Entre más velocidad, más alegría... o al menos eso pienso yo. Hay una versión de mí que casi nadie conoce, una que aparece únicamente cuando mis manos sujetan el manillar de una moto y el rugido del motor consigue apagar todo lo demás. Siendo chica, no siempre es fácil sacar esa parte de mí. Durante el día puedo ser Yuri, la estudiante de Artes que llega a la universidad con una sonrisa, que habla con todo el mundo, que presta sus apuntes aunque probablemente los necesite más que la persona que se los pide y que jamás tendría problema en ayudar a alguien que lo necesitara. Soy tranquila, amigable y, según mis amigos, demasiado pasiva para meterme en problemas. Supongo que tienen razón... al menos durante el día. Porque cuando llega la noche, cuando me pongo el casco y mis dedos rodean el acelerador, dejo de ser esa chica. En ese momento no existen los trabajos universitarios, los profesores, las pinturas, las entregas atrasadas ni las preocupaciones que durante el día parecen perseguirme a todas partes. Solo existe el motor, el asfalto y esa sensación peligrosa de estar a un segundo de perderlo todo.
Hace unos días, después de terminar uno de esos trabajos universitarios que parecían no tener fin, guardé mis cosas y salí de la universidad con una sola idea en la cabeza. No quería volver a casa. No esa noche. Necesitaba sentir algo distinto. Necesitaba recordar que debajo de todos esos apuntes, pinceles, dibujos y responsabilidades seguía existiendo una parte de mí que no tenía miedo. Así que tomé mi moto y conduje hasta las afueras de la ciudad, siguiendo las calles que cada vez se volvían más oscuras y menos transitadas. El aire de la noche golpeaba mi rostro mientras avanzaba y las luces de los edificios iban quedando atrás, una por una, hasta convertirse en pequeños puntos perdidos en el retrovisor. A medida que me acercaba al punto de encuentro, el sonido de los motores comenzó a hacerse más fuerte. Primero fue apenas un murmullo lejano. Después, un rugido. Y finalmente, un estruendo que parecía sacudir la noche entera. Allí estaba mi otro mundo.
En aquel lugar nadie preguntaba quién eras realmente. Nadie quería saber dónde estudiabas, con quién vivías o qué hacías cuando salía el sol. Allí los nombres eran máscaras y los rostros permanecían escondidos detrás de cascos oscuros. Cuando aceptabas una carrera ilegal aprendías rápidamente que tu identidad era lo primero que debías proteger. Yo me llamo Yuri, sí, pero en ese lugar ese nombre no existía. Allí era Kael. Ese era el nombre que conocían, el nombre que gritaban cuando me veían llegar, el nombre detrás del casco negro y de la moto que había preparado tantas veces hasta conocer cada uno de sus sonidos. Kael era la chica que nadie imaginaba que podía existir detrás de Yuri. Y quizá esa era precisamente la razón por la que me gustaba tanto. Nadie esperaba que una estudiante de Artes, amable y aparentemente incapaz de hacerle daño a una mosca, apareciera allí buscando velocidad, peligro y una razón para olvidar quién era.
La multitud ya se había reunido cuando llegué. Había motos de diferentes tamaños, luces de colores reflejándose sobre el pavimento y personas apoyadas contra los autos mientras observaban a los corredores. Algunos hablaban, otros apostaban y otros simplemente esperaban ver quién terminaría cruzando primero la línea de meta. Yo estacioné mi moto y me quité el casco durante unos segundos para respirar. El aire olía a gasolina, humo y noche. Era un olor que probablemente debería haberme resultado desagradable, pero para mí tenía algo adictivo. Me hacía sentir despierta. Viva. Libre. Aquella noche tenía un solo objetivo: ganar.
El problema era que nunca había conseguido hacerlo cuando él aparecía.
El Corredor de Sombras.
No sabía su verdadero nombre. Nadie lo sabía. Nunca mostraba el rostro y jamás se quitaba el casco delante de los demás. Algunos decían que llevaba años compitiendo. Otros aseguraban que había ganado carreras en lugares donde nadie se atrevía siquiera a mencionar su nombre. También había quienes decían que no le importaba perder porque siempre tenía algo más importante entre manos. Yo no sabía qué creer. Lo único que sabía era lo que había visto con mis propios ojos: aquel hombre era rápido. Demasiado rápido. Había intentado vencerlo tantas veces que había perdido la cuenta, y el resultado siempre era el mismo. Él cruzaba primero la línea de meta mientras yo terminaba detrás, observando cómo su figura desaparecía entre las luces de la ciudad.
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BAJO SU OSCURIDAD
Romance🎶 Tararara... 🎶 La misma melodía volvía a sonar en mi cabeza, aunque no sabía de dónde venía. Era extraña, lenta y casi hipnótica, como una canción que alguien hubiera aprendido hace muchos años y que ahora se hubiera quedado atrapada dentro de mi...
