Prólogo.

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Año 1683.

La aldea era pequeña, humilde y tranquila, escondida entre extensos campos de cultivo y un bosque tan antiguo que nadie recordaba cuándo habían comenzado a crecer sus árboles.

Las casas, construidas con madera y piedra, se agrupaban alrededor de un camino principal que durante el invierno se convertía en barro y durante el verano se cubría de polvo. Al amanecer, el humo de las chimeneas se mezclaba con la neblina, mientras el sonido de los animales despertaba poco a poco a sus habitantes.

Allí todos se conocían.

Los hombres trabajaban en los campos, cuidaban el ganado o partían durante días para comerciar con aldeas vecinas. Las mujeres se ocupaban de los hogares, los huertos y de preparar aquello que pudiera venderse o intercambiarse. Los niños corrían entre las casas hasta que el sol comenzaba a desaparecer detrás de los árboles.

La vida era sencilla.

También lo eran sus creencias.

En aquella época, Dios estaba presente en cada hogar, en cada oración y en cada desgracia. La enfermedad, las malas cosechas y las muertes repentinas rara vez eran aceptadas como simples accidentes. Siempre había una explicación.

Siempre había alguien a quien culpar.

Y sobre todo, existía el bosque.

Nadie tenía permitido adentrarse demasiado en él después del anochecer. Los mayores decían que era peligroso, aunque nunca explicaban exactamente qué había allí.

Los niños crecían escuchando advertencias.

" No sigas las luces entre los árboles. "

" No respondas si escuchas que alguien te llama. "

" Y, por encima de todo, nunca te quedes allí cuando caiga el sol. "

La mayoría obedecía.

Hasta que, una tarde de otoño, dos muchachos se internaron en el bosque como habían hecho tantas veces antes.

Uno de ellos regresaría.

Él nunca lo hizo.

Durante años había recorrido aquellos caminos junto al muchacho que creció a su lado. Habían compartido juegos, secretos, tardes enteras y silencios que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Para uno, quizá solo eran recuerdos de infancia.

Para el otro, eran todo lo que tenía.

Por eso, cuando regresó solo aquella tarde y descubrió que él había desaparecido, no pudo aceptar las palabras de quienes aseguraban que ya estaba muerto.

Lo buscó durante horas.

Después durante días.

Y cuando finalmente volvió a verlo aparecer entre los árboles, seis días después, sintió alivio por primera vez.

Hasta que sus miradas se encontraron.

Porque el pelinegro había regresado.

Pero el que él conocía...

No.

Hasta que la Muerte nos encuentre - TKHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora