La primera vez que Shanks lo vio, fue una noche de octubre.
El pelirrojo llevaba un par de meses sintiéndose miserable. No triste, no solo. Miserable y aburrido para ser más específicos. Al parecer tener 27 años, una asquerosa cantidad de ceros en su cuenta de banco junto con más de 10 propiedades alrededor del mundo y los garajes llenos de carros de lujo que ni siquiera utilizaba, habían dejado de divertirlo.
Shanks era inteligente. Un genio en las finanzas según el circulo de lamebotas que lo rodeaba, pero él simplemente se sentía vacío. Tenía todo lo que quería en la palma de su mano y así todo perdía la diversión.
Así que el joven magnate hizo lo que todos los que estaban su misma situación hacían: Ir a fiestas clandestinas.
Las fiestas se hacían en mansiones rentadas que se rumoraba pertenecían al crimen organizado. Nunca era la misma locación y solamente se podía acceder con invitación. Hacía cincos años que a Shanks le llegaban invitaciones que nunca respondía y tampoco tenía necesidad de asistir, hasta ese momento.
La decoración era excesivamente cara. El alcohol más barato era una botella de aproximadamente 1.5 millones de berries, las personas que asistían se vestían elegantes con trajes confeccionados a la medida que valían lo que una persona promedio ganaba en toda su vida.
Shanks no estaba asombrado, él mismo tenía armarios llenos de esos trajes que en su momento le emocionaba vestir y que ahora solo acumulaban polvo.
Claramente, al ser algo por debajo del agua y por encima de la ilegalidad, todos usaban mascaras. Algunas hechas de oro, otras de plumas de aves exóticas que estaban al borde la extinción por la cacería desmedida... El pelirrojo usaba un antifaz que era simplemente de seda negra que cubría la mitad de su rostro.
Cada veinte minutos Shanks miraba su rolex con incrustación de diamantes, el primer reloj que se había comprado cuando su empresa triplicó su valor en el mercado.
Incluso las fiestas de ese tipo le estaban resultando aburridas. Gente anciana rodeadas de niños, jóvenes, adolescentes. Camareros prácticamente desnudos que servían copas bañadas en oro, mujeres (Si es que alcanzaban la edad para denominarse así) bailando en jaulas esparcidas en la gigantesca sala. Nada que no hubiera visto antes.
Entonces pasó. Las luces se apagaron de golpe. Nadie gritó, ninguno de los excéntricos presentes se alarmó, dejaron que sus guardaespaldas fueran los que se pusieran a la defensiva, pero fue un gasto inútil de energía porque segundos después, el escenario principal se iluminó y los murmullos empezaron a inundar la sala.
Una silueta apareció. Su piel brillaba bajo el reflector que lo seguía por la superficie de cristal. Su cabello negro se igualaba a la noche que había afuera y al color de su antifaz con encaje que llegaba hasta su barbilla, ocultando sus labios debajo de la caída del satín.
Su ropa, si se le podía denominar así, consistía en un short tan corto de seda que caía en lo obsceno, pero que por algún motivo Shanks no pudo dejar de ver. No era nada especial, un escort contratado para dar entretenimiento, pero había algo...
Entonces el pelinegro alzó el rostro por fin y los ojos dorados se fijaron en la multitud que lo observaba casi con la baba desbordando de los labios. Fríos, afilados, con un desprecio que rozaba lo letal. No estaba ahí por gusto, era obvio.
Aquellos ojos de doble anillo fijaron su atención por un fugaz segundo en los orbes rojos de Shanks y eso fue suficiente para que pulso del pelirrojo se acelerara. El aburrimiento que lo había perseguido como una sombra durante meses se evaporó en un suspiro, reemplazado por una descarga de adrenalina pura.
Una sonrisa lenta, casi olvidada, comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios mientras su mano izquierda, por puro instinto, dejaba caer la copa de cristal sobre la alfombra sin importarle el estruendo.
Shanks estaba totalmente absorto en el pelinegro misterioso cuando empezó a mover las caderas al ritmo de la música demasiado vulgar que sonaba de fondo. Sus movimientos eran impecables, elegantes incluso, contrastando visiblemente con la letra de la canción.
A su alrededor, la multitud comenzó a apretarse contra el borde del escenario de cristal. Sombras con máscaras ostentosas estiraban las manos, dejando ver anillos extravagantes y copas vacías, ansiosos por tocar, por reclamar, aunque fuera un roce del encaje o de la piel expuesta, intentando ser importantes para él.
