Sin pedir permiso.
Cuando tenía seis años, ya sabía que las personas podían desaparecer.
Mi padre había desaparecido. No de la manera en que desaparece alguien que simplemente sale de una habitación. De verdad. Y yo había aprendido demasiado pronto que algunas ausencias no tenían solución.
A esa edad ya era genin. Sabía obedecer órdenes, sabía pelear y sabía que las reglas existían por una razón. Lo que no sabía era qué hacer cuando una niña de dos años empezaba a seguirme por Konoha.
No sabía su nombre, dónde estaban sus padres ni por qué me había escogido. Solo sabía que tenía una pequeña trenza castaña, unos ojos enormes de cervatillo y que caminaba detrás de mí haciendo un ruido diminuto con los pies.
Tap.
Tap.
Tap.
Yo aceleraba y ella aceleraba. Reducía el paso y ella seguía detrás.
Finalmente me detuve y me giré. La niña levantó la cabeza para mirarme y, después de unos segundos, alzó una mano hacia mi pelo.
Eso parecía ser todo lo que quería.
Mi pelo.
No tenía sentido, pero tenía dos años.
Así que hice lo que cualquier shinobi responsable habría hecho: la cuidé mientras buscaba a sus padres. No porque quisiera ni porque me hubiera encariñado. Porque era lo correcto.
Encontré a su familia.
Los Akiyama eran un clan sensor. No tenían la fama de otros clanes de Konoha ni eran especialmente numerosos, pero eran buenos en lo suyo y habían aprendido a sobrevivir precisamente porque eran pocos.
Entonces descubrí su costumbre.
Algunos niños Akiyama escogían una persona. A veces por su chakra, otras por su presencia y, en ocasiones, por razones que ni siquiera ellos podían explicar. La seguían durante un tiempo. Podían ser días, meses o incluso años.
Nadie sabía cuánto.
La niña se llamaba Isla.
Y me había escogido a mí.
No entendí por qué. Tampoco intenté entenderlo demasiado, al menos al principio.
Después empezó a encontrarme otra vez.
Y otra.
Y otra.
No sabía decir mi nombre, pero reconocía mi pelo. Cuando me veía, venía hacia mí con aquellos pasos pequeños que ya empezaban a resultarme familiares.
Tap.
Tap.
Tap.
Obito se enfadaba. Guy intentaba llamar su atención. Rin fingía que no estaba celosa.
Yo intentaba averiguar por qué aquella niña tenía la extraña capacidad de ignorar a todo el mundo excepto a mí. Nunca encontré ninguna respuesta.
Con los años, dejó de ser simplemente la niña que me seguía. Se convirtió en Isla.
A los tres años empezó a llamarme "Shi". A los cuatro ya intentaba pronunciar mi nombre. A los cinco se enfadaba cuando tenía que marcharme. A los seis sabía perfectamente dónde encontrarme.
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Sin pedir permiso | Kakashi Hatake
FanfictionLo intento, ¿vale? En curso, todavía no tengo resumen.
