No sabía si sería demasiado tarde o no; solo sabía que no podía dejar de correr.
La adrenalina recorría cada parte de
mi cuerpo, aunque mis piernas amenazaban con enredarse con el vestido, no podía parar. Me recogí la falda del vestido y seguí corriendo sin parar. Tenía que llegar a casa antes de la medianoche.
Nuestra casa había sido marcada y Lidia estaba en peligro. Ella no sería el sacrificio para ese ser, no lo permitiría, no dejaría que me arrebatara al amor de mi vida.
Lidia me había mandado una carta mientras estaba en la feria del mercado del pueblo vecino. Siempre nos venía bien para ganar un dinero extra: vendíamos las artesanías que hacía Lidia y los productos de nuestros huertos o lo que yo cazaba. Y siempre me quedaba en la posada durante la semana completa para acudir. Pero llegó la carta.
Ella era el sacrificio. Entré en pánico cuando la leí, el miedo se apoderó de cada centímetro de mi cuerpo. Nunca se sabía cuándo el Ser marcaría una puerta, señalando el hogar que sufriría a continuación, y ahora no estaba a su lado, no... la había dejado sola y siendo la única habitante de la casa... se la llevará a ella. Me la va a arrebatar.
No había huida, otros lo habían intentado, pero el hallazgo de sus restos mortales devorados en el bosque días después confirmaba que la huida fue sin éxito. Aún así, ¿adónde huir?
Ya era bien entrada la noche, ¿sería demasiado tarde? Pero no podía sucumbir al terror, tenía que seguir, sin detenerme. Las filas de árboles volaban a mi alrededor mientras avanzaba a toda velocidad por el camino que llevaba a nuestro poblado.
No había ni un caballo disponible, ni un carromato... o quizá no habían querido ayudarme, porque sabían mis intenciones, sabían el deseo de mi mirada antes de salir de la posada. Cogí el arco que me había fabricado Lidia para cazar y salí al camino sola, manteniendo la esperanza en mi corazón de llegar a tiempo y que nadie me detuviera o me apartara de mi objetivo.
Ya atisbaba las antorchas que marcaban el inicio de nuestro pueblo, nuestro hogar. El portón que marcaba el inicio de nuestro asentamiento estaba vacío; no encontraría al guardián de la entrada, no esta noche. Era el momento de la muerte y de la sangre y nadie estaría en las calles, pero no sería la muerte de Lidia. Atravesé las calles que separaban nuestra casa del portón de la entrada del pueblo.
Y paré en seco: la puerta estaba abierta, marcada con la X roja, la marca de la muerte, la marca que consumiría a mi amor. Preparé el arco y comencé a entrar lentamente.
Y lo vi.
Estaba allí, de pie sobre Lidia, que yacía inconsciente en el suelo. Aún respiraba y no estaba herida. Solo estaba sumergida en un profundo sueño antes de su final, antes de que me la arrebatara de mi lado.
-¡No!
Mi rugido se escuchó en la silenciosa noche como un trueno, un alarido de indignación y fuego que salía de mi garganta. Cargué una flecha y le apunté.
El Ser, como nosotros lo llamábamos, se giró lentamente hacia mí, indiferente.
Era alto, delgado y negro azabache. Un monstruo esquelético con dos grandes cuernos y dedos largos, con largas uñas con las que destripar. Su cara se giró hacia mí, alargada sin ojos ni nariz, solo una gran boca con grandes colmillos que me sonrió. Me sentí escudriñada, observada por ese monstruo sin ojos. Pero me veía, incluso veía más allá de mí.
En una tensión asfixiante, sin dejar de apuntarle con mi flecha, comencé a salir de la casa. No dejaba de sonreírme, pero conseguí lo que buscaba: a paso lento pero seguro, me siguió fuera de la casa.
-Sara, puedes vivir. Vete -una voz seca y profunda salió de esa boca infernal. Mientras me seguía sonriendo, indiferente.
Utilicé todo mi autocontrol para no gritar. Hablaba... Nunca nos había hablado, ni nunca lo habíamos visto. Solo las personas a las que les iba a arrebatar la vida llegaban a contemplarlo, y encontrarse con él significaba morir y no ver un amanecer más.
Solo nuestros antepasados recibieron su mensaje, escrito con sangre en una pared:
«Una vez al año, saldré del bosque y me cobraré una vida. Una vida por vuestras vidas»
-¿Cómo sabes mi nombre? -conseguí decir sin dejar de apuntarlo con el arco.
-Os conozco a todos. Estáis aquí gracias a mí. Vivís gracias a mí. Sois mi... familia -con la última palabra, se le amplió la boca en la que se intuía una sonrisa aún mayor.
-¡¿Familia?! -la ira hizo temblar mi arco-. Tu ganado, tu comida, dirás... ¡No te la vas a llevar! -grité indignada.
No había tiempo. Se escucharon pasos en las casas más cercanas, habrían escuchado mis gritos. No sabía si se atreverían a salir para impedir lo que estaba a punto de hacer o si, con el Ser aquí osarían salir a la calle.
Pero tenía que hacerlo o morir en el intento.
El Ser se abalanzó sobre mí con el brazo derecho extendido pero no apuntaba hacia mí con sus garras, sino con la palma de su mano. Era rápido, pero yo lo era más con mi arco y le disparé la flecha. Le atravesó la cara, entre donde estarían sus ojos, si los tuviera. Cayó desplomado al suelo.
No respiré. Fueron unos segundos que se me hicieron eternos como si el tiempo jugara conmigo, pero estaba inmóvil y toda vida había abandonado su cuerpo. Mi teoría era cierta: débil. Débil y cobarde monstruo.
Siempre que se llevaba a un sacrificio, no había chillidos de terror, ni atisbos de combate, ni lucha por salvar la vida. Las incapacitaba, las dormía antes de matarlas. Al ver a Lidia lo acabé de comprender; evitaba la lucha. Y se acercaba a mí para dejarme inerte. Como él estaba ahora, vacío, pero seguía sonriendo aun en la muerte.
Los vecinos comenzaron a salir.
-¡¿Qué has hecho?!... Estamos vivos gracias a él -dijo el primero que se acercó. Era el líder de nuestro asentamiento-. Los dos poblados sufrirán las consecuencias -añadió sollozando.
-Esto no era una vida. Eramos su banquete de carne. Lucharemos por nuestra supervivencia. Ambos asentamientos, juntos -dije emocionada con la mirada algo perdida.
No me dirigía a nadie en particular, sino a todos. A mí misma. Para convencerme de lo que acababa de hacer.
Lidia se asomaba justo por el marco de nuestra puerta, somnolienta y desubicada. Me miró con alegría y con miedo y pesar a la vez... pero con amor, y eso era suficiente. Ella sabía lo que había sucedido.
-Lo conseguiremos, nosotros... -la frase se me quedó atascada en la garganta.
Un ruido atronador me interrumpió. Era la muralla. La muralla que protegía a los dos asentamientos del resto del mundo. Una barrera que nos separaba del peligro del Exterior. De un mundo lleno de muerte, de criaturas salidas de las peores pesadillas, seres que deambulaban por la noche entre las sombras. Criaturas que respetaban, no sabíamos por qué, el territorio del Ser y que no atacaban la muralla.
Pero ahora atacarían a su «familia», porque él ya no estaba.
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La marca
Fantasy¡Hola! Este es mi primer escrito; soy nuevo por estos mundos. Es un relato corto que espero que os guste o, al menos, que os atrape. Aún tengo mucho por aprender y pulir. Es la historia de Lidia y Sara. De una noche que cambiará sus vidas. Pero Sar...
