Capitulo 1 - El laberinto de la memoria.

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«Clariza es una niña pequeña... Clariza de ojos esmeralda, de cabellos hilados en oro. Clariza camina con su lonchera a la espalda. Clariza de pies descalzos... Clariza de ojos canela, de cabellos de barro... Clariza, bañada en rojo. ¿Clariza? ¿O era Clara? ¿Claridad...?»

El susurro rasposo se desvaneció, ahogado por el zumbido eléctrico de los tubos fluorescentes que iluminaban la habitación.

-Vuelves a balbucear, Félix -dije en voz baja, rompiendo la densidad de aquel encierro-. Déjame ayudarte.

Él permanecía anclado a su silla de ruedas, con la mirada extraviada en algún punto ciego del linóleo gris. Entre sus manos huesudas y pálidas, apretaba un pequeño vaso de gelatina roja de hospital, sosteniéndolo con una fuerza inexplicable, como si aquel tembloroso dulce fuera su último anclaje con la realidad.

Me arrodillé lentamente frente a él, sintiendo el frío del suelo traspasar la tela de mi pantalón quirúrgico. Resultaba aterrador observar lo que el encierro y la mente pueden hacerle a un cuerpo. Cuando cruzó por primera vez las pesadas puertas de este pabellón psiquiátrico, Félix era un hombre imponente; pesaba más de ochenta kilos y poseía una memoria que, aunque fragmentada, aún se defendía con fiereza.

Ahora, el tiempo lo había devorado desde adentro. Su deterioro no solo se medía en la alarmante pérdida de peso que hacía colgar la ropa de sus hombros, sino en la erosión de su lenguaje, convertido en una espiral de acertijos sin sentido. Pero lo más perturbador era el cambio en su mirada. Los ojos que meses atrás me habían escrutado con una arrogancia casi cruel, ahora eran dos pozos vacíos que gritaban una desesperación ahogada, atrapados en un laberinto invisible.

Saqué una gasa estéril del bolsillo de mi uniforme y extendí la mano. Con cuidado, limpié el hilo de saliva brillante que se escurría por la comisura de sus palidos y agrietados labios.

No hubo reacción. No parpadeó, no alteró su respiración, ni siquiera movió un músculo. Era como tocar el rostro de una estatua de cera; un cascarón vacío cuya alma seguía vagando por algún pasillo oscuro de su memoria, persiguiendo eternamente a una niña que cambiaba de rostro con cada latido.

-¿Sabes cuándo vendrá Clariza? -su voz sonó hueca, rasgando el pesado silencio de la habitación - Clariza no me a llamado.

La parte más difícil de ser enfermera psiquiátrica no es aprender a callar, sino dominar el oscuro arte de la mentira piadosa; saber exactamente qué responder para no volver escarcha el cristal ya fracturado de sus mentes.

-Clariza no me ha llamado hoy. Seguramente venga mañana -mentí, tomando la cucharilla de plástico que se hundía en esa pálida y temblorosa masa roja. Qué desastre de gelatina, aguada y casi traslúcida. La acerqué a su boca, que se abrió con la lentitud de una bisagra oxidada. -No tienes que comer si no quieres. Te traeré una fruta, si lo prefieres.

Él seguía sin mirarme. Durante mis primeros días, entrar aquí me helaba la sangre. El hospital intentaba recrear fragmentos de los hogares de los pacientes; cada cuarto era un mundo distinto. Algunos eran blancos e inmaculados, otros estaban forrados de un denso acolchado. La habitación del señor Félix era tétrica, un macabro teatro de la normalidad: piso de vinil que imitaba madera gastada, paredes de un gris asfixiante y pesados muebles color vino oscuro, traídos directamente de su antigua casa. Los psiquiatras teorizaban que rodearlo de objetos familiares apaciguaría los brutales ataques de ira que lo habían condenado a este encierro.

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