La sonrisa de Shanks se acentuó, transformándose en una mueca afilada. Sentía el pecho latiéndole a un ritmo que ya casi había olvidado. Quería masacrar a todo aquel que se atreviera a siquiera rozar al pelinegro.
El joven dio un giro lento, y al quedar de nuevo frente al público, la caída del satín en su barbilla se movió apenas lo suficiente para dejar entrever la firmeza de sus labios apretados en una mueca de asco. Sus ojos dorados volvieron a hacer un recorrido rápido por el mar de rostros anónimos hasta tropezar, una vez más, con la silueta alta del pelirrojo que permanecía inmóvil a unos metros, ignorando el desastre de cristal roto a sus pies.
Por una fracción de segundo, el pelinegro redujo el ritmo de sus movimientos. No fue un fallo, fue un mensaje. Una provocación directa que solo Shanks captó.
-Vaya... -murmuró Shanks para sí mismo, metiendo con calma las manos en los bolsillos de su pantalón a la medida. Sentía un extraño cosquilleo debajo de la piel, una emoción corriendo por sus venas que ya creía muerta.
El aburrimiento había desaparecido por completo dando lugar a una adicción que se sentía incapaz de controlar. El pelirrojo dio un paso al frente, abriéndose paso entre un par de magnates que babeaban cerca del escenario, sin quitarle los ojos de encima a las pupilas de doble anillo que, incluso bajo el reflejo del escenario, brillaban con un peligro excitante y fascinante a la vez.
La canción llegó a su clímax, pero para Shanks la música ya era solo un ruido blanco en el fondo. Solo existía la certeza absoluta de que no pensaba salir de esa mansión sin saber el nombre del hombre detrás del encaje.
Las luces se volvieron a apagar, esta vez durante más tiempo, ganándose los gritos de protesta de los cerdos capitalistas que clamaban por más del pelinegro.
Cuando la sala se iluminó de nuevo, el joven enmascarado ya no estaba.
Shanks frunció el ceño con molestia. Estaba preparado para pagar una suma ridículamente elevada solo para intercambiar palabras con el pelinegro y ahora simplemente no estaba.
-Beckman - Shanks habló con autoridad, su voz resonando por encima de la música que había ido bajando de volumen.
-Déjame adivinar... ¿El nombre del pelinegro que acaba de bailar? - El mayor de cabello ceniza llevaba un traje negro a la medida, un antifaz del mismo material que Shanks, pero de color rojo y un puro cubano colgando entre sus labios
-Te estás tardando. - Murmuró Shanks sin voltear a verlo. Su atención seguía puesta en la plataforma de cristal donde minutos antes había estado el dueño de su nueva locura.
Beckman exhaló el humo denso antes de sacar un pequeño dispositivo de su bolsillo interior. Sus dedos se movieron con la agilidad de quien conoce todos los trapos sucios del mercado negro.
-Lo llaman El Halcón -dijo Beckman, leyendo la pantalla con voz monótona. Había logrado ingresar a los archivos clasificados. -No esperes un nombre real aquí, Shanks. Llegó a la mansión hace menos de dos horas y la organización lo tiene catalogado como "exhibición privada". No es un escort al que cualquiera pueda ponerle dinero enfrente; pertenece al lote VIP de la medianoche.-
Un brillo peligroso atravesó la mirada de Shanks detrás de la seda negra. El Halcón. El apodo le quedaba ridículamente perfecto a la ferocidad fría de esa mirada de doble anillo.
-¿Lote VIP? -Shanks soltó una risa baja, corta, carente de cualquier humor noble. - Sabes perfectamente que puedo comprar a los organizadores de este circo si se me da la gana. Dime a dónde se lo llevaron, Ben. - Exigió saber el pelirrojo desviando su mirada por primera vez para fijarla en el mayor
-Sabía que dirías eso -suspiró Beckman, retirando el puro de su boca para señalar con la barbilla hacia un corredor custodiado por dos hombres armados al fondo del salón. -Pero te advierto algo: ese halcón no parece tener intención de ser cazado, ni mucho menos rescatado. Si entras a esa zona, prepárate para lidiar con una bestia que prefiere sacarte los ojos antes de dejar que la toques. -
-¿Quién dijo que quiero ser su salvador? Solo quiero divertirme - Shanks se encogió de hombros con la sonrisa todavía flotando en su rostro
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Juego de bandos
FanfictionShanks lo tiene todo, pero no siente nada. Sumergido en el hastío de una vida donde cualquier capricho se resuelve con un cheque, busca una chispa de adrenalina en el circuito clandestino de la élite. Lo que no esperaba era encontrarla sobre un esce...
