Cual Ícaro.

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Silencio. Mientras mis dedos reposan sobre el teclado y mis ojos parpadean ocasionalmente, contemplando la pantalla estática, solo permanezco callado, siendo absorbido por el silencio en la habitación, por fuera del ruido mecánico de la computadora y el sonido del minutero en el reloj cada que completa un ciclo. Del minutero le sigue el horario, solo así me percato que he permanecido de esta forma durante un extenso periodo de tiempo; completamente inmóvil.

No sucedió algo en particular para ello, no me enteré de alguna noticia impactante que frenara mi paso, ni me distraje en algún tema interesante, no tuve un ataque de inspiración que me absorbiera, ni siquiera me vi sumergido en un pensamiento divertido que quise desarrollar en mi mente. No. Simplemente frené en seco y, para cuando me di cuenta, había cambiado la hora; en todo este tiempo, solo permanecí estático contemplando el archivo en el que estaba trabajando en la pantalla de la computadora. No es como si no supiera cómo continuar, bastaría con seguir moviendo los dedos, teclear y seguir así hasta terminar el trabajo, pero no lo hago. ¿Por qué? Supongo que la respuesta a ello es lo que he intentado averiguar durante el tiempo que he permanecido de esta forma, aunque, de ser así, debió haber sido inconsciente, pues mi mente ha estado perdida desde el momento que frené en seco. Sin embargo, al escuchar la manecilla del reloj marcar otra hora más, creo haber llegado a lo más parecido a una respuesta que puedo conseguir:

He perdido la motivación.

No hay más. Es tan sencillo como complejo. Fácil de decir, complicado de expresar, más aun de intentar explicar a otros; aunque, siento que las palabras sobran si has sentido lo mismo que yo. Debería ser sencillo, solo tengo que seguir tecleando hasta terminar, pero no puedo hacerlo... No, más bien, no quiero hacerlo; no siento ni una pisca de motivación que me incentive a presionar ni una sola más de esas teclas. Mis dedos se retraen y cierran mis puños, mi respiración se hace más profunda y mis parpados se cierran, sin volver a abrirse hasta suspirar con fuerza una última vez, permitiéndome por fin reaccionar.

Apago la computadora, voy a mi habitación y me recuesto sobre la cama; no cierro los ojos, solo permanezco de esa forma, en silencio. Lo único que me hace saber cuánto tiempo he permanecido así, son los rayos del sol que se asoman entre las cortinas al amanecer. Poco después, el teléfono comienza a sonar; no respondo. No necesito ver quién llama para saberlo, ni sus intenciones: "¿Qué está pasando?" "¿Por qué no has enviado los archivos?" "¿Tienes idea de lo que te sucederá por esto?". Ese tipo de cosas me forzaban a continuar, a seguir tecleando, a repetir todo una y otra vez, porque el archivo es "sumamente importante", pero el que sigue los es mucho más, y el que sigue a ese lo es aún más... y así sucesivamente sin terminar... pero sé que nadie lo leerá y a nadie le importará, solo lo firmarán, lo meterán en un cajón y olvidarán que existe mientras exigen el siguiente archivo para hacer lo mismo. Eso era lo único que me movía para continuar, aunque sea por inercia... pero ya no más. Apago el teléfono.

Entonces, la luz se desvanece; el sol se ha vuelto a ocultar y yo sigo en la misma posición, sin dormir, sin pensar en nada en particular, limitándome a existir, hasta que mis ojos finalmente se cierran, a la par que pasa por mi cabeza una frase que he escuchado constantemente:

"Lo bueno de tocar fondo, es que ahora solo puedes subir."

Abro los ojos. Camino hacia la ventana. Abro las cortinas. Contemplo el amanecer. Había olvidado lo hermoso que podía llegar a ser. Entonces entendí, que tenía dos opciones: Rendirme o levantarme y continuar, esforzando por seguir adelante.

-Bien, al menos hay que intentarlo.

Un ave que reposaba en mi cornisa se alza al vuelo y asciende en dirección al sol, perdiéndose de mi vista por el fulgor del amanecer.

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