Prólogo

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A sus veintisiete años, había aprendido que algunas batallas no hacían ruido.

No tenían gritos, ni golpes, ni puertas cerrándose con violencia. No dejaban heridas visibles sobre la piel ni podían explicarse con una fotografía. Eran batallas que ocurrían en silencio, detrás de una sonrisa cuidadosamente ensayada, detrás de un «estoy bien» pronunciado con tanta naturalidad que, con el tiempo, hasta ella había comenzado a preguntarse si alguna vez había estado realmente bien.

Cada mañana abría los ojos y se repetía la misma frase:

Hoy lo voy a intentar otra vez.

No porque despertar fuera siempre fácil. No porque la vida le pareciera sencilla. Mucho menos porque hubiera encontrado todas las respuestas que llevaba años buscando. Lo hacía porque, en algún lugar profundo de su corazón, todavía existía una pequeña parte de ella que se negaba a rendirse.

Esa parte era pequeña.

Pero seguía allí.

Y mientras siguiera allí, ella continuaría caminando.

A veces despacio. A veces arrastrando los pies. A veces fingiendo que sabía perfectamente hacia dónde iba, aunque por dentro estuviera perdida.

Tenía veintisiete años y sentía que debía tener la vida resuelta.

Era una idea absurda, pero la había escuchado tantas veces que terminó convirtiéndose en una especie de regla invisible. A los veintisiete debía ser fuerte. Debía saber qué quería, tener planes claros, cumplir metas, tomar buenas decisiones, cuidar a quienes amaba y construir un futuro del que pudiera sentirse orgullosa.

Debía ser una buena hija.

Una buena hermana.

Una buena amiga.

Una buena pareja.

Debía ser una mujer segura, responsable, madura y capaz.

Perfecta.

Ese era el problema.

Había pasado demasiado tiempo intentando ser perfecta para todos que había olvidado preguntarse qué necesitaba ella.

Se levantaba de la cama con el cansancio pegado al cuerpo y aun así encontraba fuerzas para arreglarse, salir, cumplir con sus responsabilidades y sonreír cuando alguien preguntaba cómo estaba. Se miraba al espejo antes de comenzar el día y buscaba cualquier señal que pudiera delatarla.

Los ojos cansados.

La mirada perdida.

La tristeza escondida en las comisuras de los labios.

Entonces respiraba profundamente.

Una vez.

Dos veces.

Y se decía que nadie tenía por qué saberlo.

Había aprendido a maquillarse mucho más que el rostro.

También sabía maquillar las emociones.

Podía cubrir una noche de llanto con corrector. Podía esconder el agotamiento detrás de una sonrisa. Podía convertir un corazón pesado en un «estoy cansada, nada más». Podía responder mensajes con entusiasmo mientras sentía que por dentro algo se desmoronaba lentamente.

Lo había perfeccionado.

Quizá demasiado.

Porque las personas que más la querían creían que ella era fuerte.

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⏰ Última actualización: Aug 31 ⏰

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