Hay un virus que no sale en ningún telediario: se contagia con una mirada, con una promesa a medias, con un "te quiero" mal dado, y convierte corazones sanos en corazones muertos que ya no saben querer bien. Yo he ido perdiendo trozos de mí en cada...
Las personas en busca del amor somos como partículas en un colisionador: cuando una entra en contacto con otras de forma puntual y controlada, no hay problema. Una ligera estimulación marcada por un intercambio de energía mutuo y la formación de algún que otro enlace. Hasta aquí, todo bien. Pero cuando una partícula empieza a colisionar con otras muchas de forma continua, rápida, impredecible y violenta, pueden desencadenarse procesos capaces de liberar enormes cantidades de energía. Salvando las distancias, algo parecido ocurre detrás del principio de una bomba atómica.
¿Cómo se traduce esta metáfora en términos socioafectivos? Pues bien: cuando una persona empieza a relacionarse con muchas otras en un breve periodo de tiempo, inevitablemente queda expuesta a todos los traumas, problemas y actitudes deplorables que estas arrastran consigo. Como consecuencia, esa radiactividad —o, mejor dicho, radioafectividad— terminará destruyendo a dicho individuo hasta convertirlo en un zombi afectivo más. Y ahí no acaba la cosa: ese nuevo «muerto sintiente» buscará otras víctimas de las que alimentarse, sobre las que descargar el veneno que un día vertieron sobre él y así, temporalmente, saciar su frío corazón. Y no le bastará con una sola vez, no. Seguirá así indefinidamente, hasta que ocurra una de estas tres cosas: que reciba la ayuda necesaria para revertir su podredumbre afectiva; que se tope con otro de su especie y ambos comiencen una «relación» en la que terminen devorándose el uno al otro; o que continúe infectando corazones inocentes.
Llegados a este punto, seguramente os preguntaréis: ¿en qué situación me encuentro yo? ¿Soy un muerto sintiente más o un superviviente en este mundo amorcalíptico? Quizás soy ambos, quién sabe. Como esos protagonistas de película que llevan dentro un lado oscuro, una maldición o incluso algo de monstruo. No os preocupéis: mi nombre es Danny y soy un superviviente nato. Así que ya sabéis, chicas, podéis acercaros a coquetear conmigo si un día me veis por ahí. Es broma, es broma; solo quería aclarar esa posible duda. Aún no han podido conmigo, y mira que lo han intentado —de hecho, casi lo consiguen, para seros sincero—. Aunque lo jodido del asunto es que puedes estar infectado sin darte cuenta hasta el día en que te cobres a tu primera víctima. Claro que estos seres no suelen ser conscientes de ello, así que...
Por si no ha quedado claro: esto no es una historia de zombis real. Tan solo me pareció una forma divertida de presentaros el eje central sobre el que girará esta obra: un diario en el que narro cómo han sido estos dos últimos años de mi intrépida vida amorosa. De todo a lo que me he enfrentado, de lo que he aprendido, de lo que he perdido y de lo que he ganado. De cómo lo he vivido y de cómo lo sigo viviendo hoy, porque esta historia, para bien o para mal, todavía no ha acabado. Lo cierto es que, tristemente, el modus operandi funciona tal y como os he contado, y nos encontramos ante uno de los mayores problemas de nuestra sociedad actual. Porque si creías que era difícil encontrar oro o que te tocara la lotería, déjame decirte que, comparado con eso, encontrar un amor sano y real es casi como enseñarte la foto de un grano de arena y decirte: «Anda, ve y búscalo. Puede estar en cualquier playa del mundo». Bueno, quizás me he pasado, pero ya me vas entendiendo. Y puede que más que «virus» sea una tendencia, pero da lo mismo. Ambos son igual de contagiosos.
Y sí, ya sé que existen cientos de manuales, novelas, poemas y diarios que hablan sobre temas del corazón. De cómo afrontar una relación. De cómo evitar que te hagan daño. De cómo ligar, etcétera. Pero esta es mi obra, narrada en carne propia. Así que puede que no sea la mejor, puede que no sea la primera, pero al menos es distinta. Y, sobre todo, está actualizada. Porque podrías leer a Nathaniel Branden y, seguramente, encontrarías cosas interesantes, pero dudo que un libro escrito hace décadas pueda explicar por completo el percal que se gasta la gente hoy en día. Punto para mí. Con esto no quiero decir que mi opinión o mi experiencia, solo por ser más actuales, sean más precisas o correctas que las de cualquier otro doctor o psicólogo experto en el tema. Pero si simplemente buscas una historia repleta de emoción, debate y algún que otro reproche —para qué mentirnos: bastantes reproches—, protagonizada por personajes que dejaron huella en mí, entonces estás en el sitio correcto. Porque otra cosa no, pero te prometo autodescubrimiento, aprendizaje y, sobre todo, valentía. Valentía para no rendirse nunca, para seguir intentándolo una y otra vez, a pesar de caerte mil veces. Porque precisamente eso es lo que me ha llevado a estar hoy escribiendo esto. Así que sí, no soy nadie realmente cualificado para hablar de estos temas con propiedad. Pero soy alguien con el coraje suficiente como para hacerlo, y eso no es poco.
No pretendo tener las respuestas, ni ser el ejemplo a seguir, pero sí puedo prometeros algo que pocos libros se atreven a dar: la verdad tal y como la viví, sin filtros ni maquillaje. Aquí es donde termina la introducción y nos ponemos manos a la obra. Porque hablar de amor en abstracto es fácil, casi gratis; lo difícil viene ahora, cuando toca ponerle nombre, cara y fecha a cada tropiezo. Los próximos capítulos no van a ser cómodos, ni para mí al escribirlos ni para vosotros al leerlos, pero precisamente por eso merece la pena seguir. Vais a encontrar noches que empezaron con mariposas en el estómago y terminaron con el estómago encogido de otra manera. Encontraréis silencios que dijeron más que cualquier conversación, y conversaciones que, mirándolas ahora, habría preferido que fueran silencio. Así que, si habéis llegado hasta aquí, ya no hay marcha atrás: abrochaos el cinturón, porque en el próximo capítulo empieza todo: el primer nombre, la primera ilusión y la primera grieta que, sin saberlo entonces, marcaría todo lo que vendría después. ¡Bienvenidos al Amorcalipsis!
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