Parte 1.

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Los Palomares del Parque Robledal.

José María Moreno.

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"La vida siempre ofrece otra oportunidad, y se llama 'mañana'."Capítulo 1.Edificio Brisas del Robledal.

A las cinco de la mañana, el lunes todavía no había comenzado.

A esa hora la ciudad parecía contener la respiración. Desde el quinto piso del Edificio Brisas del Robledal, yo alcanzaba a distinguir, detrás de los edificios vecinos, la silueta oscura de los árboles. Todavía no amanecía, pero la noche ya había empezado a retroceder.

.Él abrió los ojos antes de que sonara el despertador.

Lo hacía casi todos los días.

A veces pensaba que, después de tantos años, su cuerpo había terminado por aprender la hora mejor que cualquier reloj. Permaneció unos segundos mirando el techo y luego se incorporó con cuidado. Yo seguí acostada, medio dormida, mientras lo escuchaba caminar hacia el baño.

Había cosas que él hacía con una precisión que me enternecía.

Dejaba la bata en el mismo lugar. Afeitaba primero un lado del rostro y luego el otro. Se duchaba sin hacer ruido. Después iba al estudio y encendía el computador.

Yo conocía el sonido de aquella puerta al cerrarse.

También conocía el silencio que venía después.

Durante muchos años había creído que las mañanas eran el comienzo del día. Con el tiempo descubrí que, para nosotros, eran más bien una forma de comprobar que el día seguía allí.

Él escribía.

Yo dormía un poco más.

Y durante un rato cada uno habitaba su propio silencio.

Cuando finalmente me levanté, el cielo empezaba a aclarar detrás de las ventanas. Me vestí con ropa cómoda, recogí el cabello y fui hasta la cocina.

Antes de salir, preparé la bolsa.

Arroz, avena, maíz triturado y un poco de lentejas.

La cerré con cuidado.

No era gran cosa, pero sabía que para ellas lo sería.

En el estudio encontré a mi esposo frente a la pantalla. Tenía los anteojos puestos y una expresión de concentración que yo conocía muy bien. Sobre la mesa había una taza de café que seguramente llevaba allí demasiado tiempo.

—¿Ya estás lista? —preguntó sin apartar los ojos del computador.

—Ya.

Entonces miró la bolsa que llevaba en la mano.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Sonrió mientras terminaba.

—Pensé que hoy iban a tener que arreglárselas solas.

—No les va a gustar la idea.

—¿Y desde cuándo tienes que consultarles sus planes?

—Desde que descubrí que tienen mejor memoria que nosotros.

Esta vez sí levantó la mirada.

—¿Y eso cómo lo sabes?

Los Palomares del Parque RobledalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora