil un segundo con una botella de agua en la mano. La luz que entraba por el ventanal perfilaba la silueta de Fhernanda: los hombros descubiertos, una gota de sudor descendiendo despacio por la curva de su clavícula y esa mezcla de extravío y curiosidad en los ojos. La atracción fue un latigazo sordo, invisible pero denso. Él apoyó las palmas sobre el mostrador de madera gastada, inclinándose apenas hacia ella.


​—Buenas tardes —respondió él, con la voz más grave de lo habitual, clavando la mirada en sus labios—. ¿Qué necesitas?


​Fhernanda se acercó unos pasos. El espacio reducido del kiosco obligaba a una cercanía casi íntima; podía oler el jabón neutro de la piel de Emilio mezclado con el aroma a papel y tabaco del negocio. Le sostuvo la mirada, consciente del impacto instantáneo que había provocado.​Lo que ninguno de los dos sabía era que esa primera chispa no estaba ocurriendo a solas.


​Al otro lado de la calle, tras los visillos entreabiertos de un primer piso, Carlota observaba. Con los nudillos blancos apretando el marco de la ventana y el pecho agitado por un aire que de pronto se le hacía insuficiente, vio cómo la recién llegada se inclinaba sobre el mostrador. Vio la forma en que los ojos de Emilio devoraban el cuello de la extranjera. Carlota pasó una mano lenta sobre el tejido de su propia falda, sintiendo un nudo amargo y caliente en el vientre. La intrusa acababa de romper la santidad de su templo.


Fhernanda apoyó los dedos sobre la superficie de madera del mostrador. El aire dentro del kiosco parecía haberse vuelto denso, cargado de una electricidad silenciosa que ninguno de los dos intentó disimular.


—Una botella de agua, por favor. Sin gas —dijo ella, dejando que su voz sonara suave, casi un susurro para contrarrestar el ruido del ventilador de techo que apenas movía el aire.Emilio no apartó los ojos de los suyos al darse la vuelta hacia la heladera exhibidora. El chasquido del metal al abrirse rompió el encanto por un segundo. Sacó una botella fría, cubierta por una fina capa de condensación, y regresó al mostrador. En lugar de apoyarla, la sostuvo en el aire, a escasos centímetros de las manos de Fhernanda.


—Acá la mayoría la toma con gas —comentó él, con un tono pausado, jugando con el contraste de su acento porteño frente a la cadencia de ella—. Pero supongo que de donde venís tienen otras costumbres.


—Muy distintas —respondió Fhernanda, esbozando una sonrisa lenta mientras estiraba los dedos para tomar la botella.


Al hacerlo, la piel helada del plástico no fue lo único que sintió: los dedos de Emilio rozaron los suyos deliberadamente, reteniendo el envase un segundo de más.


El calor del contacto quemó en comparación con el hielo. Fhernanda no retiró la mano; en cambio, apretó la botella, sintiendo la gota de agua derretida resbalar entre la palma de ella y los nudillos de él.


—No sos de por acá —afirmó Emilio, bajando aún más el tono de voz, inclinándose sutilmente sobre la madera.


Su mirada bajó un instante hacia la boca de ella antes de volver a sus ojos—. Se nota en la forma en que mirás... como si estuvieras buscando algo.


—Apenas llegué hoy... —confesó ella, sosteniéndole la mirada con una audacia que a ella misma la sorprendió.


Sentía el pecho agitado por la caminata y la tensión del momento—. Y tal vez sí estoy buscando algo. Pero todavía no sé qué es.


Emilio dejó escapar un aire entre los dientes, una media sonrisa cargada de intención.—La provincia es chica, pero tiene lo suyo. Si te quedás un tiempo, te puedo mostrar un par de cosas que no salen en las guías.


—¿Ah sí? ¿Y qué garantías tengo de que sos un buen guía?


—¡Ninguna! —dijo él, sin pestañear—. Vas a tener que arriesgarte.


Un billete quedó sobre el mostrador, arrugado por el calor de la mano de Fhernanda. Emilio ni siquiera miró el dinero; su atención completa seguía fija en el pulso acelerado que se marcaba en el cuello de la mexicana.


Fhernanda tomó la botella helada y la apoyó contra la piel tibia de su cuello. El choque térmico le sacó un leve suspiro que hizo que a Brandon se le tensara la mandíbula.​Él tomó el billete sin romper la mirada y, en lugar de abrir la caja registradora, lo guardó directamente en el bolsillo delantero de sus pantalones, rozando la tela con una lentitud calculada.


Estiró la mano hacia el cajón de las monedas para darle el cambio.


​—No te preocupes por el cambio... —dijo ella, dando un paso hacia atrás, sin quitarle los ojos de encima—. Guarda la diferencia como anticipo de ese recorrido.


Emilio soltó una carcajada baja, ronca, y apoyó ambas palmas en el mostrador, viendo cómo ella retrocedía despacio hacia la salida.


​—¡Mañana a la misma hora! —dijo él, más como una orden implícita que como una sugerencia—. Si no venís, voy a pensar que te dio miedo la provincia.


​—No me asusto tan fácil, Brandon —respondió Fhernanda, haciendo sonar su nombre con una dicción suave y marcada que a él le recorrió la espalda.


​Ella empujó la puerta de vidrio. El timbre metálico resonó en el local y la ola de calor de la calle la envolvió de nuevo, pero esta vez la sensación abrumadora había desaparecido; en su lugar, le quedaba un hormigueo eléctrico en la piel.


​Desde el interior del kiosco, Emilio no se movió de su posición hasta que la vio alejarse por la vereda. Pasó la lengua por su labio inferior, sintiendo aún el aroma dulce y desconocido que ella había dejado flotando en el aire.


​A pocos metros de allí, en la penumbra de su sala, el visillo de la ventana de Carlota volvió a caer pesadamente, ocultando el rostro de la mujer mayor que, con la respiración entrecortada y las manos temblorosas, apretaba el encaje contra su pecho como si intentara sofocar el dolor repentino de una traición.


CONTINUARÁ...

El deseo de tenerteStories to obsess over. Discover now