Desde joven tuve mi propia definición del miedo.
Para mí el miedo no era más que una debilidad, la peor de todas.
Jamás me permití sentir miedo. Aprendí que tenía que soportar y darle la vuelta a las malas pasadas que me jugara la vida. Con él no se llegaba a nada, pues si hubiera tenido miedo desde un inicio, no sería ni la quinta parte de lo que soy ahora; aunque no sé si valga la pena lo que ahora soy y en lo que me convertí.
"El miedo no lleva a nada"
Pero recuerdo bien ese miedo que escarapeló todo mi cuerpo y erizó mi piel al escuchar la puerta cerrarse suavemente. Las ondas sonoras se esparcían por el aire hasta disolverse, llevándose consigo a la persona más importante de mi vida.
En ese instante sentí miedo. Miedo de no volver a verlo.
Luché conmigo mismo durante unos minutos que parecieron horas. El ego que había construido se vio fracturado. Y fue gracias al miedo y a esa ansiedad cruda de perderlo, de no volver a ver su sonrisa ni sentir delicioso su aroma a vainilla y chocolate, que hicieron que mis piernas reaccionaran por sí solas y salieran corriendo tras él.
Solo en esa ocasión me sentí feliz de haber sentido miedo. Pues de no haberlo sentido, ahora no estaría abrazándolo con todo el amor que le podía dar; no hubiera podido estar tumbado en la cama junto a él sintiendo su suave respiración, esa que por poco se apaga esa noche; no hubiera besado sus labios, esos que siempre me llevaron al cielo.
Bendito miedo, el que me permitió mirarlo a los ojos una vez más y sonreírle como un niño.
Besé sus mejillas, tan cálidas y sonrojadas; su cuello, donde su pulso latía con fuerza; su clavícula, marcada sobre su piel; no me resistí y dejé pequeñas marcas con mis besos; su pecho, que subía y bajaba con cada respiración recuperada. Mis besos bajaron hasta llegar a su cicatriz, esa línea tierna que aún no terminaba de cerrar del todo. Desde allí alcé la mirada y me topé con sus ojos color miel, que me observaban con amor, aquel amor que me había confesado apenas una hora antes llorando mientras nos abrazábamos en medio de la acera. Él acariciaba mi cabello despacio mientras yo depositaba pequeños besos en los bordes de aquella herida, como si con eso pudiera sellarla para siempre.
Dan
Mi querido Dan
Mi amor
(...)
BIP-BIP
BIP-BIP
BIP-BIP
El sonido de la alarma, programada a las seis de la mañana en punto, siempre me arrancaba del recuerdo más preciado de mi vida para devolverme a mi cruda realidad.
Mi cama estaba vacía y fría.
Dan se había marchado hace cuatro años. Sin embargo, esa vez no hice nada para detenerlo. ¿Cómo podía haberlo hecho si fui yo el culpable de su partida? Fui yo el que lo empujó con mis malas decisiones a armar sus maletas entre lágrimas y desaparecer de mi vida para siempre, llevándose consigo la única versión de mí que valía la pena conservar.
Tuvimos un hermoso inicio de relación, con tanto que aprender el uno del otro. Nos complementábamos a la perfección en todos los aspectos.
Nos enamoramos hasta los huesos, y juntos vivimos dos años llenos de amor que, en su momento, creí que sería eterno.
En los últimos años he vuelto a aprender a guardar mis sentimientos hasta de mí mismo, sellándolos en la misma coraza de siempre. Pero cuando recuerdo alguno de los momentos que viví con él, así sea corto, mis ojos tratan de traicionarme queriendo soltar lágrimas rebeldes.
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El último asalto - Jinx
FanfictionHay ausencias que pesan más que los años, y promesas que solo se cumplen en la memoria. Kim Dan aprendió a sanar entre el frío de San Petersburgo, lejos del dolor que casi lo destruye. Pero cuando el destino pone a Joo Jaekyung frente al nuevo mundo...
