Capítulo 1 - Están hambrientos menos yo

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El vodka tiene un sabor extremadamente fuerte cuando toca mi lengua en el primer trago. Hago una mueca para dejar claro que no es la millonésima vez que lo tomo y que solo soy un adolescente edgy que se peleó con sus padres y está exageradamente ahogando sus penas como un hombre de cincuenta años que perdió a su esposa. O al menos eso soy esta vez.

Les conté mil historias distintas a mil personas distintas. Ya ni siquiera estoy seguro de si la última era un stripper o un huérfano. Da igual. No puedo concentrarme con este dolor en la parte de atrás de la mandíbula cada vez que miro a la gente que me rodea. Sus cuellos... se ven tan tentadores.

Intento dejar lentamente el shot de vodka vacío sobre la mesa y elijo a mi víctima. Cuando termino, solo puedo pensar en lo hambriento que estoy en este momento.

Me dirijo hacia él mientras escucho como habla de una pelea con su padre, es prácticamente de mi altura, un pelo marrón despeinado que en esta época está de moda, unos ojos cansados pero arrugados por la sonrisa en sus labios rojos, un perfil muy correcto para tal carótida tan jugosa. Pero mis ojos se alejan de esa zona antes de que termine cenando en frente de toda esta gente, soy de los que no les gusta que lo miren con la sangre aún en la boca.

Comienzo a maquinar rápidamente unas frases que decirle para distraerlo y alejarlo de su grupo de amigos. Veo su remera negra que marca su torso, el brillante cuero gris de su cartera colgando con una cinta en su hombro izquierdo, sus pantalones enormes, o baggy como lo dicen, y sus zapatillas muy detalladas con estrellas y esas chorradas de adolescente.

Me quedo cerca de él y sus amigos, son 3 y dos de ellos me acaban de facilitar la noche aplicando la extraña obsesión de todas las chicas con ir juntas al baño, así que aprovecho el silencio que quedó entre ellos para comenzar a acercarme.

— Bonita cartera.

Le digo, sin más. Él chaval despega la mirada de su móvil y me mira, luego a su cartera y sonríe.

— Ah hostia, gracias.

Ríe pero presiento el silencio incomodo que se va a hacer así que rápidamente agrego:

— Y si te fijas, tus zapatillas molan, si las ves de lejos. Muy lejos.

Frunce el ceño pero, como me esperaba, sonríe.

— ¿Tu con esas chanclas del chino me vas a venir a decir algo a mi?

Tenía pinta de ser el comentarios pasivo-agresivos.

— Oye que me las ha comprado mi mama, respeto.

— Vale, vale, lo siento...

— Está bien.

— ...pero vaya mierda.

Finjo una risa aunque mis ganas de dejarlo seco me maten.

— Joder, me has salido agresivo.

— Tú empezaste, pero hagamos las paces.

Me da la mano y yo se la doy.

— Venga, solo porque me gusta tu cartera. Gracias.

— ¿Gracias de qué?

— Porque justo es mía, la hice yo.

— Callate anda.

Se hace un pequeño silencio que me da el tiempo suficiente para pensar cómo sacarlo de aquí.

Comienzo con preguntas suaves, le pregunto su nombre, su edad, al parecer la misma que yo, luego me voy a inventarme problemas con mi supuesto padre y me dice que justo él tuvo una pelea con el suyo hoy, finjo como que no lo escuche desde antes y le sigo el rollo hasta que por fin me da vía libre a sacar mi primera carta.

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